
En una guerra, evidentemente, China no avisaría con antelación
En las últimas horas, Taiwán ha hecho algo poco habitual en una de las sociedades más conectadas del planeta: degradar deliberadamente su propia red móvil hasta dejar a millones de personas prácticamente sin datos. No era una avería ni un ciberataque, sino un ensayo para descubrir qué ocurriría si algún día desaparecieran 4G y 5G de verdad. Y detrás de la prueba está una amenaza situada al otro lado de apenas unos 130 kilómetros de mar: China.
Sin internet a propósito. Sí, durante 30 minutos, Taiwán redujo drásticamente el ancho de banda de sus redes 4G y 5G como parte de sus nuevos ejercicios de resiliencia civil. La primera prueba se realizó en el centro de la isla y otra está prevista en el norte, las dos zonas con mayor densidad de población y tráfico de telecomunicaciones.
En conjunto, alrededor de 17 millones de personas, el 73% de la población, pueden verse afectadas. Oficialmente no es un apagón: las llamadas, los SMS y las alertas de emergencia continúan funcionando, pero para muchos usuarios la conexión se volvió tan lenta que ni siquiera podían cargar una página web.
Por qué Taiwán quiere hacer la prueba. Hablamos de que vídeos, videollamadas, pagos móviles, banca online, billetes electrónicos, pedidos de comida, verificaciones mediante códigos QR, sincronización en la nube o autenticaciones desde aplicaciones pueden quedar temporalmente inutilizados cuando desaparecen los datos móviles.
Durante el primer ensayo, algunos usuarios describieron teléfonos que mostraban cobertura 4G o 5G pero eran prácticamente incapaces de conectarse a internet, mientras en centros comerciales de Taichung las tiendas cerraron durante media hora y los clientes simplemente esperaron. De fondo: obligar a la población a descubrir ahora cuánto depende de la red y qué alternativas tendría para comunicarse si la interrupción durase horas en lugar de 30 minutos.
A 130 kilómetros de China. Lo hemos contado muchas veces. Al otro lado del estrecho de Taiwán se encuentra un país que considera la isla parte de su territorio y no ha renunciado al uso de la fuerza para hacerse con ella. Pekín ha ampliado durante los últimos años sus capacidades navales, sus buques de desembarco y su arsenal de misiles, mientras el Gobierno taiwanés de Lai Ching-te ha intensificado los preparativos militares y civiles ante un posible conflicto.
Por eso estos ejercicios ya no simulan únicamente sirenas y ataques aéreos: uno de sus escenarios contempla expresamente ataques contra las infraestructuras de comunicaciones capaces de convertir un teléfono en poco más que uno convencional.
Defender los cables que conectan la isla con el mundo. Porque buena parte de las comunicaciones internacionales de Taiwán depende de cables submarinos que llegan a una isla rodeada completamente por el mar, lo que convierte su conectividad en un punto vulnerable. De hecho, en los últimos años, varios cables han sufrido roturas provocadas por barcos vinculados a China, y responsables taiwaneses consideran que la frecuencia de estos episodios obliga a prepararse para un escenario en el que varios enlaces puedan desaparecer simultáneamente.
Una guerra ni siquiera necesitaría empezar destruyendo antenas 5G: cortar suficientes conexiones submarinas, atacar nodos terrestres o saturar las redes podría dificultar las comunicaciones de civiles, empresas y administraciones.
El experimento también ha descubierto algo incómodo. Las autoridades aconsejaron utilizar conexiones fijas o Wi-Fi, aplazar operaciones importantes y disponer de formas alternativas de comunicación, pero esas recomendaciones provocaron rápidamente críticas. Por ejemplo, trabajadores que pasan el día en la calle, comerciantes o personas que dependen de pagos móviles difícilmente pueden trasladarse a una conexión doméstica cuando desaparece el 4G, y algunos políticos de la oposición consideran absurdo probar simplemente si el Gobierno puede ralentizar internet en lugar de demostrar que existen sistemas capaces de sustituirlo.
Hasta el propio manual de defensa civil ha recibido críticas por recomendar códigos QR: tiene lógica, ya que si el escenario que se ensaya es precisamente quedarse sin internet, escanear uno puede servir de bastante poco.
La solución está cientos de kilómetros por encima de China. De fondo, Taipei quiere reducir su dependencia de los cables submarinos construyendo una segunda vía de comunicaciones mediante satélites de órbita terrestre baja. Taiwán desarrolla su propia constelación, aunque el primer lanzamiento está previsto para 2028, y mientras tanto está recurriendo a proveedores extranjeros: OneWeb ya presta servicios limitados y el país ha modificado recientemente restricciones que dificultaban la entrada de Starlink.
El objetivo final es que, si un ataque consigue cortar cables, destruir antenas o degradar las redes terrestres, exista una infraestructura independiente capaz de mantener conectado al menos el sistema esencial.
30 minutos sin datos son la parte fácil del experimento. Sea como fuere, el Gobierno ha intentado que la prueba altere lo mínimo posible la vida cotidiana: como decíamos al inicio, solo dura media hora y coincide con ejercicios antiaéreos durante los cuales buena parte de los ciudadanos debe permanecer en interiores, donde puede utilizar Wi-Fi.
En una guerra, evidentemente, China no avisaría con antelación de cuándo empezará la interrupción ni devolvería la conexión 30 minutos después. Pero esa es precisamente la idea detrás de un ensayo que ha dejado temporalmente a buena parte de Taiwán sin su habitual internet móvil: descubrir qué ocurre cuando falla una infraestructura cotidiana antes de que alguna vez tenga que averiguarlo con una crisis real al otro lado de un estrecho de apenas 130 kilómetros.
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