
Definitivamente, la defensa aérea está entrando en una nueva etapa
En 1940, durante la Batalla de Inglaterra, la RAF llegó a proteger aeródromos y fábricas con miles de postes y kilómetros de cables para dificultar el vuelo rasante de los aviones alemanes. Ocho décadas después, los ejércitos vuelven a recurrir a barreras físicas para frenar amenazas aéreas, aunque el enemigo ya no vuela a cientos de kilómetros por hora, sino que cabe en una mochila y cuesta unos cientos de euros.
Una imagen extraña. Dos cañones antiaéreos cubiertos por una especie de cúpula metálica envuelta en redes de pesca no parecen precisamente la última tecnología militar. Sin embargo, esa imagen resume mejor que cualquier informe cómo ha cambiado la guerra moderna.
Taiwán ha empezado a proteger algunos de sus sistemas Skyguard con redes antidrón porque ha asumido una realidad incómoda: incluso las armas diseñadas para derribar amenazas aéreas pueden convertirse en víctimas de drones baratos si permanecen expuestas.
El problema es pequeño. Durante décadas, los sistemas antiaéreos fueron concebidos para enfrentarse a aviones, helicópteros o misiles. Hoy deben añadir un enemigo completamente distinto: pequeños drones FPV capaces de lanzarse directamente sobre un radar o un cañón siguiendo una trayectoria casi vertical.
En un hipotético conflicto, Pekín no utilizaría los drones únicamente para atacar, sino también para localizar objetivos, retransmitir comunicaciones, realizar guerra electrónica o saturar las defensas taiwanesas hasta obligarlas a gastar munición antes de que llegue la amenaza principal.
La ironía. El sistema suizo Skyguard nació en plena Guerra Fría, pero continúa siendo una pieza clave de la defensa aérea de Taiwán. Sus cañones de 35 mm pueden emplear la munición programable AHEAD, que explota delante del objetivo liberando una nube de subproyectiles especialmente eficaz contra drones, misiles de crucero o proyectiles de pequeño tamaño.
Precisamente porque sigue siendo tan útil, protegerlo se ha convertido en una prioridad: perder el arma que debe derribar drones por culpa de otro dron sería un golpe difícil de asumir.
Redes como solución. A primera vista pueden parecer improvisadas, pero responden a una lógica muy clara. Un dron FPV necesita impactar directamente sobre su objetivo para destruirlo; una estructura metálica cubierta con red puede hacer que detone antes de alcanzar el radar o los mecanismos del cañón, absorbiendo parte del impacto y manteniendo operativo el sistema.
Es una filosofía que ya se ha visto y contado en Ucrania, donde carreteras, blindados, piezas de artillería e incluso barcos han empezado a cubrirse con jaulas y redes para sobrevivir a una amenaza extremadamente barata.
Años de preparación. Las redes son solo una pieza de un plan mucho más amplio. La fuerza aérea taiwanesa lleva tiempo entrenándose para dispersar sus aviones entre aeródromos secundarios y autopistas, mientras el ejército esconde carros de combate y vehículos entre edificios o los disfraza como maquinaria civil para dificultar su identificación.
La idea es sencilla: si China logra localizar y destruir los sistemas más valiosos durante las primeras horas de un ataque, la capacidad de resistencia de la isla se reduciría de forma drástica.
Los drones obligan a reinventar. Con todo, quizás la mayor enseñanza no sea que Taiwán haya colocado redes sobre unos cañones, sino que la defensa aérea está entrando en una nueva etapa. Durante décadas, la ventaja tecnológica consistía en construir radares más potentes, misiles más rápidos o cañones más precisos.
Ahora también consiste en impedir que un dron de bajo coste encuentre un punto débil donde estrellarse. Que una de las imágenes más representativas de esta nueva carrera tecnológica sea un sofisticado sistema antiaéreo protegido por una simple red dice mucho sobre cómo está cambiando la guerra.
Imagen | YOUTH DAILY NEWS
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