Se acerca un escenario inédito en la guerra de Irán: miles de soldados convertidos en los Tomahawk que EEUU ya no tiene

Lo que comenzó como una campaña dominada por la tecnología y el alcance se está transformando en una situación donde el factor humano vuelve al centro

Miguel Jorge

Editor

En los últimos tiempos, Estados Unidos ha librado muchas de sus guerras sin necesidad de desplegar grandes contingentes en primera línea, apoyándose en armas capaces de recorrer más de 1.500 kilómetros con precisión milimétrica y lanzarse desde miles de kilómetros de distancia. Pero hay un detalle que puede resultar crucial: reponer ese tipo de armamento puede llevar años, no semanas.

La cuenta atrás del Tomahawk. Estados Unidos ha basado el inicio del conflicto en una ventaja clave: golpear a distancia sin exponerse, apoyándose masivamente en los misiles de crucero Tomahawk. Sin embargo, esa ventaja se está evaporando a gran velocidad, con más de 850 misiles lanzados en apenas un mes, una cifra que representa una parte significativa del arsenal total disponible y que ha llevado a algunos mandos a hablar abiertamente de niveles “alarmantemente bajos”. 

El problema no es solo cuánto se ha gastado, sino lo lento que se puede reponer: se fabrican en cantidades limitadas, tardan años en producirse y su uso intensivo en múltiples conflictos recientes ha dejado un stock mucho más frágil de lo que aparenta el discurso oficial.

De la guerra a distancia al riesgo directo. Porque el Tomahawk no es solo un arma más, es el pilar que permite a Washington atacar sin arriesgar pilotos ni tropas en entornos altamente defendidos. Desde esa perspectiva, su desgaste cambia por completo la naturaleza del conflicto, porque obliga a sustituir ataques remotos por operaciones más cercanas, donde aviones y soldados quedan mucho más expuestos. 

De hecho, el propio desarrollo de la campaña ya apunta a ese giro: tras los primeros golpes a larga distancia, Estados Unidos ha tenido que recurrir a municiones más convencionales y a incursiones más profundas, aceptando un nivel de riesgo que al inicio de la guerra había logrado evitar casi por completo.

El destructor de la clase Arleigh Burke USS Bainbridge dispara misiles Tomahawk desde la cubierta mientras navega en el Mediterráneo oriental, en apoyo de la Operación Epic Fury, el 3 de marzo de 2026

Una escasez que condiciona. Lo hemos contado antes. El consumo acelerado de estos misiles no solo afecta a la guerra en Irán, sino que abre un problema mucho mayor: deja al Pentágono con menos margen para otros escenarios críticos, especialmente en el Indo-Pacífico frente a China. 

Pensemos que los Tomahawk son una de las piezas clave para cualquier conflicto de alta intensidad contra una potencia similar, y su reducción plantea un dilema estratégico evidente: seguir gastándolos en Oriente Medio o reservarlos para un posible enfrentamiento mucho más exigente. De hecho, la urgencia ha llegado hasta el punto de plantear traslados de misiles desde otras regiones y presionar a la industria para multiplicar la producción, algo que, en cualquier caso, tardará años en tener efecto.

La llegada de tropas. En paralelo a este desgaste silencioso, Estados Unidos está moviendo miles de soldados hacia la región, en una acumulación que podría superar los 17.000 efectivos listos para operar cerca de Irán. 

Aunque oficialmente se presenta como una medida de presión o preparación ante contingencias, el contexto revela otra lectura: a medida que se reduce la capacidad de golpear desde lejos, aumenta la necesidad de tener opciones sobre el terreno. Marines, paracaidistas, fuerzas especiales y unidades de apoyo logístico están siendo posicionados para misiones que van desde asegurar rutas marítimas hasta capturar objetivos estratégicos o instalaciones nucleares.

Misiones posibles, riesgos reales. Porque las operaciones que se barajan no son menores ni rápidas, sino intervenciones complejas en entornos altamente hostiles: tomar islas clave, asegurar puntos del estrecho de Ormuz o incluso penetrar en territorio iraní para neutralizar activos críticos como uranio. Cada uno de estos escenarios implica enfrentarse a misiles, drones, minas navales y fuerzas locales preparadas, con el riesgo añadido de operar en zonas estrechas y bajo fuego constante. 

A diferencia de los ataques con misiles, aquí no hay distancia de seguridad: una vez en el terreno, las tropas se convierten en objetivos concentrados y vulnerables, dependiendo de una cobertura aérea y defensiva que también está bajo presión.

El giro hacia una guerra más peligrosa. Inevitablemente, el resultado es un cambio profundo en la lógica del conflicto: lo que comenzó como una campaña dominada por la tecnología y el alcance se está transformando en una situación donde el factor humano vuelve al centro.

Si se quiere también, una idea clave apunta a imponerse con claridad, una donde la guerra en Irán se acerca a un escenario sin precedentes para Estados Unidos, y donde miles de sus soldados pueden tener que asumir el papel que antes desempeñaban los Tomahawk

No por elección estratégica, sino por necesidad, en un contexto donde la escasez de munición de alta precisión coincide con una acumulación creciente de tropas listas para intervenir en uno de los entornos más peligrosos del mundo.

Imagen | US Navy

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