Una profesora universitaria lo admite: "no hay ningún motivo para creer que los jóvenes Gen Z vayan a tener seguridad económica"

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  • Una profesora de la Universidad de Nueva York cree que la generación Z no tiene motivos para esperar seguridad económica

  • Estudiar y trabajar duro ya no garantiza ascender ni comprarse una casa

  • Welch pide a las empresas que dejen de ver pereza y entiendan de dónde viene ese desencanto

Jose García

Editor Senior - Tech

Si escuchas a Suzy Welch, la cosa parece clara: el contrato moral que unía estudios, trabajo y estabilidad ya no se sostiene. La profesora (que pertenece a los famosos boomers) recuerda sus años de juventud: por aquel entonces sabía que, casi por inercia, tendría más dinero que sus padres y que, si trabajaba duro, podría comprarse una casa. 

Hoy, insiste, esas promesas "ya no están garantizadas". Ese cambio alimenta una actitud más prudente, casi defensiva, en unos estudiantes que comparan sus tristes vidas de hoy con los relatos deslumbrantes de ayer.

Realismo, no pasotismo. En sus clases, continúa la profesora, el escepticismo de los jóvenes no es sinónimo de despreocupación, sino de un realismo endurecido por una crisis tras otra. La Generación Z, pendiente de nuevos retos, se pregunta qué definición darle a la peculiar idea de "progreso". ¿Qué sentido tiene el trabajo? ¿Para qué dejarse la piel si es para destruir el planeta y no conseguir nunca garantías de estabilidad? Esa lucidez, que puede confundirse con apatía, es para Welch una forma de vulnerabilidad y de tristeza.

El ascensor social, atascado. El retrato que hace Welch es bastante claro: el mundo laboral ha cambiado. El esquema clásico de buenos estudios, buen puesto y ascenso dentro de la empresa ya "no es una realidad" en la actualidad, según ella.

Menos mandos, menos escalones. En muchas empresas, las oleadas de despidos se ceban con los mandos intermedios, lo que recorta de un plumazo las opciones de ascenso de los empleados de primera línea, a los que, paradójicamente, se les confían cada vez más responsabilidades. Y todo ello sin contar el impacto que la IA ya empieza a tener en buena parte de los empleos relativamente bien pagados.

La vida, por las nubes. A esto se suma la explosión del coste de la vida. En España, igual que en Estados Unidos y otros países como Francia, el precio de la vivienda y de los productos de primera necesidad sube mucho más rápido que los sueldos. Para los jóvenes trabajadores, las cuentas son implacables: incluso con un puesto cualificado, plantearse comprar una casa es muy complicado. Es más, el 58% de los jóvenes españoles cree que no puede cubrir sus gastos básicos.

El clima, la otra gran preocupación. Además de la incertidumbre económica, la inquietud ecológica (la famosa ecoansiedad) ocupa un lugar central en el imaginario de los más jóvenes. Según Welch, muchos estudiantes están convencidos de que "algo pasará en las próximas décadas" por culpa del calentamiento global. Algunos incluso llegan a plantear que "el mundo probablemente se acabará por la estupidez de las decisiones que tomaron las generaciones anteriores".

Menos reproches, más empatía. En lugar de criticar una supuesta pereza o una indiferencia hacia el trabajo, Suzy Welch invita a los directivos a cambiar de enfoque y a dejar los prejuicios a un lado. ¿Su propuesta? Preguntarse por el origen, por la raíz de esa actitud que se les echa en cara a adolescentes y jóvenes adultos.

Una cuestión de números. La generación Z (nacidos entre 1997 y 2012) se está incorporando en masa al mercado laboral y, junto con los millennials, representará el 74% de la fuerza de trabajo de aquí a 2030, según estima Forrester. Conocer sus problemas, crear entornos que den sentido al esfuerzo y ofrecer trayectorias de progreso creíbles es, para Welch, el camino para colaborar mejor, atraer talento y, sobre todo, retenerlo.

Vía | Jeuxvideo

Imagen | Mart Production

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