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¿Puede un robot de 78 dedos y cuatro brazos dar sentido a la música automática? Mozart no lo consiguió

¿Puede un robot de 78 dedos y cuatro brazos dar sentido a la música automática? Mozart no lo consiguió
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La música como ejercicio requiere gran cantidad de disciplina. Un pianista puede ejecutar una pieza sencilla con apenas unos meses de práctica. Para tocar Islamey o el Opus Clavicembalisticum de Sorabji no existe edad: hay quien no lo consigue nunca. En cambio, un robot programado convenientemente podría ejecutar cualquier pieza sin curva de aprendizaje. Podría llevar el math rock o la música técnica a un nuevo nivel de virtuosismo. No obstante, como decía Frank Zappa a colación del sistema Synclavier y su evolución respecto al intérprete tradicional: «cada uno sirve a propósitos distintos».

Qué es y cómo funciona ésta robot band: bienvenidos al futuro

Z-Machines es el paso hacia adelante en la música automática. Se trata de una all-robot band japonesa creada por un grupo de académicos e ingenieros de la Universidad de Tokio, compuesta por Hay Mach a la guitarra, un virtuoso de 78 dedos, dos guitarras y doce púas; Ashura, un batería con 22 baquetas simultáneas; y Cosmo, capaz de tocar los teclados mediante láser proyectado desde sus ojos.

Rodeados de manguera neumática, herrajes y pistones de aire comprimido, no les preocupa la tensión ni afinación de sus instrumentos, tampoco el sudor del escenario ni el jet lag de las giras: siempre están a tope.

Mach es el más reconocible antropomórficamente. Y el más popular: en algunos directos se codea con artistas como AMOYAMO, el popular dúo pop/rock japonés compuesto por las modelos harajuku Amo y Ayamo. Melena de cables al viento, dos brazos y dos piernas controlables de manera independiente, se pasea por el escenario con una cadena guiada por un piñón de tracción principal como el de los tanques. En su cabeza posee una pantalla led donde proyecta las letras que canta desde el altavoz que tiene por boca.

Zmachines

Ashura, en cambio, recuerda más a un saltamontes. Compuesto por cuatro extremidades superiores y cuatro inferiores, ayudado además por toneladas de extensiones que pretenden sofocar el mayor desafío de tocar una batería: que la sincronización que va desde el golpe a la caída y golpe posterior no se amontone y se dé una sincronización perfecta.

Cosmo, bueno, conceptualmente es esto: un híbrido entre Cthulhu y Shiva. Es el teclista, es normal.

Estos robots pueden ejecutar cualquier compás o tempo, pueden tocar a 1000 bpm o a 3’55

Tom Jenkinson, alias de Squarepusher, compuso ex profeso un EP demostrando las posibilidades de estos chicos de chatarra. ‘Music for Robots’ (Warp Records, 2014) —aquí un magnífico making of— es un álbum colaborativo donde se pone de manifiesto la capacidad de comunicación entre robots y compositores al uso. Un nuevo diálogo formado a través de jazz experimental y electrónica vanguardista.

Estos robots pueden ejecutar cualquier signatura o tempo, pueden tocar a 1000 bpm o a 3’55. Artistas como DJ Baku, Goth-Trad o DJ Tasaka ya han hecho lo propio grabando piezas para Z-Machines.

Patrocinados por Zima, una bebida alcohólica popular en Japón, las performances en directo van más allá de la mera anécdota. El veterano Ray Kurzweil sugiere una prueba para sumergirnos en el uncanny valley: cerrar los ojos y escuchar la música sin conocimientos previos. ¿Podríamos distinguir estos robots de unos intérpretes reales?

¿En qué se diferencia una banda de robots del reloj mecánico de Mozart?

En 1791, Mozart compone las Fantasías K.594 y K.608 en Fa menor, para órgano mecánico o Flötenuhr. La pieza K.594 fue encargada en 1790 por Müller-Joseph, alias del verdadero Deym von Střítež que habían huido de Viena tras un duelo a muerte. Mozart se reunió con el medallista y escultor Leonhard Posch, famoso por sus retratos de cera, en una exposición de piezas multimedia exóticas y rocambolescas, y allí pudo encontrar desde canarios de canto mecánico a mecanismos de relojería equipados con un órgano de tubos en miniatura.

Flotenuhr

Mozart no disfrutaba de componer estos encargos entre viaje y viaje, pero le procuraban pingües beneficios: eran auténticos artículos de lujo. Haydn y Beethoven, entre otros —atención a este recopilatorio titulado precisamente No Artist—, también fueron populares compositores para este tipo de relojes musicales.

El reloj musical, de hecho, es un artefacto antiguo. El primero conocido fue obra de Nicholas Vallin, y data de 1598. Este reloj ejecutaba una pieza diferente por cada cuatro horas, aunque lo usual es dar las horas e incluso un pequeño tañido de carillón por cada treinta minutos. Dichos relojes se componen de un cilindro con púas que van percutiendo sobre campanas, tubos de órgano o incluso las cuerdas de un dulcimer. Nacieron como herramienta sacra, para la Liturgia de las Horas.

En 1815 Jérémie Recordon y Samuel Junod fabricaban la primera caja de música. Y ya en 1897 se dan las pianolas, que incorporan un mecanismo neumático abastecido primariamente por fuelles —movidos gracias al intérprete desde los pedales— y posteriormente por poleas conectadas a un motor eléctrico. La música está grabada en rollos de papel perforado y las púas simplemente entran y salen, ejecutando las notas al tiempo.

Podríamos incluso remontarnos al medievo, al siglo XI, cuando un sistema de poleas conectado a campanas se utilizaba para notificar a los ciudadanos de incendios, tormentas o posibles invasiones. El replique de las campanas ocultaba mensajes según el tono y el tempo: proximidad, velocidad de ataque, etcétera. El primer carillón —cuatro campanas de distinto diámetro y composición— que ejecutó una pieza musical data de 1510, en la ciudad belga de Oudenaarde.

Carillon

La música mecánica, como podemos observar, no es un concepto nuevo. En cualquier caso, tanto para poner en funcionamiento un organillo o una bobina de cinta necesitamos una persona al cargo, igual que para darle al play a los robots de Z-Machines.

El rango musical del carillón fue ampliándose y con ello la complejidad de las piezas que podían ejecutar, pero el escollo original sigue presente: la mano ejecutora. Necesitan al humano.

Podríamos incluso remontarnos al medievo, al siglo XI, cuando un sistema de poleas conectado a campanas se utilizaba para notificar a los ciudadanos de incendios, tormentas o posibles invasiones

Tanto los relojes musicales como las melodías de los campanarios nacieron con la misma función: dotar de hilo musical ciertos escenarios. Una vez llegaron los reproductores de música, estos quedaron relegados a mero ornamento estético o, como sucede en las ciudades, a objeto de tradición.

En 1857, Leon Scott patenta el fonoautógrafo y se comienzan a registrar las primeras grabaciones visibles. Y ya en 1877 Thomas Edison crea el primer fonógrafo, capaz de grabar y reproducir sonido, aunque cae en el olvido a causa de otro nuevo invento, más funcional: el gramófono, patentado en 1887 por el alemán Emile Berliner y precursor del tocadiscos moderno.

La máquina frente al hombre: en busca de la perfección

Entonces, ¿qué pueden aportar robot-bands como Z-Machines o Compressorhead a la música? Hay quien diría que no tocan mucho mejor que una banda de instituto, simplemente gozan de suficientes dígitos para cubrir todo el diapasón. ¿Qué mejoran? Es evidente: la perfección.

La perfección ha sido objeto de deseo durante toda la historia de la música. Es uno de los temas centrales de ‘El clave bien temperado’, el didáctico manual de J.S. Bach. Los simples latidos del corazón pueden determinar un accidente en el tempo de milisegundos. Somos máquinas erráticas. ¿Podría ejecutar un percusionista profesional piezas de Aphex Twin o Venetian Snares sin margen de error?

Robot

Hasta cierto punto, estos bots son vistos como nuevos payasos de circo. Pueden interpretar una pieza —pueden, de hecho, ejecutar cualquier cosa imposible para el hombre—, pero su música suena tan robótica como ellos.

Los simples latidos del corazón pueden determinar un accidente en el tempo de milisegundos. Somos máquinas erráticas

El timing, el cuerpo expresivo que generan las ghost notes, los glissandos y vibratos, los ligados sucios, todo eso que un intérprete incorpora a la pieza, humanizándola, no está al alcance de un bicho lleno de pistones hidráulicos. Música ejecutada con instrumentos reales sonando artificial, la traba del MIDI.

A propósito de esto, los autores de la banda de rock Compressorhead bromean desde su web señalando a los humanos como «bolsas de carne», presumiendo de ser creaciones perfectas: «diseñado con las especificaciones exactas. 4 brazos, 2 piernas, 1 cabeza, ningún cerebro».

El reto es nuestro, no del robot: ¿dónde quedan los límites de la composición?

La música automática propone un reto ya no para quien toca sino para el compositor. Es un campo de pruebas sólo limitado por la imaginación. ¿Ritmos de compases fraccionados? Sin problema.

Crazy

Hacia mediados de 2009 nacía el Black MIDI, un término que viene de las partituras ennegrecidas por montones de notas. Este género, subversivo mix de las posibilidades de la electrónica, propone retos imposibles para cualquier intérprete humano. Volviendo a Frank Zappa, esto entronca con su partitura ‘The Black Page’, una composición escrita originalmente para kit de batería y percusión considerado uno de los mayores retos interpretativos de la música moderna.

Existe una Wiki llamada Impossible Music dedicada a recopilar las piezas más largas y más enfermas; eso sí, con el siguiente motto en mente: cantidad no es igual a calidad. El mayor registro contiene 280.000 millones de notas, más de un terabyte de información para cualquier ordenador.

Música que rechaza al ser humano intérprete, que explora el límite estético y formal de la música

Verdaderas cascadas de notas, cortinas de escalas y piezas creadas con una mentalidad más visual que acústica: las partituras dibujan formas, dándose un caso de sinestesia donde las canciones toman cuerpo a través de su formato escrito. Música, en todo caso, que rechaza al ser humano intérprete, que explora el límite estético y formal de la música. No en vano los creadores de Z-Machines nos recuerdan esta posibilidad en su experimento: traspasar la barrera humana del dodecafonismo.

Todo esto también puede enfocarse hacia su anverso: la humanización de algo eminentemente robótico. El proyecto Animusic, popular gracias a este vídeo, apela a ese juego de espejos donde púas y dedos digitales ejecutan piezas dignas de músicos de primer nivel. El híbrido perfecto se da en este clásico de Terry Crews donde, por medio de impulsos eléctricos mandados del cerebro al músculo, un ordenador lo convierte en simple y llana música muscular. Añadan una inteligencia artificial adaptativa a la ecuación y los bots podrían, de hecho, improvisar sobre piezas ajenas como músicos de jazz.

¿Quién va a aplaudir a un robot que hace música en directo?

La electrónica es el verdadero compañero de la música mecánica. Y lo es por dos razones: fundamentalmente vive de una automatización con la máquina que prescinde de la parte interpretativa a la hora de ejecutarse en directo.

¿Cómo epatar con una pila de cachivaches hidráulicos? Humanizando el cuerpo, evitando las turbulencias que genera la artificialidad. Un concierto de bots es el siguiente paso a los hologramas 3D: cuando decimos que nos gusta ver la música en directo es porque disfrutamos de la interpretación in situ, del acto real de ver a alguien tocar. Por eso odiamos el playback, el auto-tune desmedido, la ficción reconocida.

Amoyamo

Un puñado de autómatas llenos de fajas de cables no resulta atractivo. En cambio, ya existen ejemplos de artistas k-pop sustituidas por su versión robótica, autómatas en apariencia idénticos a sus émulos de carne y hueso.

El problema de una robot-band deviene por pura falta de empatía. Más allá de lo anecdótico qué nos queda. ¿Dónde crecieron sus miembros, reconocemos sus gustos entre los nuestros, cuáles son sus bandas favoritas de la adolescencia? Un músico sin historia, sin trapos sucios, sin vida tras el escenario, es un mero actor hueco interpretando su guión. Aquí es donde confronta el espectador: surge una necesidad de comunicación emocional.

La emoción no se puede traducir fácilmente a datos

El arte es más que una combinación de ceros y unos. Si suponemos que bandas como Z-Machines siguen recibiendo actualizaciones —un apoyo proactivo de sus diseñadores, nuevos repertorios, cambios estéticos, etc— nos encontramos con otro problema de índole artística: la innovación.

Paranoid

Recordemos 'Paranoid Android', una de las piezas más controvertidas de Radiohead y que hace referencia a Marvin, el robot de la serie ‘La guía del autoestopista galáctico’. Esta canción, compuesta en el apogeo de la carrera de la banda, supuso un giro en su trayectoria y señala cómo nos volvemos unos malditos paranoides a golpe de rutina, de vida repetitiva y trabajos alienantes que acaban por hacernos olvidar las emociones hacia quienes nos rodean.

¿Dónde queda la improvisación, dónde dejamos a Miles Davis, a Charles Mingus, Duke Ellington o Astor Piazzolla? Porque la música progresa a través del mestizaje, de la comunicación entre géneros y armonías.

¿Veremos a músicos conectados con robots mediante una red neuronal de datos que transforme sus conocimientos a través de la perfecta ejecución de un autómata?

Para esto caben dos soluciones: un futuro híbrido donde se dé lo mejor de los dos mundos. O humanos mejorados con nanotecnología e implantes biomecánicos, o músicos conectados con robots mediante una red neuronal de datos que transforme sus conocimientos a través de la perfecta ejecución de un autómata.

La tecnología está en constante progreso, pero no conviene olvidar de dónde venimos: a través de una comprensión nuestra podemos entender mejor las necesidades de ellos. Y esto abre una nueva e incómoda pregunta: cuando ese paso esté dado, cuando hayamos alcanzado esa comunión íntima entre tecnología y biología, ¿haremos mejor música que Mozart?

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