Hablar con una IA cuando te sientes solo funciona igual que comer azúcar cuando tienes hambre

Soledad

Hablar con la IA para sentirse mejor a corto plazo parece funcionar. Después ya no

José A. Lizana

Editor

Aunque no lo parezca por la cantidad de redes sociales que usamos en el día a día, vivimos en medio de una crisis global de desconexión. Y aunque parezca paradójico, los datos de la OMS sobre conexión social apuntan a que una de cada seis personas en el mundo sufre soledad, una condición que se asocia a cerca de 871.000 muertes al año. El problema es que, entre los adolescentes y jóvenes, las cifras se disparan por encima del 20%. 

Una solución. El panorama es desolador, y la inteligencia artificial generativa ha emergido como una promesa seductora para paliar este problema, puesto que hablamos de un compañero inagotable, siempre dispuesto a escuchar y que nunca juzga. 

Sin embargo, a medida que la novedad de estos sistemas da paso a su uso cotidiano, la evidencia científica empieza a dibujar un escenario mucho más complejo. La tensión principal ya no es si la IA puede hacernos sentir acompañados, sino si ese alivio momentáneo es, en realidad, una trampa a largo plazo. Algo similar a lo que ocurre con el azúcar y el hambre, que nos da un 'chute' inicial pero no nos quita las ganas de comer algo más contundente. 

Tiene sentido. Para entender el atractivo inicial de la IA como refugio emocional, hay que observar su impacto inmediato. Y aquí los investigadores apuntaron en un reciente estudio que la IA funciona como el gran contrapeso en este debate, ya que los chatbots pueden lograr reducir la soledad a corto plazo de una forma sorprendentemente similar a la interacción con un ser humano. Unos resultados que se consiguen precisamente porque nos sentimos muy escuchados por la IA. 

El problema aparece cuando no nos centramos en el corto plazo. Y aquí un estudio que hizo un seguimiento de 2.000 adultos durante doce meses apuntó a que un aumento en el uso social de estos asistentes predecía mayores niveles de aislamiento social en los meses posteriores. Pero además, la relación también funcionaba a la inversa en escalas más amplias de conexión, donde sentirse menos conectado empujaba a los usuarios a usar más los chatbots. El problema es que ese uso no lograba reparar su sensación de desconexión. 

Mucho que investigar. Hay que tener en cuenta que estamos hablando de una tecnología que está emergiendo desde hace unos meses, y es por ello que los trabajos que existen cuentan con una estadística pequeña. Esto hace que no se puedan descartar otras variables de confusión que no se hayan medido para que se obtuvieran estos resultados. 

Pero encaja con la evidencia que va surgiendo poco a poco. Un ensayo aleatorizado del MIT Media Lab junto a OpenAI observó durante cuatro semanas a casi mil usuarios y encontró que aquellos que más recurrían al chatbot por iniciativa propia acababan obteniendo peores resultados emocionales. En la misma línea, un experimento controlado de la propia Universidad de British Columbia con universitarios de primer año demostró que, aunque chatear con una IA mejora el estado de ánimo frente a la simple escritura de un diario, no alcanza ni de lejos los beneficios de interactuar con otro estudiante. A esto se suman encuestas a gran escala en Alemania y otros seis países europeos que asocian sistemáticamente el uso de chatbots conversacionales con una mayor desconexión social y malestar psicológico.

Una gran incógnita. La pregunta que tratamos de responder aquí es clara: ¿Es el chatbot el que aísla al usuario, o son las personas con un malestar emocional previo profundo las que más se refugian en la máquina? Este es el objetivo de la investigación que nos puede dar la clave para actuar en un problema de raíz que cmo hemos visto, puede ser devastador. 

Imágenes | Ananthu 

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