Vivir una depresión confinado, cuando más necesitas salir: "Siento que cumplo condena en una cárcel"

El próximo día 14 cumpliremos dos meses completos bajo el Estado de Alarma. Llevamos más de cincuenta días confinados tratando de mantenernos ocupados y consumiendo más horas de televisión y redes sociales de las recomendadas por cualquier organismo sanitario. Y aunque somos conscientes de que ninguna de estas fórmulas es el paliativo perfecto, nos ayudan sobrellevar mejor los días y a no contar las horas que faltan para llegar a la famosa "nueva normalidad".

Pero al igual que hemos ido viendo a lo largo de todo el confinamiento, cada cuarentena es un mundo y cada persona la vive cómo y desde dónde puede. No es lo mismo tener terraza que no tenerla y tampoco vivir en un piso de varias habitaciones que en un estudio de 35 metros. En esta línea, las circunstancias personales de cada uno también marcan una fuerte diferencia en lo que a sobrellevar el encierro se refiere.

Para hacernos una idea, según la Encuesta Nacional de Salud de 2017, el 6,7% de la población española padece depresión y el mismo porcentaje sufre trastorno de ansiedad generalizado. De tal forma que si aunamos en un solo porcentaje el total de personas que han sido diagnosticadas de algún problema de salud mental, éste asciende hasta afectar al 10,8% de la población española. Una población que también hoy está confinada.

"Salir y socializar alejaban mi mente de todo lo que hace que esté mal"

En palabras de la Organización Mundial de la Salud la depresión de define como "un trastorno mental que se caracteriza por la presencia de tristeza, pérdida de interés o placer, sentimientos de culpa o falta de autoestima, trastornos del sueño o del apetito, sensación de cansancio y falta de concentración".

En 2014, Eva (nombre ficticio) fue diagnosticada de depresión y trastorno de la ansiedad generalizado. Y aunque superó aquella depresión con ayuda de fármacos y terapia, desde finales de 2018 está inmersa en otra que se ha visto "profundamente empeorada" desde el confinamiento.

"He comenzado a tomar benzodiacepinas porque soy incapaz de dormir si no las tomo. El confinamiento me ha quitado todas las cosas que me hacían estar algo mejor y me ha dejado solo con todo aquello que no me gusta: estar encerrada teletrabajando y sin hablar con nadie. Siento que estoy cumpliendo condena en una cárcel", explica esta editora de 30 años.

Alfonso Fernández-Martos, psicólogo de la Universidad Carlos III de Madrid, sostiene que este confinamiento agrava la situación de las personas que padecen un trastorno del estado de ánimo como la depresión: "Estar encerrados sin duda empeora y mucho las circunstancias de estas personas, aunque las causas de la depresión sean diferentes. Además de la falta de socialización y otros reforzadores, la carencia de luz también puede influir en el estado de ánimo e incluso puede asociarse a algunos trastornos del sueño. Al no salir de casa por el confinamiento, casi no hay diferencia entre el día y la noche y eso puede provocar que la gente duerma peor. Y, al final, dormir mal también contribuye a que lo veamos todo mucho más negro al día siguiente", explica.

Eva reconoce que el confinamiento la "está ahogando". En su día a día, era "fundamental" hacer una rutina fuera de casa cuando terminaba su jornada de teletrabajo: "Para mí esos momentos de distracción eran claves. Poder quedar con alguien y estar cara a cara con esa persona, con otros estímulos externos, aleatorios y diferentes a los de mi casa, donde todo parece una campana de cristal de aire viciado. Esos estímulos lograban alejar mi cabeza de todo lo que no me gusta de mi vida y que no puedo cambiar ahora mismo: mi trabajo y la obligación de tener que compartir piso. Salir y socializar me alejaba la mente de todo lo que actualmente hace que esté mal y ese entretenimiento no es comparable con ver una película, leer un libro o cualquier cosa que pueda hacer sola en mi casa", argumenta.

Desde la teoría, Alfonso reafirma las sensaciones que describe Eva y subraya que "es vital interaccionar con otras personas que, de alguna forma, hagan de espejo". Según su experiencia, esto ayuda a que los pacientes que padecen depresión puedan salir de su ensimismamiento y de su propio sufrimiento al entrar en contacto con otras realidades y añade que "el confinamiento les ha arrancado toda esta parte afectiva". "Por mucho que existan las redes sociales y las videollamadas, no dejan de ser opciones bidimensionales y no tridimensaionales que no ayudan a conectar emocionalmente de la misma manera. El contacto físico, al final, no existe", apunta.

La crisis del coronavirus no solo ha dejado a estas personas sin la terapia social y afectiva que necesitan, en algunos casos, también les ha despojado de esa rutina que les hacía levantarse de la cama todos los días. Según el estudio 'Rutinas y sentido de la vida' publicado por la revista científica Personality and Social Psychology Bulletin, la rutina es un mecanismo fundamental para "crear hábitos, proteger y ayudar a los individuos porque saben que esperar en cada momento", una situación que en los casos de las personas que están bajo un ERTE, se complica.

Este es precisamente el principal problema que señala Antonio, un dependiente de 26 años que lleva un año y medio medicado por su depresión y que, desde hace casi dos meses, está bajo un ERTE: "Ahora mismo no tengo ninguna razón para levantarme de la cama por las mañanas. Al no tener una rutina como antes del Estado de Alarma, dependo exclusivamente de mis ganas y no lo consigo", argumenta y añade que, durante las primeras semanas del confinamiento, la apatía y la desgana le llevaron a dormir entre 14 y 16 horas diarias.

Según señala Fernández-Martos, las personas que padecen trastornos del estado de ánimo como la depresión suelen presentar lo que se conoce como una "pérdida de reforzadores": "Al percibir que tienen menos refuerzos positivos, sienten cada vez menos energía, menos ganas de hacer cosas, menos ilusión por la vida, lo que les lleva a tener todavía menos ganas de hacerlas. Y, claro, es un círculo vicioso que al afectar al estado de ánimo también repercute al equilibrio químico: bajan los neurotrasmisores y cada vez segregas menos serotonina, lo que complica aún más levantar el estado de ánimo", expone.

"Un mes antes de que empezase el tema del coronavirus me subieron la dosis de los antidepresivos y los ansiolíticos porque había empeorado y menos mal que ha sido así porque si no, no sé como lo hubiese gestionado". A diferencia de Eva, Antonio no hace ningún tipo de terapia psicológica y durante todos estos meses ha estado gestionando esta situación con su médico de cabecera y los fármacos recetados.

Cuando la depresión y el confinamiento agudizan miedos y pensamientos negativos

Sin embargo, no todos los problemas derivados de gestionar una depresión en el confinamiento tienen que ver directamente con la rutina o la ausencia de reforzadores. Como consecuencia de la situación tan paranormal que estamos viviendo, Sara Villoria de Psicología Riot apunta que, aunque no ha experimentando un incremento significativo en el número de pacientes, sí que ha observado un aumento de las crisis de ansiedad, las frustraciones, los miedos y los problemas de duelo.

En este sentido Antonio revela que ha sufrido varios ataques de pánico como consecuencia de la agorafobia que ha desarrollado desde la aparición de la pandemia: "Aunque salga con guantes y mascarilla, para mí ahora mismo la calle no es un sitio seguro. Estar en espacios abiertos me hace sentir muy inestable. La última vez que salí a hacer la compra tuve un ataque de pánico. Se me nubló la vista, me empezaron a sudar las manos, se me aceleró mucho el pulso y me faltaba el aire", explica.

Por su parte, Jesús (nombre ficticio) padece dolor neuropático fruto de una lesión medular que le dejó retirado de la vida laboral hace cinco años. Desde entonces y a sus 50 años sufre una depresión profunda que mantiene a raya con fármacos. Aunque reconoce que vivir en una casa luminosa y con terraza le ayuda a sobrellevar el confinamiento, su mayor problema es la convivencia con el dolor crónico que padece y más desde que no puede asistir a rehabilitación por el Estado de Alarma: "sufro dolor elevado 24 horas al día, 7 días a la semana y eso me ha amputado la vida", señala y añade que de, tanto en tanto, se le aparecen pensamientos muy negativos por la cabeza.

"A las pocas semanas de estar encerrados, cuando comencé a ver que los animales empezaban a acercarse a los centros urbanos, me di cuenta que lo mejor que le podía pasar al planeta sería que nos muriésemos todos. No fue un momento loco, fue ahondar en la tristeza", expone.

Sara Villoria señala que en este tipo de cuadros es frecuente y, más aún en este contexto, que aparezca una "rumia" de pensamientos negativos que desencadene problemas de ansiedad: "Esto sucede porque los pacientes tratan de buscar una solución a una situación que no pueden resolver por sí mismos. Caen en un intento de control que les lleva a padecer más angustia y frustración porque, al final, es algo que no depende de ellos. Por eso es importante que éstas personas se permitan sentir lo que están sintiendo y no exijan estar bien, ser productivos u optimistas todo el rato", argumenta.

Justo un mes antes de que empezase la cuarentena, Paula (nombre ficticio) dejó los antidepresivos que llevaba tomando durante los últimos tres años porque, por fin, comenzaba a ver la luz. Sin embargo, para esta community manager de 29 años el encierro está siendo insoportable porque vive con sus padres y no tiene ningún tipo de intimidad:

"He tenido que dejar la terapia porque no quiero hacerla con mis padres en casa. Ellos no saben que tengo depresión y tengo que fingir todo el rato estar mejor de lo que realmente estoy. Es muy frustrarte. Es muy agobiante no poder ni siquiera ir a llorar al salón y tener que hacerlo mientras te duchas o antes de quedarte dormida" y añade que si lo llega a saber no deja las pastillas. "Cuando estaba medicada conseguía estar más relajada y menos temperamental. Era capaz de relativizar, ahora ni eso", concluye.

Aunque Fernández-Martos no es el mayor defensor de los fármacos sostiene que ante una situación de este tipo es mejor mantenerlos y dejarlos cuando todo termine: "La medicación puede ayudar a levantar el tono en un momento puntual, cuando la persona no tiene ni siquiera fuerzas para salir de la cama". Sin embargo, a medio y largo plazo lo que realmente ayuda a salir de este estado es socializar, hacer cosas e ir a terapia:

"En temas del estado de ánimo no funciona eso de 'voy a esperar a sentirme mejor y ya si eso después hago las cosas'. Es más bien al revés. Primero hay que obligarse a hacerlas aunque uno no sienta satisfacción porque, pasado un tiempo y si se mantiene la constancia, se empieza a sacar rentabilidad. Te vas dando cuenta que te ha costado salir a tomar una cerveza, pero te alegras de haberlo hecho porque, al final, esas sonrisas te las llevas y esos nuevos recuerdos van sumando", señala.

Es en este punto justo donde se encontraba Paula, antes de la cuarentena. Comenzaba a sacar rentabilidad a ese esfuerzo y ya veía la luz al final del túnel. Después de tres años de terapia psicológica y farmacológica, su depresión era menos aguda y comenzaba a superar la ansiedad social que padece.

Sin embargo, tras dos meses confinada, siente que ha retrocedido y le da pereza hablar con gente con la que ya había llegado a tener confianza: "Me da mucha vergüenza enfrentarme a que me presenten a cinco personas y tener que entablar una conversación. De hecho, es algo que también me pasa con las videollamadas. No quiero hacerlas, no quiero ver a nadie. Quiero estar sola viendo una serie", reconoce.

Y es que, ante una situación de aislamiento como la que estamos viviendo actualmente, Alfonso apunta que es muy común que los pacientes con depresión "sientan un alivio inicial al saber que no pueden salir ni ver a nadie". Algo similar sucede con las personas que además de estar deprimidas, padecen ansiedad social:

"Los miedos y las fobias suelen tratarse con terapia de exposición. Es decir, si lo que se tiene es miedo a hablar con la gente lo conveniente es exponerse gradualmente para conseguir minimizar la ansiedad que produce. Está estudiado que la curva de la ansiedad conforme uno se expone a los miedos, primero sube mucho, pero luego llega un punto en el que comienza a bajar. Y, claro, si debido al confinamiento no podemos enfrentarnos a este tipo de situaciones será más fácil volver a la casilla de salida. Por eso, las personas que habían avanzado en este terreno y su terapia se ha visto interrumpida tienen que volver a retomarlo cuando les sea posible y aunque inicialmente les cueste mucho esfuerzo. Al principio parece que el coste es mayor que los beneficios, pero después esto se da la vuelta", concluye.

Imagen: Eneas de Troya/Flickr

* Las personas entrevistadas han preferido mantener su identidad en el anonimato con el objetivo de poder preservar su intimidad.

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