
“Hacía mil años que no compraba una”, confiesa una lectora que acaba de caer con el primer tomo de una colección de quiosco
Durante años, había dos constantes que se repetían en el mes de septiembre. Era el momento de la vuelta al curso y era también en el que los quioscos se llenaban de coleccionables. Los envases de cartón gigantes que anunciaban a precio competitivo la primera entrega se agolpaban al lado de las revistas y periódicos.
Durante los 90 y los primeros 2000, las pausas publicitarias de la televisión se llenaban de anuncios que avisaban de lo que estaba por llegar, haciendo que todo el mundo fuese consciente de que la temporada de coleccionables había arrancado y tomando nota de lo que quería comprar. Era barato, solo estaba un tiempo a la venta y posiblemente creaba FOMO antes incluso de que conociésemos esa palabra. ¿Pero qué ocurre décadas después? ¿Seguimos peregrinando al quiosco para hacernos con los fascículos de Érase una vez el cuerpo humano?
Por supuesto, el contexto en el que se mueven consumidores y quioscos ahora es muy diferente al de hace 20 o 30 años. Los hábitos de lectura de las noticias han cambiado y los quioscos han entrado en crisis. Si en el cierre del siglo XX España tenía más de 20.000 quioscos repartidos por toda su geografía, ahora no quedan más de 4.000, que intentan reinventarse para seguir sobreviviendo. No es además tampoco nada raro que la jubilación de los responsables del quiosco de una calle haga que el negocio cierre: no existe recambio generacional, posiblemente porque las ventas de prensa diaria se han reducido.
Aun así, los coleccionables resisten: las compañías del sector siguen lanzando sus ofertas cada septiembre y desde los quioscos confirman que todavía tienen su mercado. “Siguen vendiéndose las colecciones”, responde al otro lado del teléfono Eva Cancela, de la Librería Campus, en Lugo (que es también punto de venta de prensa y papelería). Aunque ahora te puedes suscribir online y que te las manden a casa, esta librera percibe que la gente sigue yéndolas a buscar al quiosco, porque aprecian que sigan estando ahí.
Lo que sí ha cambiado es el descubrimiento. “Sí es verdad que la gente ya no ve los anuncios como antes”, señala. Ahora, eso sí, cada vez más quioscos se encargan de subir directamente ellos el aviso a redes sociales. Igual que existen vídeos que apuntan qué regalos de las revistas llegarán cada mes, desde las cuentas de los quioscos también alertan de las nuevas colecciones que acaban de caer.
Coleccionar cosas en plena era digital
Así nacieron los coleccionables. Los quioscos han sido un tradicional punto de venta de muchas más cosas que periódicos. En el inicio del siglo XX, eran una de las principales vías de acceso a la lectura a bajo precio, con colecciones de novela con tarifas y tamaños reducidos que eran muy populares. Las novelas de quiosco tuvieron también mucho éxito en las décadas de los 40 y 50, con colecciones de romántica o vaqueros. En todos los casos eran colecciones estables, que permanecían a la venta lo que durase su tirada.
Las cosas cambian a finales del siglo XX, cuando los coleccionables que se vendían por fascículos se asentaron en el mercado gracias a su espectacular éxito. Un quiosco de Santiago, por ejemplo, recuerda que llegaban a vender más de 300 volúmenes semanales de colecciones en los años 80 y 90. Como le dice a El Correo Gallego su responsable, “eran una novedad después de la dictadura. Se vendía de todo”.
A principios de los 90, estas ventas por entregas eran, de hecho, un maná para el mercado del libro. Los datos de ventas de 1993 de la colección Narrativa Actual de RBA superan ampliamente las cifras de difusión media de los libros en el mercado actual. En cinco meses, El nombre de la Rosa de Umberto Eco había vendido 600.000 ejemplares vía coleccionable, con un precio de venta de 495 pesetas (unos 2,98 euros; por contextualizar, un libro de bolsillo rondaba las 700 pesetas).
Era el libro de apertura, pero las entregas dos y tres habían logrado ventas de 300.000 y 280.000 ejemplares. Sus responsables le decían entonces a El País que esperaban tener tirón, pero “no hasta ese punto”. RBA había invertido en publicidad de la colección 400 millones de pesetas (unos 2,4 millones de euros).
La edad de oro de los coleccionables tocó a su fin con la crisis económica de principios de este siglo. Un estudio de la Federación de Asociaciones Nacionales de Distribuidores de Ediciones (Fande) advertía en 2008 de que eran el producto de quiosco que más se estaba resintiendo en ventas. Aun así, era todavía un mercado de unos 300 millones de euros anuales. En ese año, a los quioscos llegaron vajillas, rosarios, libros o maquetas, como chiva la hemeroteca, que se vendían semana a semana.
Las colecciones de quioscos eran, así, omnipresentes y muy populares, tanto que llegaban a amplias capas de la población. De hecho, un estudio de 2021 confirma que un 78% de la población española ha comprado alguna colección en algún momento (aunque solo un 65% la ha terminado).
Pero ¿quién las compra ahora? Lanzar la pregunta en Instagram deja una única respuesta: María es la única que responde por mensaje directo que ella es una de esas personas que se ha hecho recientemente con una entrega de colección de quiosco. “Me compré Mujercitas porque era el primer ejemplar, ese con el que te captan”, cuenta. El descubrimiento fue casual. Pasaba por su quiosco de cabecera para hacerse con la prensa local y la vio, una de esas colecciones de clásicos con preciosas tapas ilustradas. Era visualmente atractiva y cayó.
“No quiero hacer toda la colección”, confiesa, pero sabe que va a repetir con otros títulos. Tanto que ya ha marcado en su calendario la semana en la que sale lo que le interesa. “Se lo voy a encargar a mi quiosquera de confianza”, asegura. Repetir es, en realidad, bastante habitual. “Suelen comprar más de los que querían coger de entrada”, confirma Cancelas, que también apunta a los acabados como gancho para que vuelvas a caer.
Puede que ahora no haya colecciones de rosarios como en ese 2008 en el que se cierra la edad de oro, pero al mercado siguen llegando apuestas variadas. Los libros son un valor seguro. Cancelas destaca lo mucho que se está vendiendo ahora la colección Amor, chicas y otras historias, de Salvat. Los libros conviven con colecciones para hacerte una maqueta de una moto, otra de Barbie retro o de audiocuentos. Lo que ya no hay son colecciones de enciclopedias, esas que hicieron fortuna tiempo atrás y a las que hasta se sumaron los periódicos de entonces con sus propias propuestas. “Sigue el formato, pero hay que adaptarse a los nuevos tiempos”, apunta la librera. Las ediciones llamativas de libros y las cosas vintage ocupan ahora el espacio.
Por supuesto, el segmento coleccionista es también público destacado. “Nosotros vendimos una colección del Titanic, que fueron construyendo la maqueta en la mesa del comedor. Al final nos enseñaron cómo quedaba. Es algo que no te comprarías directamente, pero es una joya como le ha quedado ahora la maqueta”, asegura Cancelas.
Cancelas también responde a la pregunta de quién las compra y la librera deja claro que “depende totalmente de la temática”. No hay un comprador tipo, aunque por supuesto quienes hacen coleccionismo son un público destacado. ¿Incluso gente joven? “Sí”, confirma. Es, justo, el público que se llevó una colección sobre grandes series de televisión, asegura.
María confiesa, eso sí, que ella llevaba mucho tiempo sin pensar en colecciones. “Hacía mil años que no compraba una”, dice. Si no hubiese tropezado por casualidad con ella, ni hubiese procesado que existía.
Imagen | Claudio Schwarz, Andrew Neel, zero take
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