Sale más barato y da menos ansiedad: el 'solo-maxxing' es la respuesta de la Generación Z a la asfixiante industria de las citas

Citas

La inflación, la crisis de la vivienda y la fatiga digital hunden el uso de las apps de citas. Frente al desgaste emocional y los números rojos en el banco, el 'solo-maxxing' se impone como la única salida racional para proteger la salud mental

Alba Otero

Editora - Energía

Es viernes por la noche. Hace una década, la rutina para una persona de veintipocos años habría sido predecible: elegir ropa frente al espejo, reservar mesa en un restaurante de moda y salir con la esperanza de conocer a alguien.

Hoy, esa misma escena se ve interrumpida por un cruce letal de notificaciones en la pantalla del móvil: el aviso del cobro del alquiler, el estado de la cuenta bancaria y, de fondo, el catálogo interminable de rostros en una aplicación de citas. Al sumar los gastos, el usuario hace las matemáticas y llega a una conclusión tajante: enamorarse es un lujo inasumible. Cancela el plan, cierra la aplicación y se queda en casa.

El amor no ha muerto, pero su modelo de negocio ha quebrado. La Generación Z se enfrenta a una tormenta perfecta donde la inflación, la crisis de la vivienda, la precariedad laboral y el agotamiento psicológico tras años de sobreexposición digital han convertido el romance tradicional en un deporte de riesgo. Ante un escenario donde una cita puede costar cientos de euros y el rechazo parece más público que nunca, las aplicaciones de citas se enfrentan a un problema estructural: sus usuarios están descubriendo que la soltería no solo es más barata, sino también mucho menos agotadora.

Los datos pintan un panorama incómodo para toda la industria del romance. Según un informe de Bank of Montreal recogido por Fortune, el coste total de una cita en Estados Unidos —incluyendo cena, transporte, bebidas y preparativos— alcanza ya los 189 dólares. Entre la Generación Z la cifra escala hasta los 205 dólares por encuentro, mientras que los millennials rozan los 252 dólares tras experimentar un incremento de costes del 32%.

Ante esta inflación afectiva, la respuesta ha sido sencilla: gastar menos o directamente no gastar. Un informe de Bank of America revela que el 53% de los jóvenes de la Generación Z no destina ni un solo dólar al mes a las citas. Entre quienes sí lo hacen, la mayoría intenta mantenerse por debajo de los 100 dólares mensuales. La inflación no solo está encareciendo la cesta de la compra o dificultando el acceso a la vivienda. También está transformando la manera en que una generación entera se relaciona.

El fenómeno ya tiene consecuencias visibles. Un estudio citado por Newsweek señala que el 46% de los miembros de la Generación Z no mantiene ninguna relación sentimental, frente al 28% de los millennials y el 26% de la Generación X. Incluso las grandes plataformas tecnológicas están notando el cambio. Spencer Rascoff, consejero delegado de Match Group, reconoció recientemente que aplicaciones como Tinder pueden resultar "intimidantes" para los menores de 30 años, en un contexto marcado por la caída de usuarios activos y el creciente agotamiento hacia el modelo tradicional de las apps de citas.

El caso español: cuando el alquiler se come la vida social

Aunque muchas de estas tendencias se detectaron primero en Estados Unidos, el contexto español añade una presión adicional: la vivienda. Según los últimos datos del Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud de España, el precio medio del alquiler absorbe el 98,7% del salario de una persona joven. El riesgo de pobreza entre los jóvenes que viven de alquiler se dispara de forma drástica una vez descontado el coste de la vivienda.

El problema va más allá de las cifras económicas. Durante décadas, las relaciones sentimentales siguieron una secuencia relativamente clara: conocer a alguien, independizarse, convivir y, eventualmente, formar una familia. Hoy esa cadena se ha roto. España registra algunas de las edades de emancipación más altas de Europa. Millones de jóvenes continúan viviendo con sus padres mucho más tiempo del que desearían, no por elección sino por necesidad económica. En ese contexto, el problema ya no es únicamente pagar una cena o una copa. También es disponer de un espacio propio donde construir intimidad, convivencia o un proyecto de vida compartido.

La precariedad no solo retrasa la compra de una vivienda. También retrasa las relaciones. Como resumía Holly O'Neill, directiva de Bank of America, la Generación Z está descubriendo que la adultez tiene un precio mucho más alto del que imaginaba.

Sin embargo, el dinero explica solo una parte del fenómeno. La llamada "paradoja de la preparación" describe una contradicción cada vez más común entre los jóvenes: desean vínculos afectivos estables, pero se sienten cada vez menos preparados para iniciarlos. Tras años viviendo gran parte de sus relaciones a través de pantallas, muchos miembros de la Generación Z perciben las citas como una experiencia emocionalmente exigente. El miedo al rechazo sigue existiendo, pero ahora se combina con una sensación constante de exposición pública.

Las redes sociales han convertido cada relación en un pequeño acontecimiento mediático. Hacer oficial una pareja en Instagram mediante un hard launch o insinuarla a través de un soft launch puede sentirse como una declaración pública difícil de revertir si la relación fracasa. Como resultado, el primer paso se vuelve cada vez más complicado. Ya no se pide una cita. Se pide el Instagram. Después llegan semanas de mensajes, reacciones a historias y conversaciones intermitentes que muchas veces nunca desembocan en un encuentro real. La conexión potencial existe, pero la acción queda suspendida indefinidamente.

El auge del solo-maxxing

En ese contexto ha surgido una nueva filosofía bautizada en redes sociales como solo-maxxing.

Lejos de presentar la soltería como una situación transitoria o una etapa de espera, esta tendencia la redefine como una elección consciente. Estar solo ya no se interpreta necesariamente como un fracaso sentimental, sino como una estrategia para proteger tiempo, dinero y estabilidad emocional.

Una encuesta de MyIQ revela que casi la mitad de los jóvenes entre 18 y 34 años considera que estar soltero resulta más pacífico que mantener una relación. Un tercio asegura evitar activamente las citas para preservar su bienestar mental.

Detrás de esta tendencia existe una lógica difícil de ignorar. Si cada interacción romántica implica costes económicos crecientes, incertidumbre emocional y un elevado riesgo de decepción, la soltería deja de ser un estado provisional para convertirse en una decisión racional. Para muchos jóvenes, la paz mental se ha transformado en un activo demasiado valioso como para arriesgarlo.

La crisis también está obligando a replantear la forma en que las personas se conocen. Durante años, las aplicaciones de citas prometieron que una cantidad infinita de opciones facilitaría encontrar pareja. El resultado, sin embargo, ha sido a menudo el contrario: fatiga, sensación de reemplazabilidad y agotamiento psicológico.

Por eso algunos jóvenes están experimentando con alternativas radicalmente distintas. En la Universidad de Stanford, más de 5.000 estudiantes han participado en Date Drop, una iniciativa donde un algoritmo selecciona posibles parejas basándose en cuestionarios detallados sobre personalidad, valores y expectativas vitales. No hay fotografías, biografías optimizadas ni estrategias para destacar frente a cientos de competidores digitales. La decisión queda en manos de una máquina.

La idea resulta reveladora porque refleja cómo una generación acostumbrada a optimizar cada aspecto de su vida empieza a aplicar la misma lógica al amor. Si buscar pareja se ha convertido en una tarea agotadora para la futura élite tecnológica, ¿por qué no externalizar parte del proceso?

La brecha de género

El aislamiento romántico también está generando consecuencias sociales menos visibles. Cuando el miedo al rechazo y la asfixia económica chocan, el resultado es el aislamiento, y este aislamiento está creando una preocupante brecha de género. 

En una columna para Tagesanzeiger, la autora Gülsha Adilji describe este choque frontal. Por un lado, las jóvenes adoptan la tendencia boysober (abstinencia de hombres), invirtiendo sus recursos en sí mismas y construyendo redes de apoyo emocional con sus amigas para mantener un sistema nervioso regulado lejos del estrés que les provocan las citas. Por otro, miles de hombres jóvenes, incapaces de gestionar la frustración y el rechazo, caen en las redes de la manosfera y el universo incel.

Esta radicalización masculina ha mutado hacia algo aún más oscuro: el looksmaxxing. Como relata Christine Emba en su columna de opinión para The New York Times, esta nueva generación de hombres, criados en el nihilismo y el aislamiento de la pandemia, se obsesiona por la auto-optimización física extrema, llegando al uso de esteroides o a golpearse la cara con martillos (bonesmashing) para cambiar su estructura ósea. 

Todo esto alimentado por una visión transaccional e hipergámica de las relaciones, donde las mujeres son vistas con resentimiento. La distancia entre ambos sexos es cada vez mayor, reemplazando el contacto humano real por debates teóricos en internet.

Cupido sigue lanzando flechas

A pesar de todo, la Generación Z no ha renunciado al amor; simplemente ha ajustado sus estándares a su cartera. Como explica la periodista Cordilia James en The Wall Street Journal, ante la amenaza de la inflación, los solteros están reevaluando cómo buscan pareja. Las cenas de 200 dólares están siendo sustituidas por paseos por el parque, eventos comunitarios gratuitos o citas creativas. James relata, por ejemplo, el caso de una cita que consistió en comprar galletas en distintas tiendas para puntuarlas, gastando menos de 50 dólares.

Ser financieramente responsable es ahora una enorme green flag (señal de alarma positiva). El 81% de las mujeres jóvenes asegura querer una pareja que sepa manejar su dinero, y la división de la cuenta ya no es un tabú, sino una necesidad de supervivencia. "Las fechas se abarataron, pero los estándares no", sentencia la revista.

Las empresas de citas, conscientes de que su modelo de negocio se hunde, están virando el timón. Tinder está intentando reducir la presión con herramientas como el Double Date (citas en pareja con amigos) o limitando la interacción a los campus universitarios para crear contextos más naturales. Por su parte, la aplicación BLK, según relata Fortune, ha llegado al extremo de sortear tarjetas regalo de 500 dólares para gasolina entre sus usuarios, admitiendo implícitamente que "tener citas no debería competir con el precio de llenar el depósito".

El mercado de la vulnerabilidad

La Generación Z no ha renunciado al amor. Lo que ha cambiado es la forma de acercarse a él. Se trata de la primera generación que ha alcanzado la edad adulta en un entorno marcado simultáneamente por alquileres prohibitivos, incertidumbre económica, relaciones digitalizadas y una exposición pública constante. No son necesariamente más cínicos que sus padres. Son más pragmáticos.

Al abrazar el solo-maxxing, sustituir las cenas costosas por planes sencillos o delegar parte de la búsqueda de pareja en algoritmos, intentan reducir riesgos. Buscan proteger su estabilidad emocional y financiera en un momento donde ambas parecen especialmente frágiles. Sin embargo, esa estrategia también encierra una paradoja. Porque el amor siempre ha sido, en cierta medida, una apuesta irracional. Un espacio donde no existen garantías de éxito, donde el rechazo forma parte del proceso y donde la vulnerabilidad es inevitable.

Las aplicaciones pueden modificar sus algoritmos. Las empresas pueden abaratar las citas. Incluso la inteligencia artificial puede ayudar a seleccionar candidatos compatibles. Pero ninguna tecnología ni ninguna estrategia financiera puede eliminar el requisito fundamental sobre el que se construyen todas las relaciones humanas: asumir el riesgo de acercarse a otra persona sin saber qué ocurrirá después. Y quizá ese sea el verdadero problema de fondo. No que enamorarse sea demasiado caro, sino que una generación entera está empezando a preguntarse si puede permitirse correr el riesgo.

Imagen | Unsplash

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