
Ivar Kreuger convirtió una empresa de cerillas familiar en un imperio que dominó 43 países y acaparó el 75% de la producción mundial de cerillas
Tras esa fachada de influencia y poder financiero escondía un esquema Ponzi que terminó colapsando después del crack de Wall Street de 1929
París, marzo de 1932. La portada de The New York Times recoge la noticia de un hombre que ha sido encontrado muerto en su habitación, con un disparo en el corazón. Fuera, nadie sabe todavía que ese cuerpo esconde el mayor fraude financiero de su tiempo.
Ese hombre había prestado dinero a gobiernos y personalidades de toda Europa, había cenado con Greta Garbo y asesorado a presidentes. En Suecia lo llamaban "el segundo rey". En Wall Street lo trataban casi como un dios de las finanzas.
Sin embargo, tal y como Frank Partnoy contaba en su libro biográfico 'The Match King', detrás de ese imperio brillante había algo mucho más oscuro. Esa historia empieza, como tantas otras grandes caídas, con un producto tan sencillo que nadie sospechaba de él: una cerilla.
Un imperio nacido del fuego
Ivar Kreuger nació en Kalmar, al sureste de Suecia en 1880. Su familia ya tenía un pequeño negocio de fabricación de cerillas por lo que su posición acomodada la permitió estudiar ingeniería y viajar por EEUU, donde aprendió sistemas de construcción basados en el uso de hormigón armado que todavía no se utilizaban en Suecia.
En 1908, volvió a Suecia y fundó la constructora Kreuger & Toll junto a Paul Toll con apenas 2.500 dólares de capital. La principal ventaja de su empresa es que, al utilizar hormigón armado en sus construcciones, conseguían acortar los plazos de obra sin perder calidad en las construcciones. Eso les permitió obtener proyectos tan importantes como la construcción del Estadio Olímpico de Estocolmo, que sería la sede de los Juegos Olímpicos de 1912.
En su primera aventura empresarial, Kreuger descubrió algo clave: sabía moverse en las finanzas casi tan bien como con el hormigón.
Con esa mezcla de ambición, ingeniería y olfato para los negocios, Kreuger entró en el negocio familiar de la fabricación de cerillas con la Swedish Match (que todavía existe) en 1917, uniendo distintas fábricas dispersas en un solo holding. En pocos años, la nueva empresa fabricaba el 75% de las cerillas de todo el planeta.
Cambiar cerillas por deuda
No obstante, y pese al boyante negocio de sus fábricas, la gran jugada de Kreuger fue cambiar cerillas por deuda. Tras la Primera Guerra Mundial, media Europa necesitaba dinero para reconstruirse. Kreuger vio la oportunidad.
Ofrecía préstamos enormes a los gobiernos que pasaban por apuros financieros y, a cambio, pedía el monopolio de fabricación de cerillas en su país. Prestó dinero a Francia, Alemania, Polonia, Grecia y otras naciones, consiguiendo así monopolizar la producción de cerillas en media Europa. Se estima que el total prestado a los distintos países rondó los 387 millones de dólares en 1930.
Llegó a tener fábricas en 43 países y el control casi total en 25 de ellos. El negocio ya no era vender fósforos, ahora era prestar dinero disfrazado de industria y su imperio se extendía a otras industrias. Llegó a dominar el 50% del mercado del hierro y entró en el accionariado de bancos, empresas mineras, ferrocarriles, madera, papel, distribución cinematográfica, inmobiliarias e industria de la celulosa.
En 1925, incluso llegó a hacerse con el control de un importante paquete de acciones de Ericsson y de las otras tres empresas más importantes de Suecia, así como de más de 200 compañías y suponía el 60% de la bolsa sueca. Su oficina en Estocolmo, de 125 habitaciones, se ganó el apodo de "Palacio de las Cerillas".
Para financiar tanto préstamo, Kreuger necesitaba un flujo de capital constante. Para conseguirlo, emitía acciones con dividendos altísimos, de hasta el 30% entre 1919 y 1928. Los inversores, sobre todo en EEUU, entraron en masa ante la promesa de obtener una rentabilidad muy por encima de la media. Llegó a captar 750 millones de dólares con este sistema, según recogía El Economista.
El truco que usaba para ofrecer esos suculentos dividendos no era nuevo, aunque nadie lo supo ver entonces: pagaba a los antiguos inversores con el dinero de los nuevos. Es decir, el mismo sistema piramidal que estaba usando Carlo Ponzi al otro lado del charco: un esquema Ponzi con aspecto de multinacional industrial.
Nadie auditaba los libros de Kreuger y, tal y como recogía una crónica de The New York Times, cuando un ejecutivo inglés se lo propuso, Kreuger respondió con una frase que hoy destila una fina ironía: "¿Acaso crees que soy un estafador?". La respuesta está clara: Sí.
Un castillo de naipes en llamas
El crack de Wall Street de 1929 cortó de golpe el flujo de capital que sostenía el montaje piramidal de Kreuger que, desesperado, llegó a vender los mismos valores varias veces y a falsificar bonos italianos por 80 millones sin poseer realmente ese monopolio.
En 1931 pidió un préstamo de 800 millones de coronas a la banca sueca, el equivalente al 10% del PIB del país. No fue suficiente. El Riksbank sueco dudó, el gobierno intervino, pero el agujero ya era imposible de tapar.
El 12 de marzo de 1932, Kreuger se quitó la vida en su habitación de un hotel parisino. Pocas semanas antes, la empresa de telefonía ITT (International Telegraph & Telephone) lo había obligado a devolver 11 millones de dólares tras descubrir que el millonario sueco les había engañado maquillando las cuentas de Ericsson.
Las auditorías posteriores descubrieron el alcance real del pufo. Sus empresas acumulaban unas deudas crediticias de más de 1.200 millones de dólares, además de una deuda personal de 265 millones de dólares, frente a apenas 18 millones de dólares en activos que tenía en su poder. Todo ello, recordamos, en la década de los 30 del siglo pasado, lo que supone una deuda de unas proporciones inasumibles incluso por los millonarios actuales.
Miles de familias perdieron sus ahorros. Fábricas enteras cerraron. Y el hombre que un día prestó dinero a media Europa terminó siendo, él mismo, el mayor agujero financiero de su época. El Congreso de Estados Unidos lo llamó el mayor estafador de la historia. Un año después nacía la SEC para vigilar los mercados y asegurarse que la estafa de Kreuger no volvía a repetirse.
Imagen | Wikimedia Commons (Ericsson), Unsplash (Ian Talmacs)
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