
Las semifinales, las finales y las rivalidades deportivas terminan siempre con un ganador y un perdedor. Un islote representa justo lo contrario
Si Francia pierde contra España en las semifinales del Mundial, dentro de apenas 16 días tendrá un pequeño consuelo. Sí, el 1 de agosto recuperará, de forma totalmente pacífica y automática, la administración de un territorio español en pleno País Vasco. No será una revancha deportiva ni una conquista, sino el relevo previsto desde hace más de siglo y medio de la Isla de los Faisanes, un diminuto islote que se ha convertido en uno de los símbolos de paz más insólitos de Europa.
Una curiosa “revancha”. Mientras España y Francia vuelven a medir sus fuerzas sobre un terreno de juego, existe un lugar donde la rivalidad entre ambos países se resuelve de una forma mucho menos habitual. Si los franceses caen derrotados, el calendario les reserva una curiosa compensación: el próximo 1 de agosto asumirán durante seis meses la administración de la Isla de los Faisanes, un islote situado en el río Bidasoa, entre Irún y Hendaya.
En esencia, no cambia de dueño ni de nacionalidad en sentido estricto, pero sí cambia la autoridad que lo gestiona, en un ritual que se repite cada año con precisión casi relojera desde el siglo XIX.
Tan pequeño como enorme en simbolismo. La Isla de los Faisanes apenas mide entre 130 y 200 metros de largo y su superficie cambia ligeramente según el cauce del río, oscilando entre unos 2.000 y 6.800 metros cuadrados. Está completamente deshabitada, permanece cerrada al público casi todo el año y ni siquiera alberga faisanes, pese a lo que indica su nombre.
Sin embargo, su importancia histórica es inmensa porque durante siglos fue el escenario elegido para resolver algunos de los episodios diplomáticos más delicados entre las coronas española y francesa.
El islote que puso fin a una guerra. Mucho antes de convertirse en un territorio compartido, la isla ya era considerada un terreno neutral. Allí tuvo lugar en 1526 el intercambio del rey Francisco I de Francia por sus hijos tras la batalla de Pavía y, décadas después, el intercambio de princesas entre ambas monarquías.
Pero el episodio decisivo llegó en 1659, cuando España y Francia negociaron y firmaron en ese mismo lugar el Tratado de los Pirineos, el acuerdo que puso fin a más de dos décadas de guerra y fijó gran parte de la frontera que ambos países siguen compartiendo hoy. Un año después, la isla acogió además la boda entre Luis XIV y María Teresa de Austria, hija de Felipe IV, convirtiéndose definitivamente en un símbolo de reconciliación.
La solución fue compartirla para siempre. Aquel valor simbólico terminó cristalizando jurídicamente casi dos siglos después. El Tratado de Bayona de 1856 estableció que la isla pertenecería "por indiviso" a ambos países, dando origen al que suele considerarse el condominio más pequeño del mundo. Desde entonces, España administra el islote entre el 1 de febrero y el 31 de julio, mientras que Francia hace lo propio entre el 1 de agosto y el 31 de enero.
El relevo no es simplemente administrativo: autoridades de ambos países celebran una ceremonia oficial en la que se formaliza el traspaso, manteniendo una tradición que lleva más de 160 años cumpliéndose sin interrupciones.
Hay otros, pero ninguno funciona así. El concepto de condominio internacional no es exclusivo de la Isla de los Faisanes. Existen otros territorios administrados conjuntamente, como algunas zonas fluviales entre Alemania y Luxemburgo, el golfo de Fonseca compartido por Honduras, El Salvador y Nicaragua, el distrito de Brčko en Bosnia y Herzegovina o incluso la Antártida bajo el Tratado Antártico.
Sin embargo, ninguno de ellos reproduce un sistema tan llamativo como el del Bidasoa: una alternancia estricta cada seis meses, ceremonial y perfectamente regulada, en la que la gestión pasa de un país al otro sin disputas, reclamaciones ni tensiones diplomáticas.
Un ejemplo de cooperación. La imagen idílica del islote contrasta con algunos de los problemas actuales de la frontera franco-española. En los últimos años el río Bidasoa se ha convertido en un punto de paso para numerosos migrantes que intentan llegar a Francia, y varios de ellos han perdido la vida intentando cruzar sus aguas.
Esa realidad recuerda que la frontera continúa siendo un espacio sensible, aunque precisamente por eso la Isla de los Faisanes conserva un valor aún mayor: demuestra que un territorio nacido de una guerra puede transformarse, durante generaciones, en un mecanismo de cooperación pacífica.
La mayor victoria entre ambos nunca se jugó en un estadio. Las semifinales, las finales y las rivalidades deportivas terminan siempre con un ganador y un perdedor. La Isla de los Faisanes representa justo lo contrario. Nació de uno de los grandes conflictos europeos del siglo XVII, pero hoy funciona gracias a un acuerdo que ninguno de los dos países cuestiona y que se renueva dos veces al año con absoluta normalidad.
Por eso, si Francia termina cayendo hoy frente a España, siempre podrá decir que la derrota duró poco: apenas dieciséis días después volverá a administrar un pequeño pedazo de territorio situado entre ambos países, el mismo lugar donde hace siglos decidieron que la mejor manera de acabar una guerra era aprender a compartir el mapa.
Imagen | Zarateman, Jacques Laumosnier, Iñaki LL
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