Quién es Sam Bankman-Fried, el ideólogo de FTX que ha puesto a la industria cripto a los pies de los caballos

“Lo siento. La cagué, debería haberlo hecho mejor”.

Hace solo unos meses, cuando Sam Bankman-Fried era algo así como el caballero de dorada armadura del mundo criptográfico, un genio precoz y en apariencia confiable, podía esperarse de él casi cualquier gesto prometedor. Y épico. En abril Bloomberg anunciaba que se planteaba regalar su multimillonaria fortuna en pos de una filosofía vital similar a la de un Robin Hood 4.0 y en agosto la mismísima Fortune lo presentaba como el próximo W. Buffet. Él, joven, con su mentón rasurado, el pelo alborotado y mirada de yerno modelo sentado a la mesa de los suegros en Nochebuena, se dejaba querer por un discurso que lo identificaba como el hombre recto de la industria.

De Bankman-Fried se podían esperar muchas cosas, digo, todas prometedoras, fabulosas, con su puntito épico, salvo que una tarde de principios de noviembre se sentase a teclear en su perfil de Twitter un largo hilo que arrancaba así: “Lo siento. Eso es lo más importante. La cagué”.

Y sin embargo eso es lo que acaba de hacer. Con motivos más que fundados.

Entonar el mea culpa

Al fin y al cabo está en el epicentro de un terremoto en el mercado cripto que ha diezmado su fortuna personal y, lo realmente preocupante, sacudido hasta los cimientos FTX, firma que él mismo fundó en 2019 y ha logrado alzarse en solo tres años como el tercer exchange cripto por volumen del mundo.

Para entender qué ha hecho, por qué su nombre acapara titulares y su rostro tímido coronado por una mata ensortijada sale hasta en la sopa, lo primero es saber de dónde viene, quién es Sam Bankman-Fried, el treintañero que ha saltado de la portada de Fortune al género periodístico a caballo entre la crónica económica, la nota judicial y de sucesos y el obituario empresarial.

Durante un tiempo Bankman-Fried pareció haber dado con la senda de los grandes genios precoces del sector. Era joven. Era brillante. Era prometedor. Incluso tenía ese puntito de exitoso emprendedor outsider. El pasado abril, con una fortuna de más de 20.000 millones de dólares en su haber, según el índice de Bloomberg, posaba desaliñado, conducía un Toyota Corolla y dormía en un puf.

Hijo de dos profesores de Derecho de Stanford, Bankman-Fried (California, 1992) estudió Física en el Massachusetts Institute of Technology (MIT) y desde muy pronto mostró interés por el mundo de los negocios: perfeccionó sus conocimientos en la compañía Jane Street Capital, operó con ETFs (Exchange-traded fund) y a finales de 2017 dio el salto al comercio de criptomonedas.

Dos años después lanzó FTX, compañía que logró convertir en uno de los principales exchange cripto con un valor multimillonario. A principios de 2022 —precisa Forbes— los inversores atribuían a FTX y sus operaciones en Estados Unidos un total combinado de 40.000 millones. La propia fortuna de Bankman-Fried llegó a alcanzar los 26.500 millones, una suma desorbitada que se explica principalmente por la propiedad de cerca de la mitad de FTX y parte de sus tokens FTT.

Su fama se relaciona con dos grandes creaciones. La primera es la firma de trading Alameda Research, que básicamente proporciona liquidez en los mercados de criptomonedas y activos digitales. La segunda, FTX, menos conocida que Binance, pero que ha logrado convertirse en el tercer mercado de compraventa cripto más importante del mundo si nos atenemos a volumen.

Con el tiempo Bankman-Fried amasó una fortuna y, quisiera o no, fuera o no deliberado, supo camelarse a buena parte de la prensa, transmitiendo la imagen de un joven con filosofía de Robin Hood, un J.P. Morgan versión cripto. ¿Cómo? Pues más allá de los ingredientes narrativos de su historia, gracias a una más que jugosa inversión en marketing que le ayudó a ganar proyección.

Entre otros alardes de talonario, FTX alcanzó un acuerdo millonario para dar nombre al estadio en el que juega el Miami Heat, de la NBA; y transmitió un anuncio durante la Super Bowl protagonizado por Larry David. En el ruedo político también destacó como donante demócrata durante las últimas elecciones de 2022, dejando casi 40 millones de dólares en donativos, según Forbes.

Una historia a la altura de la fiebre cripto

Su historia, su crecimiento meteórico, en sintonía con la propia fiebre cripto y que acabó aupándolo a las listas de los principales multimillonarios, cautivó. Y se sucedieron reportajes como el que publicó en agosto Fortune, en el que ya se advertía en cualquier caso desde el propio titular: “Su estrategia de inversión contraintuitiva le hará levantar un imperio o terminará en desastre”.

Con la perspectiva que dan los meses, suena casi casi a profecía empresarial.

No todo eran rosas, claro. En otro extenso artículo publicado por Bloomberg en abril se deslizaban también algunas inconsistencias de su relato personal. Por ejemplo, apuntaba que pese al discurso social del magnate había dedicado menos a caridad que a publicidad. La imagen creada en torno a Sam Bankman-Fried acabaría saltando por los aires no mucho después, en noviembre, pero no por cuestiones relacionados con el marketing o imagen social, sino la confianza en sus empresas.

Hace varios días CoinDesk reveló que la cartera de Alameda se sustentaba en buena medida en FTT, el token de FTX. La práctica mostraba una dependencia sospechosa que generó recelo en la criptoindustria y entre los propios inversores. La consecuencia fue una retirada de posiciones en FTX y un desplome pronunciado de su token. Si a principios de mes cotizaba a 25,77 dólares, pocos días después, tras el descalabro y con la estabilidad del negocio en solfa, no llegaba ya a 3. Otro de los gigantes del sector, Changpeng Zhao, de Binance, sugirió que la situación de FTX era inestable.

Fue el primer capítulo de un breve pero intenso culebrón con múltiples capítulos, incluido el amago de Binance de tomar las riendas de FTX, y que derivó en que el viernes la compañía se declarara en bancarrota y Bankman-Fried, el otrora “caballero blanco” del mundo cripto, renunciara a su cargo como CEO. “Lamento mucho, de nuevo, que hayamos terminado aquí”, tuiteaba el empresario.

El movimiento no cierra en cualquier caso la historia de FTX y su sismo en el mercado cripto. La plataforma afronta graves problemas de liquidez, un profundo agujero y es objeto de investigaciones, informa The New York Times, por parte de la Comisión de Bolsa y Valores y los fiscales federales de Nueva York. La lupa está puesta en la relación de FTX y su firma hermana, Alameda Research, para determinar si FTX hizo un mal uso de los fondos confiados por sus clientes para apuntalarla.

A lo largo de los últimos días las aguas han estado lejos de relajarse, con noticias de un tono muy alejado de los reportajes para los que posaba Bankman-Fried en primavera. Tras la declaración de la bancarrota del viernes se habrían registrado "anomalías" tras un posible hackeo, con considerables retiradas de activos y Bloomberg asegura que el empresario ha sido entrevistado por la policía y los reguladores de Bahamas. En lo que respecta a FTX, Financial Times ha desvelado que la víspera del colapso sumaba 9.000 millones en pasivo frente a un activo líquido de unos 900 millones y Reuters apunta a la transferencia de 10.000 millones de fondos de clientes de FTX a la firma Alameda.

La propia fortuna de Bankman-Fried ha sufrido un pinchazo a la altura de lo rápido y enérgica que creció en sus mejores años: de más de 20.000 millones se ha reducido a menos de mil. Para cortar los rumores que en las últimas horas apuntaban que se había trasladado a Sudamérica (Argentina), el propio empresario ha tenido que aclarar a la agencia Reuters que sigue en Bahamas.

Más que la caída de una empresa o un directivo, por más popular y rutilante que llegase a ser en su cénit, lo que se ha roto es un símbolo, un icono de estabilidad y responsabilidad en una industria criptográfica marcada por su escasa regulación. Las principales ciptomonedas ya lo sienten.

No cae Bankman-Fried, cae el caballero blanco que en su día representó.

Imagen de portada: FTX

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