En Estados Unidos e Israel se han estancado las vacunaciones mucho antes del 70% y no saben cómo solucionar el problema: qué nos dice sobre lo que pasará en España

Javier Jiménez y Javier Lacort

Cada miércoles hasta el 23 de junio de 2021, Ohio seleccionará al azar a un vacunado mayor de 18 años y le premiará un millón de dólares. Hace unos días, el gobernador de Nueva York anunció otro concurso en el que se repartirán más de cinco millones entre los neoyorkinos que hayan recibido la vacuna. Algo que se suma a la hamburguesa con patatas que regala NYC a quién dé el paso de ponerse la vacuna, pero que no es anecdótico. Al contrario, es algo que afecta a todo Estados Unidos.

Desde que alcanzó su pico a mediados de abril, el número de primeras dosis diarias que se han puesto en Estados Unidos se ha reducido más de la mitad y ya pone en riesgo el objetivo de alcanzar el 70% de vacunados para el 4 de julio que había fijado la Casa Blanca. Lo que es peor: nadie parece tener muy claro cómo solucionarlo.

Tampoco parece que lo sepan en Israel, donde las tasas de vacunación llevan estancadas semanas en torno al 60% de la población y finalmente le Gobierno ha optado por levantar todas las restricciones que quedaban en el país sin esperar a unos porcentajes que parecen difíciles de alcanzar.

Esa es la paradoja: quien quiere vacunarse en Israel o en EEUU, puede hacerlo; pero hay demasiada gente que no lo hace. Poco a poco, los países que hace unos meses lideraban los índices de vacunación se encuentran con una especie de "techo vacunal" que no consiguen superar. ¿Son problemas coyunturales o es algo que nos va a afectar a todos los países? ¿Ocurrirá también en España? ¿Llegaremos al 70%? ¿Qué pasará después?

¿Por qué las tasas de vacunaciones se estacan en algunos países?

La preocupación por la cobertura vacunal ha sido un tema central de las campañas de vacunación desde siempre. En parte porque es algo que cambia radicalmente entre vacunas, grupos sociales y periodos de tiempo; pero, sobre todo, porque las autoridades de salud pública tienen pocas herramientas para cambiar esos porcentajes (y, en estas circunstancias, es difícil hacer buen uso de ellas). Los expertos ni siquiera están seguros de que hacer las vacunas obligatorias sea una buena idea.

De ahí que, incluso cuando las vacunas son gratuitas y están recomendadas por las autoridades, las diferencias entre ellas pueden llegar a ser importantísimas. Mientras la tripe vírica tenía en 2019 una cobertura del 97,5% en la primera dosis y del 94,2% en la segunda.

Ese mismo 2019, la cobertura de la vacuna de la gripe en los mayores de 65 años (que debería ser superior al 75%) solo alcanzó el 60% en dos comunidades autónomas, La Rioja (64,6%) y Castilla y León (61,1%). De hecho, había comunidades por debajo del 50% como Baleares (41,5%) o Andalucía (49%). Y este es el colectivo en el que lo hacemos mejor.

Por eso, para saber si el "estancamiento vacunal" en el COVID es una cuestión local o un fenómeno generalizado, conviene examinar la situación de cada uno de los países afectados. Israel, por ejemplo, tiene una población muy joven (un 27,89% tiene menos de 14 años) y un grupo religioso en manifiesta oposición a la vacuna (los ultraortodoxos representan el 12% de los isrealíes). En ese contexto, incluso con un sistema de salud tan robusto como el israelí, llegar al 70% de inmunizados se vuelve algo realmente complicado.

De hecho, basta con mirar los porcentajes de vacunados con pauta completa por rangos de edad para descubrir que, mientras que no arranquen las vacunaciones en menores de edad, la campaña de vacunación israelí tiene muy poco margen de maniobra. Más aún, con una situación epidemiológica más que razonable y la economía completamente abierta. No hay que olvidar que el éxito de las vacunas acaba provocando una (a menudo) falsa sensación de seguridad.

El caso norteamericano es mucho más complejo y diverso. Si hace apenas un mes muchos centros de vacunación no podían atender la demanda y en lugares como Seattle aún hay más de 200.000 personas en lista de espera, en otras muchas zonas del país empiezan a cerrar puntos ante la bajada de personas dispuestas a vacunarse. Como decíamos, el número de primeras dosis inyectadas en el país ha caído a menos de la mitad pese a que apenas del 50% de los adultos han sido vacunados y, desde hace semanas, todos los mayores de 16 años pueden recibir la vacuna.

Es decir, aunque la vacuna está disponible en farmacias y centros de vacuanación, aunque a efectos prácticos todo el mundo puede vacunarse, aunque hay existencias de sobra, los niveles de vacunación no suben. Ni siquera experimentos como el Ohio ofrecen un impulso claro (aunque, seguramente, el resultado está siendo positivo). ¿Qué está pasando? ¿Cómo es posible que, tras meses deseando recibir la vacuna, capas tan amplias de la población decidan no ponérsela?

A falta de análisis exhaustivos, los especialistas manejan muchas explicaciones para este estancamiento: desde las dudas con respecto a las vacunas o diferencias sociorraciales hasta el diseño de la campaña (que ha priorizado los grandes centros de vacunación al uso de la red de atención primaria).

Sin embargo, ninguna de ellas explica realmente el problema, aunque lo más probable es que se deba a un problema de agregación. De la misma forma que cada país europeo atraviesa problemas distintos en el proceso de vacunación, cada región norteamericana tiene los suyos propios. Resulta imposible explicar con los mismos factores la bajada en New Hampshire y el derrumbe en Mississippi porque el fin y al cabo son estados radicalmente distintos a nivel sanitario, económico, sociológico y poblacional.

¿Qué pasará también en España?

Esa es la gran pregunta. La investigación en cobertura vacunal nos dice que, a partir de un momento determinado, las campañas de vacunación son un empeño con rendimientos decrecientes. Es decir, que cada vez cuesta más subir un 1% de cobertura. ¿Cuál será ese "momento determinado" en el caso español?

La buena noticia es que hay indicios para esperar que el techo vacunal español sea más alto que el de países como EEUU e Israel. No tiene por qué ser mucho más alto, pero sí lo suficiente. Frente al 27,89% israelí, la población española de menos de 16 años es representa el 15,4%. Además, no existe un colectivo "antivacunas" de dimensiones parecidas al mundo ultraortodoxo judío. Eso nos permite ser optimistas porque la realidad sanitaria israelí se parece más a la nuestra que la estadounidense.

De hecho, si observamos el gráfico superior, es fácil ver las diferencias que hay entre España y EEUU. Aunque en el caso norteamericano hay un 8% de vacunados de edad desconocida y las categorías no son equivalentes, los niveles de vacunación de los grupos comparables (los dos de más edad -- los únicos en los que, por ahora, ambos países han tenido suministros suficiente) son mucho más altos en el caso español. Los problemas que están atravesando los sistemas de cita previa de las administraciones españolas no hacen presagiar una caída de la demanda (pese a que estamos en niveles parecidos a EEUU cuando su demanda empezó a caer).

El último factor clave en las campañas de vacunación es la gravedad percibida de la enfermedad. Eso es lo que está detrás de los desastrosos datos de vacunación de la gripe en el país (que hace que ni siquiera los sanitarios tengan altas tasas de vacunación). No obstante, cuando hablamos de COVID es distinto: aunque esto puede cambiar rápidamente, la enfermedad lleva casi un año siendo la principal preocupación de los españoles según los sucesivos estudios del CIS. Es decir, España parte de una posición muy ventajosa para alcanzar una alta cobertura vacunal, solo queda que no la desaprovechemos.

Imagen | Marisol Benitez

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