Vodka, soledad, frío: la historia del intento de asesinato que sacudió a la comunidad científica en la Antártida

  • En 2018, dos investigadores rusos se vieron envueltos en un hecho atípico en la Antártida: un crimen

  • El listado de agravios penales es corto y acarrea un problema: no hay legislación para juzgarlos

No es habitual que la Antártida cope los titulares de prensa. Aislada en lo más remoto del círculo polar, inalcanzable para el ser humano durante toda su historia, apenas 4.000 personas conviven allí durante la temporada alta de verano. En invierno, su población se reduce a 1.000. Tan escaso bagaje demográfico, dedicado en su mayor parte a la investigación científica, produce pocos acontecimientos de auténtico interés. Pero de vez en cuando sucede.

El crimen se apoderó de la estación rusa en la Antártida, Bellingshausen, el 9 de octubre de 2018. Sergei Savitsky, ingeniero eléctrico de 54 años, se abalanzó sobre Oleg Beloguzov, soldador de 52 años, y le atestó varias y repetidas puñaladas en el pecho. Al parecer, el ataque se produjo en el candor de la cena, cuando el alcohol corría alegremente por las venas de ambos. Beloguzov había propuesto a Savitsky subir a la mesa y bailar, en tono humillante.

Ambos arrastraban un largo historial de disputas, fraguado en diversas estancias conjuntas en la base rusa. Ningún incidente hasta entonces había revestido un carácter tan violento. Beloguzov fue llevado con urgencia al hospital más cercano, una instalación militar en el sur de Chile, donde fue intervenido de urgencia. Salvó la vida. Savitsky se entregó voluntariamente al jefe de estación local, quedando a disposición de las autoridades rusas con efecto inmediato.

El particular enfrentamiento entre Savitsky y Beloguzov reveló alguna de las extrañas particularidades de la Antártida y de sus precarios asentamientos humanos. El primero: no hay de forma efectiva una legislación que cubra los crímenes cometidos bajo su suelo. Al pertenecer a la expedición rusa, Savitsky tuvo que regresar a Moscú para ser detenido y juzgado. No lo haría hasta diez días después (la regularidad de los vuelos a la Antártida es limitada), y en el camino tendría que ser retenido en una iglesia ortodoxa (a falta de cárceles efectivas).

La Iglesia de la Trinidad, en la que el agresor permaneció cautivo. (Akulovz/Commons)

Pese a que sostuvo su inocencia en todo momento, Savitsky se enfrenta ahora a la justicia rusa, un territorio a decenas de miles de kilómetros del lugar de los hechos, por intento de asesinato. Tras un año de investigación y vistas preliminares, Savitsky mostró su arrepentimiento y Beloguzov su perdón. Ante tales circunstancias, el juez decidió retirar los cargos y liberar a Savitsky de toda pena.

¿Quién juzga en la Antártida?

En gran media, el principal problema para juzgar crímenes en la Antártida es la distancia. El territorio es tan remoto que tan sólo un reducto de países disfruta de cierta cercanía geográfica. Dada la ausencia de instituciones autónomas efectivas (la población es diminuta y de carácter científico), el Tratado Antártico (firmado a mediados del siglo XX por 53 países) establece que cada malhechor será juzgado en función de la jurisdicción de su país de origen.

Tampoco hay fuerzas del orden o figuras judiciales reales. Se sabe que el jefe de la estación McMurdo, la más grande de las tres que mantiene Estados Unidos en el inhóspito continente, debe recibir un cursillo de diez semanas previo a su traslado a la Antártida (en el que aprende cuestiones tan singulares como la manipulación de pruebas criminales). El motivo: al no existir otra autoridad sobre el terreno, ejerce de marshall, guardián del orden legal en nombre del gobierno federal.

Trabajadores rusos en la base de Bellingshausen. (Akulovz/Commons)

No es habitual que sus prerrogativas incluyan detener a hombres o mujeres violentos, pero sí ha sucedido en alguna ocasión. En 1996 dos cocineros culminaron una larga enemistad entablando una pelea en similares términos a la de Savitsky y Beloguzov. Uno de ellos terminó agrediendo al otro con un martillo, lo que bajo jurisdicción federal (en concreto, la de Hawaii, el estado más próximo a la Antártida) se consideraba tentativa de homicido.

Un grupo de agentes del FBI viajó al continente por primera vez en su historia, pero dada la distancia y los rigores logísticos tardaron numerosos días. Entre tanto, el jefe de la estación tuvo que encerrar al cocinero díscolo en un pequeño edificio. Como se apunta aquí, jamás temieron por su huida. Al fin y al cabo, ¿dónde iba a ir? A su regreso, el agresor fue juzgado y condenado a cuatro años de prisión por un tribunal competente. Fue el último gran escándalo criminal de McMurdo.

No ha sido el único registrado en la Antártida. En 2009 diversas personas destacadas en la base surcoreana iniciaron una pelea nocturna en evidente estado de embriaguez. El patético espectáculo fue grabado por una cámara de seguridad que, al volcarse en Internet, se convirtió en un viral instantáneo. Todos los involucrados portaban pasaporte surcoreano, por lo que la jurisdicción no supuso un mayor problema a la hora de esclarecer los hechos.

La estación McMurdo. (Eli Duke/Flickr)

En ocasiones, sin embargo, sí lo ha sido, en buena medida a causa de las disputas territoriales que siete países aún mantienen sobre el continente antártico (el resto del planeta acepta que ninguna nación puede reclamar soberanamente partes de la Antártida).

La soledad, el frío, la oscuridad

Por ejemplo, en el año 2000 se produjo el asesinato de Rodney Marks, investigador australiano, por envenenamiento. Marks trabajaba para la estación Amundsen–Scott, regentada y financiada por Estados Unidos, a su vez localizada en la Dependencia de Ross, vasto territorio continental reivindicado por Nueva Zelanda. ¿Quién debía investigar y juzgar el crimen, Australia, Estados Unidos o Nueva Zelanda? Es una cuestión espinosa, dado que EEUU no reconoce la reclamación soberana de Nueva Zelanda sobre territorio antártico.

Pese a ello, las buenas relaciones permitieron a las autoridades neozelandesas encargarse de la autopsia y trasladar el cuerpo (varios meses después de su muerte) a Christchurch. En otras ocasiones, Nueva Zelanda y Estados Unidos han llegado a acuerdos para desplegar agentes de la ley o autoridades de diverso calado en las bases. En cualquier caso, sigue siendo un vacío legal significativo y un enorme problema logístico.

La cuestión es, ¿por qué suceden los crímenes? A priori la población de la Antártida debería ser tan pacífica como un ideal humano podría imaginar. La mayor parte de las personas allí desplegadas son científicos, no exactamente conocidos por su conflictividad o violencia; las posesiones privadas son escasas, dado que trasladarlas es muy complejo; y el dinero no tiene virtual utilidad. Los robos o los conflictos de propiedad son, por tanto, limitados.

Hay otros factores, a menudo psicológicos. Como apuntan desde Motherboard, la soledad y la oscuridad pueden jugar un papel fundamental. Savitsky había pasado la totalidad del invierno antártico en la base, lidiando con temperaturas extremas y días en los que jamás se llegaba a ver el sol. Una noche eterna acompañada de apenas 14 compañeros, sin conexión a Internet (baja y limitada a tareas laborales) y sin ningún lugar al que ir.

En La España Vacía, Sergio del Molino citaba una teoría del aburrimiento para explicar los crímenes brutales en pueblos diminutos y aislados del interior peninsular. A nivel psicológico, la ausencia de estímulos provocaría que la adrenalina se disparara por cuestiones en apariencia triviales, magnificando las disputas y generando un estadio de paranoia capaz de derivar en asesinatos tan macabros como el de Fago.

¿Fue lo que le sucedió a Savitsky cuando decidió responder a las bravuconadas de su compañero apuñalándole en el pecho? Puede ser. En cualquier caso, no volverá a pasar la Antártida por el resto de su vida.

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*Una versión anterior de este artículo se publicó en octubre de 2018

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