Ni Rusia, ni Ucrania, ni EEUU. El mejor resumen de las guerras lo acaba de dar Sylvester Stallone: “Ahora me doy cuenta”

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Mientras todos continúan intentando decidir cómo termina una guerra real, Stallone ha llegado al final de la suya cinematográfica con una conclusión sencilla

Miguel Jorge

Editor

Tras cuatro años y medio de guerra en Ucrania, uno de los resúmenes más inesperados del conflicto (y del resto alrededor del mundo) lo acaba de ofrecer el hombre que durante décadas encarnó en el cine exactamente lo contrario. Mientras Washington vuelve a intentar sentar a Moscú y Kiev alrededor de una negociación, el actor que convirtió a Rambo en uno de los grandes símbolos de la fuerza militar estadounidense ha revisado aquella etapa con una frase difícil de separar de las imágenes que llegan hoy desde Ucrania. A los 80 años, Stallone ha pasado de interpretar al soldado capaz de ganar prácticamente cualquier guerra a preguntarse qué queda cuando terminan todas.

Rambo también era Stallone. De fondo, hay una razón por la que sus palabras pesan más que una declaración antibelicista convencional. En 1985, cuando Rambo se convirtió en icono cultural, Stallone defendía una visión diametralmente diferente: si Estados Unidos tenía un gran poder y amenazaba con utilizarlo, decía, llegaba un momento en que debía hacerlo para que nadie pensara que iba de farol. 

Preguntado ahora en una larga entrevista en The New York Times si Rambo representaba entonces parte de su propia forma de pensar, su respuesta fue inequívoca: sí. “En aquella época era verdaderamente gung-ho”, reconoce. Cuatro décadas después atribuye aquella mentalidad en buena medida a su propia ingenuidad.

El cambio de visión. La frase que resume el cambio llega inmediatamente después: “Ahora me doy cuenta de que toda guerra es inútil”. Stallone describe la guerra como una maquinaria en la que departamentos militares y fabricantes ganan enormes cantidades de dinero mientras jóvenes soldados entran en una “trituradora”, pierden miembros y regresan a un país que después puede abandonarlos. 

Su conclusión es todavía más contundente: “No hay gloria en la guerra. Ninguna”. No es, o no lo parece, una conversión completa al pacifismo (el actor aclara que un país atacado tiene derecho a defenderse), sino una impugnación de la idea romántica de la guerra que paradójicamente él mismo contribuyó a convertir en espectáculo.

La imagen de Rambo. La ironía empieza en la propia saga. First Blood no presentaba originalmente a Rambo como una fantasía militar, sino como un veterano de Vietnam traumatizado y abandonado por el país por el que había combatido. Stallone recuerda que la explosión emocional del personaje al final de la película nació precisamente de pensar en miles de soldados que regresaban mutilados después de obedecer las órdenes de su país y descubrían que ese mismo país ya no sabía qué hacer con ellos. Pero las secuelas fueron dejando aquello atrás. 

Él mismo asume ahora la responsabilidad: Rambo acabó reducido a “bravata, bravata, bravata”, explica en el NYT, porque “flexionar los músculos es mucho más fácil que mostrar el alma”. Su diagnóstico sobre aquel proceso es demoledor: “Era como un dibujo animado”.

Ucrania y una reflexión. Resulta inevitable leer sus palabras mientras la guerra continúa. Rusia mantiene aproximadamente una quinta parte del territorio ucraniano ocupado, los ataques sobre ciudades e infraestructuras continúan y los nuevos esfuerzos diplomáticos impulsados por Washington todavía no han producido un acuerdo para detener los combates. 

Este mismo septiembre, enviados de Trump viajaron primero a Moscú y después a Kiev buscando reactivar las negociaciones. Pocos días después, nuevos ataques rusos volvieron a matar civiles en la capital ucraniana. 

La otra reflexión. Cuando al actor le preguntan cuándo se volvió antibelicista, responde que las guerras terminan destruyendo a ambos lados y dejando algo que permanece mucho después de los disparos: “Se guardan rencores, los países son destruidos y las fronteras se redibujan, ¿para qué?”. 

Ucrania y Rusia siguen precisamente enfrentadas por territorio y garantías de seguridad, mientras la mediación estadounidense intenta encontrar una fórmula que ambas acepten. Qué duda cabe, Stallone no ofrece una solución política para el conflicto, pero sí la mirada retrospectiva de alguien que durante décadas hizo de la guerra una parte central de su propia mitología.

Stallone en Rambo III

Sin armadura. Más. Stallone cuenta que construyó su imagen de hombre indestructible después de una infancia marcada por la violencia y que incluso convirtió físicamente su cuerpo en una “armadura”: llevó el entrenamiento hasta la obsesión, reconoce haber utilizado esteroides y hoy arrastra nueve operaciones de espalda, dos de hombro y tres fusiones cervicales. 

Lo que durante décadas pareció invulnerabilidad era, según su propio relato, otra cosa. “Estoy usando ‘duro’ como una bandera masculina para algo mucho más perverso y extraño”, admite al recordar la violencia de su padre.

Una frase que habla de todo. A los 80 años, la estrella del cine dice que podría construir “un castillo de arrepentimientos” y que buena parte de su vida estuvo dominada por una especie de “modo guerrero”: conquistar, competir y seguir avanzando, aunque todo lo demás quedara por el camino. Quizá por eso su revisión de Rambo resulta ahora especialmente potente.

El personaje que empezó mostrando las cicatrices de un soldado terminó convertido en una fantasía sobre ganar guerras, y el hombre que lo creó ha necesitado cuatro décadas para recorrer el camino contrario. Mientras Putin, Zelenski y Trump continúan intentando decidir cómo termina una guerra real, Stallone ha llegado al final de la suya cinematográfica con una conclusión mucho más sencilla y certera sobre lo que acontece: “Ahora me doy cuenta”.

Imagen | YouTube,  Yoni S. Hamenahem

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