Nueve años después, Japón está recuperando las centrales nucleares dañadas por el terremoto

Antes de que el terremoto y posterior tsunami de Tōhoku se llevara por delante la central nuclear de Fukushima, Japón se contaba entre los países más entusiastas en materia atómica. El 30% de su energía provenía de sus más de 50 reactores repartidos por todo el país, un porcentaje que el gobierno deseaba aumentar a corto plazo. La catástrofe de Fukushima lo cambió todo. En el plazo de dos años, Japón clausuraría todos sus reactores, abocándose a una crisis energética sin precedentes.

Nueve años después está desandando aquellos pasos.

Reapertura. Esta semana uno de los complejos nucleares más afectados por el terremoto de 2011, el de Onagawa, ha recibido la autorización definitiva para reanudar sus operaciones. Onagawa, construida unos 160 kilómetros al norte de Fukushima, se vio severamente dañada por la catástrofe, hasta el punto de que se temió por su integridad. Hoy ha dado el primer paso hacia su apertura, prevista para 2023, tras cumplir con los nuevos requerimientos establecidos por el gobierno.

No inmediato. La central aún tiene un largo camino por delante. Tōhoku Electric Power, su empresa tenedora, tendrá que invertir alrededor de $3.000 millones en actualizaciones y mejoras de seguridad. Tampoco regresa la totalidad del complejo: el primer reactor, el más antiguo, será desactivado en los próximos años. Con todo, el anuncio marca un antes y un después en el Japón post-Fukushima: es la primera planta dañada por el terremoto que obtiene autorización para funcionar.

Objetivos. La noticia se enmarca en un ambicioso, si bien confuso, plan de transición energética elaborado por el gobierno durante los últimos años. El nuevo gobierno de Suga Yoshihide se ha fijado como objetivo reducir las emisiones a cero antes de 2050. Un plan inviable sin la aportación de sus antiguas plantas nucleares. Desde 2015, cinco de ellas han vuelto a funcionar, para un total de nueve reactores. A medio plazo, otras 12 podrían volver antes de 2025; y otras 18 antes de 2030.

Las cifras. A lo largo de la próxima década, Japón aspira a generar un buen pellizco de su consumo energético a través de fuentes neutras en emisiones. Un 24% debería corresponder a las renovables y un 22% a la nuclear. De momento está lejos del segundo porcentaje. Al cierre de 2019 sus plantas atómicas habían generado el 7,5% de la energía nacional, cifra encogida durante los primeros meses de 2020 (el 3%). Una porción más grande de la tarta es inviable si no se recuperan las centrales desactivadas.

Menguante. El problema es que muchas de ellas jamás volverán. De los 54 reactores en funcionamiento antes del terremoto, 21 han sido desmantelados. Y las restantes son muy viejas. La legislación japonesa establece una vida útil de 60 años para sus centrales nucleares. Más de la mitad aún existentes superan los 30. La única forma de cuadrar el círculo energético que afronta Japón es construyendo nuevos complejos atómicos, una cuestión tabú entre la opinión pública del país.

Con todo, en octubre, el ministro de Economía, Hiroshige Seko, abrió la puerta a nuevos proyectos. Apenas un día después Katsunobu Kato, jefe de gabinete, negaba la mayor: "No estamos considerando la construcción de nuevas centrales". De ser así, el porcentaje de la nuclear sobre el mix energético de Japón sólo puede disminuir a largo plazo.

Mismo dilema. Las particularidades de Japón provienen del accidente de Fukushima, tan traumático a tantos niveles distintos. Pero todos los países afrontan dilemas similares. La energía nuclear no es popular, pero representa una parte importante de la generación energética de muchos países, como España (el 21%). Cuando las plantas alcancen su vida útil, como empieza a suceder, ¿se deben adecuar, se deben construir nuevas, se debe prescindir de la aportación de la nuclear?

Si la respuesta es esta última, el problema es otro y aún mayor. ¿Quién se hará cargo de su pedazo del pastel energético? De ahí que el cierre conjunto de térmicas y nucleares anunciado por el gobierno hace dos años fuera poco realista. Es improbable que las renovables lleguen a todo. Y los objetivos de emisiones neutras son similares para todos los países.

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