Japón ha tomado una decisión inédita para poner fin a un problema de años: que los padres dejen de secuestrar a sus propios hijos

Japanese Boy Walking Home From School

Sin embargo, los expertos señalan que seguirá existiendo el mismo problema mientras no haya consecuencias claras para quien se lleva al menor

Miguel Jorge

Editor

Anastasiya Minkova regresó de un viaje y encontró la casa vacía: su marido se había marchado con su hijo de dos años. En muchos países la escena podría activar inmediatamente una investigación por sustracción parental. En Japón, durante décadas, podía convertirse en la jugada que decidiera quién conservaría al niño.

Japón tumba una ventaja perversa. Hasta el pasado mes de abril, el sistema japonés establecía que, después del divorcio, solo uno de los progenitores podía conservar la autoridad legal sobre los hijos. Los tribunales solían favorecer a quien convivía con el menor y había asumido el papel de cuidador principal durante el proceso. 

Eso generó un incentivo difícil de ignorar: llevarse al niño antes de iniciar el divorcio podía colocar al otro progenitor en una posición prácticamente imposible de remontar.

Abogados aconsejando el “rapto”. La lógica del sistema convirtió una conducta considerada sustracción parental en otros países en una estrategia familiar tolerada de facto. Según el abogado Masanori Tanabe, quien abandona el domicilio con los hijos pasa a presentarse ante el tribunal como su cuidador habitual, fortaleciendo decisivamente su posición. 

John Gomez, fundador de Kizuna Child-Parent Reunion, lo resume de forma todavía más cruda: algunos abogados de familia aconsejaban directamente a sus clientes que se llevaran a los niños porque el asunto se trataba como un conflicto civil, no como un delito.

Los tribunales llegaban tarde. El tiempo jugaba a favor del progenitor que se había llevado al menor. Cuando un tribunal estudiaba el caso meses después, el niño podía llevar ya un largo periodo viviendo en una nueva casa, asistiendo a otro colegio y manteniendo contacto limitado o inexistente con el padre o la madre que había quedado atrás. 

Romper esa situación podía interpretarse como una alteración de la estabilidad del menor, lo que terminaba consolidando precisamente la ventaja obtenida mediante su traslado.

La reforma y la autoridad parental compartida. Ahora, Japón ha modificado su Código Civil para permitir el llamado kyodo shinken, un régimen en el que ambos progenitores pueden conservar capacidad legal sobre decisiones importantes después del divorcio. 

El Ministerio de Justicia espera que el cambio obligue a los padres a pensar en el interés del menor y a mantener una participación adecuada en su crianza. Además, llevarse unilateralmente al hijo y negarse a cooperar podrá ser tenido en cuenta en contra de quien aspire a obtener su autoridad legal.

Compartir decisiones no es compartir a los hijos. La reforma, además, tiene una limitación decisiva: kyodo shinken se traduce con mayor precisión como autoridad parental compartida, no necesariamente como custodia o convivencia compartida. Ambos padres podrían intervenir en cuestiones como la educación o la atención médica sin que exista un reparto obligatorio del tiempo que pasan con el menor. 

La abogada Masami Kittaka advierte en la CNN de que el nuevo sistema tampoco garantiza que los casos antiguos sean revisados ni que los progenitores apartados recuperen automáticamente el contacto perdido.

El problema de los padres extranjeros. Sí, porque las barreras lingüísticas, la falta de información y una representación jurídica insuficiente hacen que muchos extranjeros reaccionen cuando la situación ya está consolidada

Ejemplos como el de Emily Sato, que contaba que regresó a casa y encontró que su marido se había llevado a su hija, había retirado buena parte de los muebles y la había eliminado de la lista de personas autorizadas para recogerla del colegio. Cuando el caso llegó a los tribunales, la convivencia exclusiva con el padre ya fue tratada como un entorno estable que convenía preservar.

Separaciones que duran más que la infancia. Jeffery Morehouse lleva 16 años sin ver a su hijo, trasladado desde Estados Unidos a Japón cuando tenía seis años y medio pese a que él tenía reconocida la custodia principal. Logró resoluciones judiciales japonesas que validaban su orden estadounidense, pero asegura que nunca consiguió que se ejecutaran de manera efectiva. 

Su última despedida fue el Día del Padre de 2010, y desde entonces evita celebraciones familiares y lugares donde otros niños puedan recordarle la edad que tenía su hijo cuando desapareció de su vida.

La protección frente al abuso. La autoridad parental compartida tampoco puede aplicarse indiscriminadamente. Algunas asociaciones temen que obligue a personas que han sufrido violencia doméstica a seguir vinculadas a su agresor, aunque la reforma permite restringir el contacto en casos de maltrato o abuso infantil. 

El desafío consistirá en diferenciar las situaciones de protección legítima de aquellas en las que uno de los progenitores utiliza al niño para adquirir ventaja en una ruptura conflictiva.

Japón sigue sin eliminar el incentivo. Qué duda cabe, la reforma representa una ruptura histórica con un modelo que favorecía la custodia exclusiva y podía convertir una huida en una ventaja judicial. Sin embargo, los expertos señalan que seguirá existiendo el mismo problema mientras no haya consecuencias claras para quien se lleva al menor, garantías de contacto y mecanismos capaces de ejecutar las decisiones de los tribunales. 

Japón ha reconocido por fin que permitir a un progenitor desaparecer con su propio hijo era parte del problema, pero ahora debe demostrar que cambiar la ley también puede devolver a los niños la relación que perdieron.

Imagen | Chris Rimmer, Jenny Webber

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