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Irán ha encontrado un agujero en el escudo de Israel: convertir un misil en una "tormenta” explosiva en pleno descenso

Lo que está ocurriendo no es solo una adaptación táctica, sino un adelanto de cómo pueden evolucionar los conflictos

Miguel Jorge

Editor

En los sistemas de defensa antimisiles más avanzados, cada interceptación puede costar millones de dólares y requiere segundos de decisión perfectamente coordinados. Ocurre que esos sistemas fueron diseñados bajo una suposición clave: que cada amenaza sería identificable, única y tratable como un solo objetivo. 

Irán ha encontrado un “agujero”.

Multiplicar un misil. En las últimas semanas de guerra, Irán ha dado con un hueco en el escudo “millonario” de Israel: convertir un misil en toda una “lluvia” de amenazas en pleno descenso, en cuestión de segundos y justo en el instante en el que los sistemas defensivos tienen menos margen de reacción. 

La clave no está en lanzar más misiles, sino en cambiar su naturaleza en el momento crítico, transformando un único objetivo interceptable en decenas de submuniciones que caen a gran velocidad sobre amplias zonas. Es un cambio sutil pero decisivo, porque rompe la lógica sobre la que se diseñan las defensas antimisiles: detectar, seguir y destruir un blanco único antes del impacto.

La “lluvia” que desborda el sistema. Contaban los analistas en The Guardian que las ojivas de racimo iraníes liberan entre varias decenas y hasta cerca de un centenar de submuniciones a gran altitud, dispersándolas sobre áreas que pueden abarcar decenas de kilómetros.

En ese punto, el sistema deja de enfrentarse a un misil y pasa a enfrentarse a múltiples amenazas simultáneas, además, cada una con trayectoria y punto de impacto distintos. El resultado es una saturación instantánea donde lo que era un problema controlable se convierte en un escenario caótico donde la defensa debe decidir en segundos qué interceptar y qué no, sabiendo que no puede cubrirlo todo.

Gráfico que ofrece una visión general de la trayectoria típica de un misil balístico en comparación con otros misiles y modelos hipersónicos de planeo impulsado

El fallo estructural. El éxito de esta táctica radica en explotar una limitación fundamental: los sistemas como David’s Sling o incluso el Iron Dome están optimizados para interceptar antes de la dispersión, no después. 

Si el misil no es destruido en fases altas (especialmente en la fase media fuera de la atmósfera), la ventana de oportunidad se cierra rápidamente. Una vez liberadas las submuniciones, interceptarlas individualmente es, en la práctica, inviable incluso para las redes defensivas más avanzadas del mundo.

El coste invisible. Más allá del impacto físico, la estrategia iraní introduce un problema económico y logístico. Interceptar un misil ya es de por sí muy costoso, e intentar neutralizar decenas de submuniciones lo es mucho más, hasta el punto de que el intercambio deja de tener sentido para el defensor. 

Cada ataque obliga a gastar interceptores caros y limitados frente a amenazas mucho más baratas, erosionando progresivamente los arsenales. Así, incluso cuando la mayoría de los ataques son interceptados, el simple hecho de obligar a defenderse ya cumple un objetivo estratégico.

Menos misiles, más efecto. Paradójicamente, Irán no necesita lanzar grandes salvas para mantener la presión. La razón: su doctrina actual apunta a combinar volúmenes moderados con efectos amplificados, apoyándose en lanzadores móviles difíciles de localizar y en una estructura de mando descentralizada diseñada para sobrevivir a bombardeos intensivos. 

Esto permite sostener ataques constantes, aunque sean pocos, pero con capacidad de impactar objetivos concretos y mantener activas las defensas israelíes de forma continua, obligándolas a reaccionar una y otra vez.

Un anticipo de la guerra que viene. Como hemos estado viendo en Ucrania y desde el comienzo de la guerra en Oriente Medio, lo que está ocurriendo con los misiles de Irán no es solo una adaptación táctica, sino un adelanto de cómo pueden evolucionar los conflictos de alta intensidad. 

Convertir un solo sistema en múltiples amenazas, saturar defensas avanzadas y desgastar al adversario sin necesidad de superioridad numérica redefine el equilibrio entre ataque y defensa. Y si esta lógica se extiende (y todo indica que otros actores la están observando de cerca), los sistemas antimisiles actuales podrían enfrentarse a un desafío para el que no fueron concebidos: no detener misiles, sino detener auténticas tormentas de explosivos.

Imagen | Yoav Keren

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