Durante años, los restaurantes abrazaron los móviles en la mesa. Ahora una idea está ganando fuerza: son los nuevos cigarrillos

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O cómo la nueva extravagancia es simplemente hablar

Miguel Jorge

Editor

Durante años, sacar el móvil en un restaurante pasó de ser una rareza a formar parte del propio ritual de comer fuera: fotografiar el plato, responder un mensaje, mirar Instagram o grabar un vídeo antes de coger el tenedor. Ahora empieza a producirse el movimiento contrario. Cada vez más bares y restaurantes están experimentando con prohibiciones, fundas bloqueadas, cajas, pegatinas sobre las cámaras e incluso recompensas para quien guarde el teléfono. Detrás hay una idea provocadora que empieza a ganar fuerza: los móviles se están convirtiendo en los nuevos cigarrillos de los restaurantes.

De fumar en la mesa a iluminarla con una pantalla. La comparación no pretende equiparar los efectos sanitarios del tabaco y los móviles, sino señalar un cambio en las normas sociales. Porque hubo una época en la que encender un cigarrillo durante una comida era completamente normal. Hoy resulta difícil imaginar un restaurante lleno de humo. 

Con los teléfonos podría estar comenzando una transformación parecida: han pasado de ser una presencia aceptada a convertirse, para algunos clientes y restauradores, en una intrusión que afecta también a quienes están alrededor. Ya no es únicamente mirar discretamente un mensaje: son videollamadas, TikTok, notificaciones, cámaras, focos para grabar contenido y pantallas encendidas continuamente en espacios concebidos originalmente para comer y conversar.

El gran giro: empezaron los restaurantes. Sï, porque la paradoja es que la hostelería pasó años abriéndole la puerta a los teléfonos. Muchos restaurantes que inicialmente recelaban de las fotografías terminaron aceptándolas porque cada plato publicado en Instagram podía convertirse en publicidad gratuita, mientras los códigos QR introducidos durante la pandemia terminaron de colocar la pantalla en el centro de la experiencia. 

Sin embargo, ahora cada vez son más los establecimientos que consideran que aquella relación ha ido demasiado lejos. Contaba al Guardian el restaurador británico Jeremy King de la “tiranía” de ciertos influencers: luces para grabar, clientes fotografiados sin consentimiento o platos esperando mientras alguien consigue el vídeo perfecto. El problema ya no es que la cámara “coma primero”, sino que el restaurante entero pueda acabar funcionando como escenario para producir contenido.

De pedir que lo guardes a encerrarlo. Contaba el Wall Street Journal que las soluciones muestran hasta qué punto está cambiando la percepción. Antagonist, un bar de Charlotte, entrega a cada cliente una funda Yondr que mantiene su teléfono bloqueado durante unas dos horas. Caterina’s, en Fort Worth, utiliza un sistema parecido, y Trophy Room, en Phoenix, guarda los dispositivos en compartimentos integrados en un antiguo fichero de biblioteca.

Otros prefieren medidas más suaves: The Edge, en Harlem, no ofrece wifi y recibe al cliente con el mensaje “No Wi-Fi. No Screens. Connect With Each Other”, mientras Spy Bar, en Londres, coloca una pegatina sobre la cámara. Incluso existen precedentes bastante más expeditivos: Le Petit Jardin, en Montpellier, Francia, lleva desde 2017 utilizando un silbato y tarjetas de penalización cuando alguien incumple su política antimóviles. En Italia, el “postureo grastronómico” ha llevado al restaurante del Hotel Forentis a obligar a sus comensales a depositar móviles, cámaras y hasta gafas inteligentes en taquillas antes de cruzar a la sala.

Incluso la ciencia lo recomienda. Sí, lo contamos hace unos meses. Son varios los estudios que han encontrado que comer frente a una pantalla del móvil nos distrae de lo verdaderamente importante hasta el punto de que la pantalla es capaz de “hackear” nuestra capacidad de saciarnos.

Es lo que se conoce en la literatura como mindless eating, que se puede traducir como "comer de forma inconsciente". Algo que tiene bastante sentido porque cuando estamos viendo algo que nos interesa, no nos damos ni cuenta de lo que estamos llevándonos a la boca, entrando en modo automático. 

Convencer con vino y helado. No todos quieren convertir al camarero en policía de las pantallas. Al Condominio, en Verona, ofrece una botella de vino a quienes entregan voluntariamente el teléfono durante la comida y asegura que alrededor del 90% acepta el trato. Algunas sucursales de Chick-fil-A han utilizado pequeñas cajas para que las familias guarden sus dispositivos y recompensan con un helado a quienes consiguen terminar la comida sin recuperarlos. 

Sneaky’s Chicken, en Iowa, ha probado descuentos para quienes depositan el móvil en una caja. Son estrategias diferentes para provocar el mismo pequeño experimento: comprobar qué ocurre cuando durante una hora nadie puede escapar de la mesa con un movimiento del pulgar.

Quién acepta el reto. Podría parecer una cruzada contra los hábitos de los más jóvenes, pero algunos datos apuntan precisamente en la dirección contraria. Una encuesta de Talker Research de diciembre de 2025 señalaba que el 63% de la generación Z decía desconectar deliberadamente de sus dispositivos, frente al 57% de los millennials, el 42% de la generación X y el 29% de los baby boomers. 

La tendencia encaja con un interés más amplio por experiencias analógicas y espacios donde estar desconectado sea parte del atractivo. En Caterina’s aseguran incluso que los clientes jóvenes suelen mostrarse más entusiasmados con guardar el teléfono que los mayores de 50 años. El lujo empieza a adquirir así una característica inesperada: durante unas horas, ser completamente inaccesible.

El producto que venden ya no es solo comida. Ahí está probablemente la explicación de por qué algunos restaurantes están dispuestos a arriesgarse a molestar a determinados clientes. Nicosi Dessert Bar, en San Antonio, prohíbe teléfonos y fotografías durante su menú degustación. Gaggan Anand, en Bangkok, plantea la ausencia de pantallas como una manera de intensificar colores, sonidos, texturas y sabores, y Nobelhart & Schmutzig, en Berlín, relaciona su veto a las fotografías con la tradición de los clubes de la ciudad, donde no poder documentarlo todo forma parte de la libertad del lugar. 

La propuesta, por tanto, consiste en sustituir algo que el teléfono proporciona constantemente (un registro digital de lo que hacemos) por algo bastante más difícil de fabricar: un recuerdo.

Cuando lo extravagante es hablar. Los responsables de algunos de estos establecimientos aseguran observar una consecuencia elemental cuando desaparecen las pantallas: la gente vuelve a mirar alrededor. En Caterina’s cuentan que han visto mesas de desconocidos terminar entablando conversación e incluso haciéndose amigos. Clientes de Antagonist describen la experiencia como una desconexión total que les permitió concentrarse en quienes tenían enfrente. 

Por supuesto, no significa que los restaurantes estén a punto de expulsar en masa los móviles, ni que el teléfono vaya a recorrer exactamente el mismo camino social que el cigarrillo. Pero sí revela una inversión llamativa: una donde, después de dos décadas diseñando nuestra vida para estar permanentemente conectados, cada vez más establecimientos han descubierto que pueden vender precisamente lo contrario

Un lugar donde durante un par de horas no haya nada más interesante que las personas sentadas a la mesa.

Imagen | PickPick, PXHere, Jason

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