¿Deberíamos aplazar o cancelar los Juegos Olímpicos de Río 2016 por el virus zika?

"Estoy valorando acudir o no a los Juegos por la amenaza del zika". Pronunciadas por Pau Gasol, el baloncestista más importante de la historia de España y un dos veces medallista en los Juegos Olímpicos, las palabras anteriores han elevado el debate sobre la posible anulación o cancelación del evento, a celebrarse en Río de Janeiro este verano, a otro nivel. ¿Estamos realmente ante la posibilidad de que la competición se cancele o se aplace o es tan sólo una medida de presión por parte de Gasol y algunos otros deportistas para asegurar su seguridad y su salud durante su estancia en Brasil?

Es complicado responder a la anterior pregunta, pero todo apunta a lo improbable del Comité Olímpico Internacional sacrificando su mayor fuente de ingresos por la crisis sanitaria del zika. Sin embargo, la conversación lleva semanas rondando en torno a un posible aplazamiento, cuando no una cancelación, dados las obvios riesgos, tanto de rendimiento como físicos, a los que los atletas se exponen viajando y residiendo durante semanas en uno de los países más afectados por el estallido de la crisis sanitaria. ¿Pero qué posibilidades reales hay de que se produzca la cancelación y qué alternativas habría?

La cancelación, un escenario casi inédito

Pero no del todo. El Comité Olímpico Internacional cuenta con algún que otro precedente en su historia que, sin embargo, por circunstancias excepcionales, encuentra pocos paralelismos con la actual situación de Brasil. Los más evidentes son los Juegos Olímpicos de 1940 y de 1944, tanto los de verano como los de invierno, imposibles de celebrar dado el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Uno más sutil es el de los Juegos Olímpicos de Roma en 1908, cuando la organización se trasladó a Londres tras el estallido del Vesubio en 1906 y la incapacidad de Italia de financiar la puesta en marcha del evento.

Por lo demás, los JJOO siempre se han celebrado allí donde se han otorgado. Desde el punto de vista financiero, además, es improbable que el COI sacrifique su gran escaparate publicitario y su principal fuente de ingresos.

Entonces, ¿se pueden trasladar?

Sí, pero se antoja remoto.

La clase de estructura e instalaciones requeridas en 1908, cuando se disputaron 110 pruebas, no tienen nada que ver con las necesitadas en 2016, cuando tendrán lugar más de 300 eventos. Los Juegos Olímpicos se han convertido en un monstruo financiero que devora los recursos de la ciudad y el estado organizador, y que requieren de tal grado de planificación que sólo una ciudad que los hubiera albergado de forma reciente (Londres, Pekín, ejem, Atenas) estaría en condiciones (apresuradas e improvisadas) de acoger a más de 10.000 atletas (y sus correspondientes delegaciones).

En 1960, un salvaje terremoto, el más devastador registrado hasta ahora, puso en riesgo el Mundial de 1962 en Chile. Se celebró igualmente.

El referente más cercano es el de Colombia en 1974. El país se disponía a celebrar el Mundial de Fútbol de 1986, pero tan sólo cuatro años antes declararon su incapacidad de hacerlo dadas las altas exigencias económicas. En su lugar, la FIFA optó por llevarse los fastos de la Copa del Mundo a México, país que había organizado un legendario Mundial dieciséis años antes. México contaba con la infraestructura (mucho menos exigente que la de unos JJOO), y ni siquiera un grave terremoto alteró el rumbo del evento (tampoco en Chile en 1962).

¿Y qué hay del aplazamiento?

Es la opción menos mala. Pero no está exenta de problemas. El primero: estamos a escasos dos meses del inicio del evento, lo que implica un menor margen para cancelaciones y desplazamientos (500.000 personas asistirán como público a las pruebas), obviando el hecho de que su retraso podría llevarse las competiciones a 2017 o que se alteraría el ciclo de las Olimpiadas (inalterados desde la Segunda Guerra Mundial). El segundo: eso alteraría la preparación de todos los atletas, que han entrenado buscando alcanzar el pico de forma este agosto.

En el hipercientífico deporte moderno, no es una cuestión baladí.

Ok, sería complicado. ¿Tan grave es el zika?

Hay diversidad de opiniones. Por un lado, un centenar de científicos del Centers of Control Disease and Prevention (CDC) ha manifestado de forma frecuente su preocupación por la celebración de los Juegos Olímpicos este verano. En su favor, argumentaban no sólo los letales efectos que el virus puede provocar en las madres embarazadas y en los fetos, sino también las graves consecuencias de su contagio en adultos (como el síndrome de Guillain Barré, un trastorno neurológico en ocasiones fatal). Sin embargo, los síntomas tienden a ser leves.

Sus preocupaciones, de forma paralela, rotan en torno a la posible propagación del virus. Para ellos, los Juegos Olímpicos servirían una oportunidad única para que el zika viajara a todos los rincones del mundo. "Un riesgo innecesario se plantea cuando 500.000 turistas extranjeros procedentes de todos los países asistan a los Juegos, quienes podrían adquirir esa cepa, y volver a casa a lugares en los que puede volverse endémico", explican desde una carta pública.

El problema de fondo es Brasil

No toda la comunidad científica coincide con lo advertido por los científicos del CDC. En The Guardian, Jeremy Farrar, especialista en medicina tropical, indica que el volumen de desplazamientos desde y hacia Río será, en global, demasiado insignificante como para suponer un riesgo de epidemia (aún más) global: "El número de viajeros desde y a Brasil probablemente representará el 0,25% de los viajes mundiales. Eso no presenta un suficiente riesgo de propagación de la enfermedad, en mi opinión". Farrar cree que, además, habría que cancelar otros muchos grandes eventos internacionales (como la Hajj).

Las temperaturas en Brasil, durante el invierno, tienden a ser bajas, especialmente en la parte sur del país. Es una época poco propicia para la propagación de virus a través de mosquitos.

También la Organización Mundial de la Salud ha rechazado la idea del CDC, así como el COI y las propias autoridades brasileñas. Todos los anteriores organismos, sin embargo, tienen interés en celebrar los Juegos, al estar asociados. Las miradas se dirigen hacia Brasil, quizá el verdadero problema de fondo: su sistema sanitario se ha mostrado ineficaz, según los científicos del CDC, en la lucha contra el zika, y el precario equilibrio político del país, además de su necesidad de celebrar los Juegos Olímpicos (su inversión supera los 10.000 millones de euros) provocaría, a su juicio, que todos los riesgos se ignoraran.

Puede que, en realidad, no sea para tanto

Hay demasiado en juego. Pero en última instancia, ni siquiera desde el CDC hay acuerdo. Su director cree que no hay razones objetivas para cancelarlos o aplazarlos. En Vox han recopilado diversas opiniones que rebajan el alarmismo. Los motivos: agosto en Brasil es invierno, temporada más hostil para la proliferación y actividad de mosquitos; Río está lejos del corazón de la epidemia, al noroeste del país; y la mayor parte de turistas y atletas que acudirán a Brasil pasarán la práctica totalidad de su tiempo en recintos y espacios tratados con insecticida para prevenir la propagación del zika.

Así que, a tenor de todo lo anterior, es improbable que, llegado agosto, no estemos pegados a la televisión viendo los Juegos.

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