La Cartuja de Sevilla anunció su muerte. Una taza en un hotel de Jerez y ChatGPT bastaron para salvar 185 años de loza sevillana

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  • Ya cuenta con 30 empleados y aspira a cuadruplicar producción: “Es la primera vez que oigo a un empresario decir que quiere ampliar plantilla”

  • De la Rumasa de Ruiz-Mateos a una heredera croata-chilena: la Cartuja de Sevilla sobrevive a su enésima muerte

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La Cartuja de Sevilla cerró a finales de julio de 2025. Con la luz cortada y sin plantilla, camino de la liquidación definitiva, la empresa decía adiós a dos siglos de actividad ininterrumpida. Llegó a tener 1.200 empleados (bajó a 1.100 en 1899) y 20 hornos que producían varios millones de platos cada semana.

Pero ese cierre “para siempre” ha vivido uno de esos giros de guion de cine noruego: una empresaria chilena, que a su vez era nieta de emigrantes croatas y miembro de la familia más rica del país, se enamoró de la vajilla cartujana cuando se alojó en un hotel de Jerez de la Frontera. Hizo una consulta con ChatGPT y voilá: hizo las maletas, voló a Sevilla, se asoció con una refinería de Huelva y compró la empresa por 225.000 euros apenas dos meses después. 

“ChatGPT, ¿quén hace esto?”. Relatan las hermanas Gabriela y Paola Luksic en varias entrevistas que el detonante fue una taza. La pieza le llamó tanto la atención que, al volver a Chile, buscó la marca en internet y descubrió que estaba en liquidación. Para entender mejor el proceso artesanal, pidió a la IA que le explicara cómo se fabricaba, ChatGPT le detalló el proceso de 3 y hasta 4 cocciones y el valor patrimonial de la marca.

No es sevillana. Antes de nada, un dato: lleva el nombre, pero La Cartuja de Sevilla nació en 1841 cuando Charles Pickman, comerciante inglés que traía loza de Reino Unido a Cádiz, decidió esquivar los aranceles españoles montando su propia fábrica en el monasterio de la Cartuja de Santa María de las Cuevas.

Lo consiguió gracias a la desamortización de Mendizábal, aquel proceso político y económico en España (1835-1837) que expropió y vendió en subasta pública bienes hasta entonces propiedad de la Iglesia católica. De ahí sus característicos hornos con forma de botella, todavía en pie junto al Guadalquivir. La fábrica se erigió como sinónimo de vajilla burguesa española. La loza de motivos florales en torno a un comedor de domingo, en rosa 202.

El declive. El primer golpe a la marca llegó con la expropiación del imperio Rumasa por el Gobierno de Felipe González mediante el Real Decreto-ley 2/1983, tras un escándalo financiero de José María Ruiz-Mateos. Ya en manos privadas de la familia Zapata a través de Ultraalta SL, la empresa encadenó concursos de acreedores durante más de un lustro y recibió ayudas públicas ligadas a la trama de los ERE andaluces.

El origen real del colapso, sin embargo, fue un litigio con la Seguridad Social: en 2019 el organismo le derivó una deuda heredada de 6 millones de euros que provocó una "insolvencia en diferido" y forzó el concurso de acreedores. El Supremo le dio la razón en 2023, pero para entonces el confinamiento por la pandemia y la crisis energética ya arrasaban con miles de hoteles y restaurantes, cliente clave. 

En julio de 2025, el Juzgado Mercantil levantó el concurso, pero Hacienda (800.000 euros de deuda) y la Seguridad Social (medio millón) se opusieron; sin el "escudo" del concurso, Hacienda embargó las cuentas y Ultralta pidió la liquidación en octubre.

La venta se complicó porque la Seguridad Social tardó 30 días en desglosar la deuda por trabajador —dato clave para calcular el coste de subrogar la plantilla— frente a un ERTE que vencía el 15 de diciembre; la jueza Ana Marín forzó a la Inspección de Trabajo a entregarlo en 3 días. En paralelo, La Cartuja Pickman demandó al Estado ante la Audiencia Nacional por 2,08 millones, alegando que fue la propia Seguridad Social la causante de la quiebra; el recurso fue admitido y sigue abierto. En septiembre de 2025 llegó el embargo definitivo y los 21.000 metros cuadrados de fábrica parecían condenados a la liquidación.

Salvados por la campana. Lo que permitió el rescate no fue una subvención sino la venta de unidad productiva, la figura de la Ley Concursal (artículo 224 y siguientes del TRLC) que permite a un juzgado mercantil transmitir un negocio en marcha —es decir, toda la maquinaria, marca, contratos, parte de la plantilla y demás— a un comprador que asuma pasivo a cambio de librarse de deudas anteriores. A cambio se evitan despidos masivos; todos ganan.

Fue exactamente esa vía la que empleó el Juzgado Mercantil número 3 de Sevilla: la operación de compra, formalizada por 225.000 euros pero con un coste real cercano a los 2 millones (al asumir las deudas), obligó a mantener a 30 de los 36 trabajadores. Gabriela Luksic y su hermana Paola se quedaron con el 80% de la empresa; el matrimonio Mar Madrid y Javier Targhetta, el 20% restante.

Las cosas vuelven a casa. Cada pieza sigue partiendo de los mismos materiales de elaboración (cuarzo, caolín, feldespato, sílice, arcilla y arena) y sigue siendo artesanal en todas sus fases: 24 horas en hornos de más de 1.100 grados con capacidad para 3.500 unidades; luego son revisadas una a una por operarias que lijan imperfecciones con piedra, aspiran el polvo y retocan con tinta como si fueran miniaturas.

Y nada de IA: los estampados se aplican como calcomanías sobre vidrio antes de un segundo horneado de 7 horas que fija los diseños para siempre. El barnizado final corre a cargo de trabajadores que han heredado el oficio de sus madres. La primera hornada bajo los nuevos dueños, en mayo de 2026, recuperó los tres modelos más icónicos —rosa, negro y azul Ceilán— junto a 12 diseños más, como ‘Geórgica’, inspirada en los Kennedy y firmada por la ilustradora Carmen García Huerta. El plan es cuadruplicar la producción para finales de 2027 manteniendo 4 canales de venta: grandes almacenes, pequeño comercio, hostelería y online.

Vajillas que resucitan. La "indestructible" Duralex, la cristalería francesa fundada en 1945, entró en concurso en abril de 2024, cuando  e dispararon los precios de la energía. ¿Qué pasó? Sus trabajadores formaron una cooperativa en seis meses y, cuando el plan de viabilidad necesitó capital, lanzaron un crowdfunding que captó 19 millones de euros en apenas 24 horas, con más de 21.000 inversores particulares aportando una media de 900 euros. El ayuntamiento de Orleans puso otros 6 millones comprando el terreno.

Sargadelos, cerámica gallega fundada en 1806 y refundada en 1968 por los intelectuales Isaac Díaz Pardo y Luis Seoane, presentó concurso en 2014 con 7 millones de deuda; hoy factura 15 millones, está saneada, reabrió en Madrid y exporta a Perú, Panamá y Emiratos Árabes Unidos. Pontesa, la loza vasca que dio empleo y emancipación económica a cientos de mujeres desde 1961, no tuvo tanta suerte: cerró en 2001 y sus antiguas trabajadoras todavía litigan por indemnizaciones impagadas.

Amor a primer sorbo. El presidente de Atlantic Cooper, Javier Targhetta y su esposa, Mar Madrid, van a por todas y no pararán "hasta conseguir que La Cartuja Pickman sea un referente nacional e internacional". Cualquiera recuerda que hace un año que cerraron. Prevé cuadruplicar la producción para finales de 2027 manteniendo los 27 modelos de vajilla. Lo que llamó la atención de los operarios de la Cartuja no fue el dinero, sino el gesto. 

Andrés Vázquez, con 21 años de antigüedad en su puesto, lo resume así: “Nunca antes había escuchado a un empresario decir que quería ampliar la plantilla, y ya ha visto entrar a cinco personas nuevas”. En la web de outlets, las vajillas descatalogadas de la Cartuja siguen vendiéndose a partir de 50 euros, último rastro visible que estuvo a punto de desaparecer. Tengo una por casa y una vez me planteé ponerla en Wallapop. Solo hace falta observar ese característico pigmento que ni es rosa ni salmón para saber que este ajuar es un tesoro.

Imágenes | Pexels (1, editada y 2)

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