
Hoy, con ciudades cada vez más castigadas por las olas de calor, muchas de las soluciones que defendía Fathy vuelven a ocupar el centro del debate arquitectónico
El calor no solo te hace sudar: también cambia tu forma de pensar, dormir y hasta relacionarte. Durante décadas hemos respondido a ese problema llenando las casas de aire acondicionado. Sin embargo, mucho antes de que esa fuera la solución, un arquitecto egipcio llegó a una conclusión muy distinta: si el calor altera nuestro bienestar, quizá lo primero que haya que cambiar no sea la máquina, sino el edificio.
Así nació una arquitectura que parecía "sudar" para mantenerse fresca.
El “gran” descubrimiento. La vida de Hassan Fathy cambió en 1941 durante una visita a un pequeño pueblo nubio del Alto Nilo. Allí encontró algo que la arquitectura moderna había olvidado: viviendas levantadas con barro que parecían surgir del propio paisaje y mantenían una temperatura agradable incluso bajo el abrasador sol egipcio.
Mientras el resto del mundo asociaba progreso con hormigón, acero y cristal, Fathy empezó a preguntarse por qué aquellas humildes construcciones conseguían convivir con el clima mucho mejor que los edificios modernos.
El calor es un problema psicológico. Fathy entendió algo que hoy la ciencia relaciona con las olas de calor: una vivienda incómoda no solo consume más energía, también afecta al descanso, al humor y a la calidad de vida. Su obsesión nunca fue construir edificios espectaculares, sino espacios donde el propio aire trabajara a favor de quienes vivían dentro.
Para lograrlo recuperó siglos de conocimiento olvidado: patios interiores, calles estrechas, celosías, gruesos muros de adobe y sistemas capaces de mover el aire de forma natural sin necesidad de motores.
Edificios que parecen sudar. Uno de los elementos más llamativos de sus diseños eran los captadores de viento y los sistemas de refrigeración evaporativa. En algunos edificios orientaba cuidadosamente las viviendas respecto al sol y a los vientos dominantes para conducir el aire hacia el interior.
En otros hacía pasar esa corriente sobre carbón húmedo o superficies mojadas, provocando un enfriamiento por evaporación muy parecido al sudor humano. Igual que nuestro cuerpo utiliza el agua para disipar calor, la arquitectura de Fathy empleaba barro, humedad y circulación de aire para reducir la temperatura interior sin gastar electricidad.
Lo moderno toma otro camino. Mientras Fathy defendía el barro, el adobe y las soluciones locales, gran parte de Oriente Medio comenzó a copiar modelos occidentales pensados para climas muy diferentes. Desde Bagdad hasta Bengasi aparecieron grandes bloques de hormigón, amplias avenidas y fachadas de cristal que eliminaban la sombra y atrapaban el calor.
Para Fathy aquello era un error de concepto: no tenía sentido construir edificios que primero generaban un problema térmico para después resolverlo instalando aire acondicionado.
El mejor ejemplo: una ciudad entera. Así llegamos a lo que fue su gran laboratorio: Nueva Gourna, un pueblo levantado cerca de Luxor durante la década de 1940 para realojar a cientos de familias. Allí aplicó todas sus ideas: casas de adobe, patios privados, calles sinuosas, bóvedas nubias, captadores de viento y espacios diseñados según el recorrido del sol durante el año.
Su objetivo no era solo abaratar la vivienda para los más pobres, sino demostrar que era posible construir comunidades enteras adaptadas al clima y no al revés.
El problema nunca fue la arquitectura. Nueva Gourna terminó convirtiéndose en una de las grandes paradojas del siglo XX. Muchos vecinos taparon los captadores de viento, cerraron los patios y sustituyeron las bóvedas de adobe por hormigón armado porque aquello les parecía “más moderno”.
El resultado fue exactamente el contrario al que buscaban: viviendas más calurosas en verano, más frías en invierno y mucho más dependientes de sistemas mecánicos. Fathy lo había anticipado años antes: cuando la prosperidad llega, los pobres tienden a imitar las casas de los ricos, aunque esas casas funcionen peor en su propio clima.
El hombre que se adelantó a su tiempo. Mientras sus colegas levantaban rascacielos de cristal inspirados por Occidente, Fathy era visto en Egipto poco menos que como un excéntrico empeñado en devolver al país al pasado. Sin embargo, fuera de sus fronteras empezó a ganar reconocimiento como pionero de la arquitectura sostenible y recibió algunos de los mayores premios internacionales de la profesión.
Con el paso del tiempo, sus ideas terminaron influyendo en universidades, organismos internacionales y generaciones enteras de arquitectos interesados en la construcción bioclimática.
Las respuestas de hace 80 años. Hoy, con ciudades cada vez más castigadas por las olas de calor, muchas de las soluciones que defendía el bueno de Hassan Fathy vuelven a ocupar el centro del debate arquitectónico. Materiales naturales, ventilación pasiva, patios, celosías o captadores de viento reaparecen en proyectos que buscan reducir el consumo energético sin renunciar al confort.
Incluso la UNESCO trabaja para restaurar parte de Nueva Gourna y preservar su legado. No porque represente una curiosidad histórica, sino porque encierra una idea sorprendentemente vigente: quizá el edificio más inteligente no sea el que incorpora más tecnología, sino el que consigue que el calor nunca llegue a convertirse en un enemigo.
Imagen | Nasrollah koohkan, Dimitri Papadimos, Marc Ryckaert, Marc Ryckaert
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