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Alguien ha calculado si realmente compensa invertir dinero público en los estadios deportivos. Y la respuesta es casi nunca

Vienna Reyes Qcrktet 09o Unsplash

Dos economistas de EEUU han respondido a la pregunta del millón: ¿Se recupera la inversión pública?

Carlos Prego

Editor - Magnet

Semana sí, semana también, el fútbol obra un milagro: llena estadios con miles de aficionados que quieren apoyar a su equipo. Durante la temporada 2025/26, los campos en los que se disputan los partidos de la máxima categoría del fútbol español recibieron 11,7 millones de espectadores. Con semejantes datos los clubs suelen reivindicar que son motores económicos que benefician a las ciudades, atraen visitantes, dinamizan el comercio, llenan bares y hoteles… Un argumento valioso cuando se pide a un organismo público que financie obras en estadios o facilite los terrenos y accesos.

La pregunta es… ¿De verdad sale rentable dedicar recursos públicos a los estadios? En EEUU un grupo de economistas ha hecho cuentas y sus conclusiones resultan demoledoras.

Sacando la calculadora. Abigail Hall y Aaron D. Wood tienen tres cosas en común: ambos son profesores de Economía en la Universidad de Tampa, ambos pagan sus impuestos religiosamente y ambos son aficionados al deporte. Hace poco decidieron unir esas tres facetas y hacerse una pregunta espinosa: ¿Sale a cuenta que los organismos públicos pongan dinero para estadios? Cada vez que un club profesional llama a la puerta de un ayuntamiento pidiendo fondos para mejorar sus campos, ¿está justificado que se abran las arcas alimentadas con impuestos? ¿Se recupera esa inversión?

Tras echar cuentas y repasar algunos papers recientes sobre el tema, Hall y Wood plasmaron sus conclusiones en un artículo publicado en The Conversation. Su titular (desafiante) es casi un espóiler: "Las ciudades siguen destinando dinero de los contribuyentes a los estadios deportivos, aunque económicamente casi nunca es sensato".

Un porcentaje para reflexionar: 73%. El trabajo de Hall y Wood parte de una premisa que sorprenderá a pocos: construir estadios no es barato. El SoFi Stadium de Los Ángeles costó unos 6.750 millones de dólares y se calcula que la nueva catedral de los Washington Commanders requerirá unos 4.000 millones. Lo que sí resulta llamativo es que, al menos en EEUU, gran parte de ese dinero sale de los impuestos. A pesar de que la NFL, la MLB y NBA ingresan miles de millones de dólares cada año, los economistas calculan que el Estado ha sido el gran mecenas de los campos desde los años 70.

"Es raro que las ligas o franquicias que obtienen grandes ganancias de sus equipos cubran el coste total de la construcción de nuevas instalaciones. De hecho, la mayoría de los nuevos estadios deportivos reciben financiación de los gobiernos estatales o locales […]. Entre 1970 y 2020, los contribuyentes de EEUU y Canadá aportaron unos 33.000 millones de dólares para la construcción de estadios deportivos, aproximadamente el 73% del coste total".

Es mucho dinero, ¿no? Depende de cómo se mire. Cuando buscan respaldo de las instituciones, clubs, franquicias y ligas suelen alegar que los estadios son motores económicos: atraen visitantes de otros lugares, dinamizan el comercio y la hostelería, aumentan los ingresos fiscales y revalorizan las propiedades que están en los alrededores. Tan rotundos suenan esos argumentos que no es extraño que las franquicias amenacen con mudarse de ciudad si no reciben la respuesta que buscan, algo que hemos visto también en España.

El peso social y cultural del deporte y sus valores son incuestionables, pero a la vista de lo anterior vale la pena hacerse una pregunta: ¿Realmente se rentabilizan las inversiones públicas en estadios, sobre todo cuando hablamos de ligas profesionales que mueven millones de dólares y en casos en los que la administración asume el coste de las obras? Es la pregunta que se han planteado Hall y Wood.

UN VISTAZO A...

"Casi nunca se recupera". Esa es la conclusión que dejan botando ambos profesores. Más allá de los beneficios económicos prometidos por los clubs, "la historia demuestra que el sector público casi nunca recupera la subvención inicial". Para afirmarlo se apoyan en un estudio de 2023 que, tras analizar el impacto económico de los estadios durante cuatro décadas, determina que los beneficios económicos para los contribuyentes son "escasos o nulos".

"El auge económico prometido nunca parece materializarse. Los estadios no han tenido un impacto sistemático en la apertura de nuevos negocios. Y, en cuanto al valor de las propiedades, las evidencias son, como mucho, dispares. Algunos investigadores no han encontrado ningún efecto en absoluto, mientras que otros han concluido que el valor de las propiedades alrededor de los estadios aumentó, pero solo después de que los equipos se marcharan", subrayan.

Pero… ¿Y los visitantes y el comercio? Un buen partido puede atraer aficionados de otras ciudades o incluso países, pero Hall y Wood relativizan su impacto a nivel económico. Para empezar porque las personas que habitualmente  vemos gastarse dinero en los estadios, razonan, no suelen ser visitantes de fuera que inyectan capital en la economía local, sino residentes que "redistribuyen su presupuesto de ocio".

¿Se gastan dinero antes, durante y después del partido? Sí, pero no son euros extra inyectados en la hostelería, sino bebidas o comida que probablemente dejarán de comprar en otro momento. Hoy vas al estadio a ver un partido; mañana lo compensas comiendo en casa en vez de ir a un restaurante.

A eso se añaden otros hándicaps. Durante los días de partido, los vecinos y negocios situados cerca de los estadios sufren congestiones de tráfico, mayor contaminación e incluso un aumento de la delincuencia. En cuanto a si se revalorizan o no las propiedades situadas cerca de los campos, Hall y Wood recuerdan que las investigaciones sobre el tema están lejos de ser concluyentes: algunas no perciben efecto alguno, otras muestran que sí hay un aumento de valor, pero irónicamente solo cuando los clubs hacen las maletas y se marchan.

Ni más empleo ni más impuestos. En su artículo los profesores de la Universidad de Tampa citan otros papers que cuestionan que los estadios deportivos tengan un impacto significativo en la creación de empleo, la apertura de nuevos negocios o que a la larga aumenten el flujo de ingresos fiscales en las ciudades en las que se edifican. "La experiencia muestra que los nuevos recintos no han proporcionado a los responsables políticos presupuestos más amplios", zanjan los economistas antes de citar un caso concreto: el Truist Park de Atlanta y el traslado de los Atlanta Braves hace nueve años.

"Si bien el condado donde se ubica el estadio de béisbol experimentó un pequeño aumento en los ingresos fiscales el año posterior a su inauguración, también se registró un incremento similar en los condados circundantes". Antes de concluir, Hall y Wood dejan un mensaje más: la vida útil de un estadio profesional ronda los 30 años, así que no es descabellado pensar que EEUU se encamine a "una oleada de construcciones" en los próximos años para renovar o jubilar las instalaciones levantadas en la década de los 90.

¿Es aplicable a España? En España la foto es compleja. Hay estadios renovados con presupuestos millonarios que se financian gracias a inversores privados, otros en los que se utiliza una fórmula mixta, que combina fondos públicos y privados, y casos en los que casi todo el dinero que se destina a las instalaciones es público. Esto último es frecuente en el caso de los estadios municipales, como Balaídos. En cualquier caso, más allá del dinero dedicado a reformas u obras, no es extraño que las administraciones se vean afectadas por otros aspectos que sí requieren implicación pública, como los accesos o los terrenos.

Imágenes | Vienna Reyes (Unsplash) y Wikipedia

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