Doñana tiene un problema y los cazadores más expertos la solución: un viejo truco para saber a qué hora de la noche aparecen los jabalíes

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Porque gestionar la fauna requiere decisiones prácticas además de principios de conservación

Miguel Jorge

Editor

En la Edad Media, seguir el rastro de un jabalí era una habilidad tan valiosa que algunos nobles dedicaban días enteros a interpretar huellas, barro removido y señales casi invisibles para averiguar dónde había pasado la noche el animal. De hecho, las grandes cacerías de jabalí dependían mucho más de leer el terreno que de la fuerza o las armas, una tradición que sobrevivió durante siglos incluso después de la aparición de tecnologías más avanzadas. 

El truco que usaban los cazadores de antaño. Mucho antes de que existieran las cámaras trampa o los drones, los cazadores recurrían a soluciones tan simples como ingeniosas para averiguar a qué hora aparecían los jabalíes. Uno de los métodos más curiosos consistía en conectar un reloj despertador a un sedal colocado junto a un cebadero. 

Cuando el animal movía una piedra o rozaba la línea mientras comía, la pila saltaba y el reloj se detenía, dejando registrada la hora exacta de la visita. El sistema tenía limitaciones y podía fallar por la lluvia, otros animales o simples errores mecánicos, pero refleja hasta qué punto conocer los hábitos del jabalí siempre ha sido una información valiosa para quienes convivían con esta especie.

Un animal muy adaptable. La obsesión por entender al jabalí tiene una explicación sencilla: se trata de uno de los mamíferos más adaptables de Europa. Su dieta variada, su inteligencia y su elevada capacidad reproductiva le permiten prosperar en bosques, cultivos, marismas e incluso entornos cercanos a las ciudades. 

Esa facilidad para aprovechar cualquier recurso disponible ha impulsado el crecimiento de sus poblaciones durante las últimas décadas y ha convertido a la especie en un desafío constante para gestores de fauna, agricultores, conservacionistas y cazadores.

Cuando desaparece el control poblacional. El aumento de ejemplares resulta especialmente visible en algunos espacios protegidos donde la actividad cinegética fue eliminada o reducida de forma significativa. La prohibición de la caza en parques nacionales fue presentada como una victoria para la conservación, pero el paso del tiempo ha puesto de manifiesto que la ausencia de mecanismos de regulación también puede generar problemas

El debate, por tanto, ya no gira únicamente en torno a la protección de los animales, sino sobre cómo evitar que una especie especialmente exitosa altere el equilibrio del ecosistema.

La alarma en Doñana. El caso más llamativo se está produciendo en el Parque Nacional de Doñana en España. Organizaciones como Ecologistas en Acción y SEO/BirdLife han alertado de que la depredación de nidos por parte de los jabalíes está afectando al éxito reproductor de especies protegidas como el morito común y la garza imperial. 

La situación resulta especialmente llamativa porque algunos de los colectivos que defendieron la eliminación de la caza en estos espacios son ahora quienes advierten de los efectos de una población de jabalíes cada vez más abundante.

Sin nidos y especies amenazadas. Los daños no afectan únicamente a esas aves. En diversas zonas de la marisma, los jabalíes han accedido a colonias de cría y han destruido huevos y pollos de especies como la gaviota picofina, la cigüeñuela, el fumarel cariblanco o la canastera. 

La capacidad del jabalí para localizar alimento y aprovechar cualquier oportunidad convierte estas áreas de nidificación en objetivos especialmente vulnerables. Las imágenes de colonias gravemente dañadas han reabierto un debate que parecía cerrado sobre cómo gestionar determinadas poblaciones de fauna salvaje.

La naturaleza no entiende de ideologías. Más allá de las acusaciones cruzadas entre conservacionistas y representantes del mundo cinegético, el episodio de Doñana ha puesto sobre la mesa una cuestión incómoda: gestionar la fauna requiere decisiones prácticas además de principios de conservación. De ahí que el viejo despertador conectado a un sedal simbolizaba el esfuerzo por comprender a un animal difícil de observar. 

Hoy las herramientas son mucho más sofisticadas, pero el desafío sigue siendo el mismo. Cuanto mejor se conoce al jabalí, más evidente resulta que su extraordinaria capacidad para prosperar puede convertirse en un problema cuando desaparecen los mecanismos capaces de mantener el equilibrio con el resto del ecosistema.

Imagen | PXHere, Richard Bartz

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