Aquella vez en que los hongos salvaron el mundo

Esta es una historia antigua, primitiva. De una Tierra que ya había sufrido muchos apocalipsis y que se encaminaba, lenta pero decididamente, hacia otro colapso glacial. Una Tierra de aire denso, donde el dióxido de carbono estaba desaparecido y el oxígeno alcanzaba cotas tan altas que son difíciles de imaginar.

Donde los ciempiés de dos metros y medio arrastraban sus cuerpos sin preocupaciones y donde las libélulas de 75 centímetros surcaban los cielos de medio planeta. Pero, sobre todo, una Tierra donde reinaba la madera. Un reinado tiránico que empujaba el mundo hacia la cuarta glaciación. Como explicaba Andrew Tomes, así fue como los hongos salvaron el mundo.

En las profundidades de la selva primigenia

Va a sonar raro, pero donde se ponga la paleobiología, que se quiten Juego de Tronos, Star Trek o la Guerra de las Galaxias. La historia de la vida es una historia de ingenio, traición y perseverancia con giros dramáticos que si fueran parte de un guión los descartaríamos por poco creíbles. Hace unos 430 millones de años, las plantas empezaron a desarrollar vasos alzándose sobre las estructuras de celulosa.

Fue una innovación de las que hacen historia. Hoy por hoy, es el polímero orgánico más abundante del planeta. Fácil de hacer, barata y muy estable: la celulosa permitía construir estructuras los suficientemente rígidas, pero lo suficientemente flexibles como para levantar plantas de un tamaño descomunal. No era raro encontrar plantas de más de 30 metros de altura.

El gran problema era que la celulosa es una biomolécula compuesta por βglucosas. Cuando se empezó a sintetizar, era relativamente segura, pero no hay estructura de glucosa que le aguante varios asaltos a la presión evolutiva. Aunque las líneas animales nunca desarrollaron enzimas para descomponer la celulosa, muchas bacterias, protozoarios y hongos sí lo hicieron.

Los rumiantes, por ejemplo, basan su alimentación en que la microbiota del rumen (uno de sus cuatro sacos digestivos) fermenta y degrada el material vegetal, así, pueden alimentarse. En la época de la que hablamos no había rumiantes, claro, pero las primeras grandes plantas arborescentes vieron como su situación se comprometía por la emergencia de microbios a los que les pirraba la celulosa.

Cuando no se puede hacer leña del árbol caído

Y, fue justo ahí, en los albores del periodo carbonífero, cuando las plantas se sacaron de la manga la lignina. Las estructuras basadas en este polímero eran más duras, más rígidas y más complejas que las que solo usaban celulosa. Pero, sobre todo, estaban basadas en el fenol.

O lo que es lo mismo, la "única forma" de extraer su poder energético es prendiéndole fuego y los seres vivos del carbonífero no tenían mecheros a mano. No había quien digiriera aquello y, por eso mismo, la madera se convirtió en algo inexpugnable.

Las plantas leñosas se hicieron tremendamente exitosas y, sin "depredadores", fueron conquistando cada centímetro de Tierra fértil que había. Nunca se ha fijado carbono como se fijó en aquella época y eso se volvió un problema. Como esa madera no era biodegradable, "polución maderera" (un concepto de Tomes que me encanta) empezó a reducir los niveles de CO2 en la atmósfera hasta límites nunca vistos. Con ello, vino la bajada de temperaturas.

El ciclo de retroalimentación había comenzado: la escasez de dióxido de carbono hacía que bajaran las temperaturas y las temperaturas bajas estrangulaban la biodiversidad ralentizando la emergencia del maderóvoro prometido. Una jugada perfecta. O casi.

Un héroe llamado Agaricomycetes

Porque tras 40 millones de años de reinado, un pequeño hongo llamado Agaricomycetes aprendió que, en lugar de digerir la lignina, lo mejor era utilizar ciertas enzimas para "bombardear la madera con oxígeno" hasta que liberara la celulosa.

Como dice Tomes, esa fue la única vez en los últimos 300 millones de años en que un ser vivo aprendió a descomponer la madera. Todos los hongos que pueden hacerlo hoy por hoy, derivan del Agaricomycetes. Sin él, el reinado de la madera quizás nunca hubiera llegado a su fin y, quién sabe, hoy el mundo estaría lleno de ciempiés gigantes a punto de celebrar Navidad. No todo serían malas noticias, claro: con 100 pies teclear sería más fácil.

Vía | Feed the data monster

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