
Y va a tener (mucha) ayuda del gigante financiero japonés SoftBank
El país galo ha dado todo un puñetazo en la mesa en su ambición para convertirse en referente tecnológico en Europa. El acuerdo alcanzado entre Emmanuel Macron y Masayoshi Son (CEO de SoftBank) tiene como objetivo desplegar hasta 5 GW de capacidad de cómputo para centros de datos de IA en el norte de Francia. Este movimiento compite con todos los proyectos que están en marcha en España, uno de los países que hasta ahora habían atraído mayor interés de los hiperescaladores. El problema es que ni Francia ni España ganarán demasiado con estas iniciativas.
Contraataque nuclear. Francia ha aprovechado su red energética —con protagonismo claro de sus centrales nucleares— para atraer proyectos de supercomputación de IA. El proyecto de SoftBank arrancará en la región de Hauts-de-France con una fase inicial de 45.000 millones de euros para lograr construir centros de datos en regiones como Dunkerque. En esa primera fase se quiere lograr que la capacidad total ascienda a 3,1 GW en 2031, seguida por una segunda fase que podría llegar a los 5 GW.
España, paraíso de centros de datos. Frente a ese movimiento francés, España lleva meses cerrando acuerdos en ese mismo ámbito. Suma más de 22.000 millones de euros en proyectos anunciados recientemente. Gigantes como AWS (15.700 millones en Aragón), Microsoft (más de 7.000 millones) y Blackstone han elegido nuestro país para crear esos centros de datos. La ventaja española es su producción de energías renovables, que ha atraído ese tipo de inversiones.
La cruda realidad: Europa (probablemente) sale perdiendo. Aunque tanto este anuncio como los realizados en España son muy llamativos, la realidad para el Viejo Continente es bastante cruda. Los centros de datos en España no son españoles, y los de Francia tampoco son franceses. Europa se está convirtiendo en la central eléctrica de multinacionales extranjeras que invierten aquí porque les conviene estratégicamente. Los recursos energéticos les vienen fenomenal a Microsoft, Amazon, Meta o Softbank, pero el beneficio real de esa computación no se queda en Europa.
Las cuentas. Existe una diferencia clara entre las estrategias de España y de Francia. El suelo español se llena de hiperescaladores como AWS o Microsoft que construyen, operan sus propias nubes y luego controlan el flujo totalmente. En el caso de Francia la iniciativa depende de un conglomerado japonés aliado con fondos soberanos de Oriente Medio. SoftBank opera aquí más bien como una promotoraa inmobiliaria: crea el centro de datos para luego alquilárselo a terceros.
Soberanía, poca. Emmanuel Macron y Pedro Sánchez pueden vender el mensaje de que estos proyectos favorecen esa ambición por contar con una IA soberana. El problema es que esos centros de datos simplemente son delegaciones de las grandes tecnológicas aprovechando las ventajas que ofrecen sus socios europeos. Puede que en el proyecto francés haya opciones para que el país pueda impulsar sus empresas de IA —Mistral es el claro ejemplo—, pero lo cierto es que estos movimientos favorecen poco ese objetivo de evitar la independencia de tecnológicas extranjeras. Más bien empeoran la situación.
Los otros rivales europeos. Los mecados tecnológicos tradicionales de Europa, agrupados bajo las siglas FLAP-D (Fráncfort, Londres, Ámsterdam, París y Dubín) están dejando paso a proyectos en otros países como Francia o España. Hay también otros protagonistas en este nuevo mapa de infraestructuras descentralizadas: los países nórdicos también son interesantes por sus climas fríos, ideales para ayudar en la refrigeración de estos centros.
El verdadero cuello de botella. Más allá de los miles de millones de euros que hay sobre la mesa, la gran batalla en los próximos años será el acceso a los componentes hardware, sobre todo ahora que la crisis de las memorias lo ha encarecido todo de forma notable. La demanda supera con creces a la oferta y no parece que ese desequilibrio vaya a resolverse pronto, por lo que todas estas inicitivas podrían sufrir retrasos y cambios en sus costes finales.
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