Turquía ha prohibido a sus niños pintar arcoiris contra el covid. Podrían ser propaganda LGTBI

Este mismo fin de semana comentábamos cómo en algunos países la mera utilización de la protección individual contra el coronavirus se ha politizado. De alguna forma llevar mascarilla se ha convertido en un símbolo de opresión al individuo frente al bien común, es decir, una medida socialista frente al libertarismo. Hoy nos topamos con otro caso de llamativa politización covid: la censura de los símbolos que se asocian a la comunidad LGTBI.

Amarillo, verde, cian, sonrisas: el Museo de Arte Moderno de Estambul propuso a los colegios una iniciativa para que los más pequeños se animasen y no se dejasen arrastrar por la negatividad latente en estos tiempos: pintar arcoíris con algún mensaje, como que “todo va a salir bien”. No es una idea original, ya que así lo han hecho en multitud de países como Italia o España, e incluso otros como el Reino Unido lo han llevado a mensaje institucional a favor de sus profesionales sanitarios.

Parad esos perversos arcoíris: pero ahora el dibujo de fenómeno atmosférico que han realizado los niños de preescolar de todo el planeta durante décadas es una conspiración para que los niños “se vuelvan gays”. Las juntas educativas de determinados municipios y por orden explícita del ministro turco de educación han dado la orden expresa a sus profesores de que ayuden a parar la realización de estos dibujos.

La perversión moral nos trajo la pandemia: el pasado mes de abril Ali Erbas, jefe de la Diyanet (el equivalente al Ministerio de la Religión, con competencias en Educación y que cada vez tiene más poder) dio su importante y anual sermón del Ramadán, coincidiendo con el pico de la crisis del coronavirus, cuando el país era aún uno de los más afectados del mundo. Allí dijo lo siguiente: "cientos de miles de personas son víctima del virus del sida cada año a causa de la homosexualidad y el adulterio, que traen la enfermedad y corrompen a nuestras futuras generaciones" y animo a los fieles a "luchar juntos para proteger a las personas contra ese tipo de males".

Para las organizaciones pro derechos humanos se trató de un mensaje encubierto que vinculaba homosexualidad y Covid, un guiño a los seguidores más intransigentes del ya de por sí restrictivo gobierno de Erdogan, e hicieron denuncias por considerar que el mensaje podía constituir una incitación al odio. La respuesta de la fiscalía, de políticos del AKP y del propio ministro de Justicia fue llamar “fascistas” a los denunciantes, tildar su acusación de ataque al islam y abrirles diligencias por "incitación al odio contra una religión".

Es el último encontronazo de una guerra del actual Gobierno contra la homosexualidad: legal desde hace más de un siglo pero cada vez más perseguida, como demuestra la prohibición impuesta desde hace cinco años a que se celebre el Orgullo Gay o la polémica suscitada alrededor del caso Ajda Ender. Según las organizaciones LGTB, hay que leer esto dentro de su actual clima, uno en el que el país va a su segunda recesión en tiempos recientes y Erdogan necesita inflamar con discursos cada vez más populistas para atraer a votantes que podrían irse a la oposición. En realidad es una estrategia cortoplacista: la islamización del país y su identificación con el actual Gobierno está provocando que aumente el ateísmo entre los turcos.

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