La estrategia japonesa ha pasado de una defensa pasiva a una disuasión activa capaz de golpear a distancia
Japón es un país formado por más de 6.800 islas, aunque solo unas 400 están habitadas de forma permanente. Muchas de ellas son pequeñas, remotas y apenas aparecen en el mapa, pero su ubicación las sitúa en algunos de los puntos más estratégicos del planeta.
La barrera invisible. Es evidente que las miradas internacionales han estado marcadas por la guerra en Ucrania y ahora en Irán pero, mientras tanto, Japón ha ido levantado una especie de “barrera invisible” fortificada en una cadena de islas frente a China que redefine por completo el equilibrio en el Pacífico.
No se trata de una sola base ni de un gran despliegue visible, sino de una red dispersa de posiciones militares que se extienden desde el suroeste japonés hasta puntos remotos del océano, creando una línea continua de vigilancia, detección y ataque potencial. Esta estrategia convierte pequeñas islas, muchas casi deshabitadas, en piezas clave de un sistema diseñado para frenar el avance chino sin necesidad de una guerra abierta.
De territorio olvidado a primera línea defensiva. Lo hemos contado en los últimos años. Durante décadas, estas islas apenas tenían presencia militar, pero eso ha ido cambiando radicalmente en los últimos tiempos. Lugares como Yonaguni, a escasos kilómetros de Taiwán, han pasado de no tener tropas a albergar radares, sistemas de guerra electrónica y unidades militares permanentes, mientras otras posiciones han sido reforzadas con nuevas bases y equipamiento militar.
Qué duda cabe, este giro responde a una realidad meridianamente clara: si China intenta actuar sobre Taiwán, estas islas serían el primer objetivo o el primer escudo, y Japón ya no está dispuesto a dejarlas expuestas.
Misiles, radares y drones. El verdadero cambio está en el tipo de capacidades desplegadas, las cuales convierten esta cadena de islas en un sistema ofensivo y defensivo a la vez. ¿Cómo? Por ejemplo, Japón está desplegando misiles antibuque de largo alcance, sistemas capaces de golpear a cientos o incluso miles de kilómetros, junto a radares avanzados y drones que permiten detectar y seguir objetivos en tiempo real.
No solo eso. A esto se suman nuevas armas como proyectiles hipersónicos y misiles de crucero que amplían el alcance hasta el interior del territorio rival, marcando así una ruptura clara con su histórica política de defensa limitada.
Encerrar a China sin disparar un tiro. Más allá de proteger su territorio, recordaba esta semana el Wall Street Journal en un extenso reportaje que la red tiene un objetivo estratégico mucho más ambicioso: complicar los movimientos de China en el mar en una especie de encerrona.
Hablamos de un grupo de islas que forma parte de lo que se conoce como la “primera cadena”, un conjunto de pasos marítimos estrechos que cualquier flota china debe atravesar para proyectar poder hacia el Pacífico. Al desplegar armas en estos puntos, Japón convierte cada tránsito en un riesgo, elevando el coste de cualquier posible operación y creando una especie de cerco que limita la libertad de maniobra sin necesidad de un enfrentamiento directo.
El salto definitivo. En definitiva, todo esto refleja un cambio profundo en la estrategia japonesa, la cual ha pasado de una defensa pasiva a una disuasión activa con la capacidad de golpear a distancia si fuera necesario. De ello dan fe esa introducción de misiles de largo alcance Type 12, la compra de Tomahawk y la integración con las fuerzas estadounidenses, indicativos todos de que Japón ya no solo quiere resistir un ataque, sino prevenirlo amenazando objetivos clave del adversario.
Si se quiere también, estamos ante un equilibrio delicado, porque refuerza la seguridad, pero también convierte estas islas niponas en posibles objetivos, aumentando la tensión en una región cada vez más inestable.
Imagen | NARA, Tokoro_ten
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