Reino Unido necesitaba los secretos militares de Hitler. Así que instaló a sus generales en una mansión de lujo con una sorpresa bajo sus pies

Trent Park Xataka

El plan se convirtió en el "Gran Hermano" de la Segunda Guerra Mundial

Miguel Jorge

Editor

Durante la Segunda Guerra Mundial, Reino Unido necesitaba descubrir qué escondía la maquinaria militar de Hitler, pero algunos de sus mejores prisioneros sabían perfectamente que un interrogatorio era un interrogatorio. La solución británica fue mucho más retorcida: dejar de preguntarles. En una elegante mansión al norte de Londres, reunió a decenas de generales y oficiales alemanes, les proporcionó habitaciones cómodas, biblioteca, clases de inglés, criados e incluso alguna excursión y esperó a que empezaran a hablar entre ellos. 

Lo que los prisioneros no sabían era lo que escondía toda la casa.

Un casoplón engañoso. Antes de la guerra, Trent Park era exactamente lo contrario de un campo de prisioneros. Su propietario, el político, coleccionista y esteta Sir Philip Sassoon, había transformado la propiedad durante los años 20 en una sofisticada residencia de estilo neogeorgiano, con antigüedades, papeles pintados chinos y retratos de artistas como John Singer Sargent

Por sus salones habían pasado invitados como Charlie Chaplin y Winston Churchill. Sassoon murió en junio de 1939 y, cuando comenzó la guerra tres meses después, el Gobierno británico requisó la propiedad y encontró una utilidad completamente distinta para aquel escenario de privilegio.

Mejor no interrogar. Thomas Kendrick, uno de los grandes responsables del espionaje británico, había experimentado previamente con micrófonos ocultos para escuchar a prisioneros de guerra y vio en Trent Park el lugar perfecto para ampliar el sistema. Entre 1942 y 1945 pasaron por allí 84 generales y 22 oficiales alemanes de menor rango, pero la clave consistía precisamente en que aquello no pareciera una cárcel convencional. 

Los generales disponían de biblioteca, recibían clases de inglés, conservaban asistentes militares capturados con ellos y podían realizar ocasionalmente salidas al exterior. La estrategia era sencilla y extraordinariamente calculada: tratar a hombres acostumbrados al privilegio como si siguieran siendo importantes hasta conseguir que olvidaran que estaban en manos del enemigo.

Trent Park House

El secreto estaba debajo de sus pies. Mientras los generales conversaban tranquilamente arriba, la mansión estaba literalmente cableada para escucharlos. Había micrófonos escondidos en macetas, lámparas, mesas de billar y habitaciones, incluso los jardines y algunos árboles estaban preparados para captar conversaciones. 

Los cables recorrían paneles y suelos hasta unas salas secretas del sótano donde los llamados "secret listeners" trabajaban por turnos día y noche. Los prisioneros habían sido advertidos de que los británicos podían espiarlos, pero el engaño funcionó tan bien que dos generales llegaron a comentar entre ellos que Trent Park evidentemente no estaba intervenido porque, de estarlo, ellos se habrían dado cuenta.

Prisioneros de guerra de Trent saliendo de un servicio religioso en Christ Church, Cockfosters

Inventar un aristócrata. El dispositivo no se limitaba a esperar conversaciones espontáneas. Los británicos crearon a Lord Aberfeldy, un aristócrata escocés completamente ficticio interpretado por un joven oficial de interrogatorios y bautizado, según la historiadora Helen Fry, a partir de una destilería de whisky. El supuesto lord se presentaba como responsable del bienestar de los prisioneros y fingía cierta admiración secreta por Hitler para ganarse su confianza y provocar confidencias que inmediatamente captaban los micrófonos. 

Cuando los oyentes británicos comenzaron a tener problemas con el argot y las expresiones coloquiales alemanas, el servicio recurrió además a germanoparlantes refugiados de Alemania, Austria y Checoslovaquia, muchos de ellos judíos que habían huido precisamente del régimen cuyas conversaciones estaban escuchando.

Imagen de archivo del salón de Philip Sassoon en Trent Park House a finales de la década de 1930

Los secretos de Hitler. La operación proporcionó información sobre sistemas de navegación utilizados por los bombarderos alemanes, que pudo combinarse con el trabajo de Bletchley Park, pero el premio mayor llegó cuando las conversaciones empezaron a revelar detalles del programa secreto de armas V. Los británicos escucharon referencias a cohetes capaces de alcanzar grandes alturas y terminaron obteniendo información sobre el V-2, el primer misil balístico de largo alcance. 

Aquella inteligencia contribuyó a identificar la importancia del centro de investigación de Peenemünde, bombardeado por la RAF en agosto de 1943. El ataque retrasó el programa: el primer V-1 no cayó sobre Londres hasta el 13 de junio de 1944, una semana después del desembarco de Normandía, y el primer V-2 lo hizo el 8 de septiembre.

Una habitación M (con micrófono) en el sótano de Trent Park, donde traducían y transcribían las conversaciones de los prisioneros de guerra que se encontraban en el piso de arriba

Y algo más oscuro. Los oficiales alemanes no solo discutieron tecnología militar. Algunas conversaciones contenían confesiones y comentarios sobre atrocidades nazis, algo especialmente brutal para los refugiados judíos que trabajaban al otro lado de los cables y que en algunos casos habían perdido a sus propias familias en el Holocausto. 

El general Dietrich von Choltitz, último comandante alemán de París, llegó a hablar de su participación en la liquidación de judíos. Sin embargo, Reino Unido decidió no utilizar aquellas grabaciones en los posteriores juicios por crímenes de guerra porque hacerlo habría significado revelar uno de sus métodos de inteligencia más valiosos, justo cuando empezaba a dibujarse un nuevo adversario: la Unión Soviética.

Oficiales alemanes en Trent Park
Oficiales alemanes en Trent Park

El Gran Hermano de Churchill. Lo cierto es que Trent Park siguió funcionando como centro de escucha hasta noviembre de 1945 y la información obtenida allí terminó siendo útil incluso para comprender la amenaza soviética que daría paso a la Guerra Fría. Los propios oyentes habían firmado la Official Secrets Act y muchos jamás contaron a sus familias qué habían hecho durante la guerra. Algunos se llevaron el secreto a la tumba. 

Hoy la mansión se ha convertido en el museo Trent Park House of Secrets y todavía conserva parte del cableado utilizado para escuchar a sus huéspedes. Para los libros de historia quedará aquella idea donde Reino Unido quería entrar en la cabeza de los generales de Hitler y encontró una manera extraordinariamente simple de hacerlo: en lugar de encerrarlos en una celda y hacerles preguntas, los instaló en una mansión de lujo, escondió micrófonos por todas partes y dejó que se interrogaran unos a otros.

Imagen | Christine Matthews, Houghton Hall

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