
España intenta ganar unos años más desmontando los últimos Harrier de los Marines y transformándolos en un almacén de piezas flotante
En 1982, durante la Guerra de las Malvinas, los británicos tuvieron que modificar y trasladar apresuradamente varios Harrier para embarcarlos rumbo al Atlántico Sur. Algunos llegaron a la zona de operaciones transportados en buques mercantes adaptados y fueron preparados para el combate durante el despliegue, una muestra de hasta qué punto este avión siempre ha estado asociado a soluciones logísticas poco convencionales.
Una solución de emergencia. La Armada española se enfrenta a una cuenta atrás que lleva años condicionando su futuro. Mantener la aviación embarcada a bordo del Juan Carlos I se considera una capacidad estratégica irrenunciable, pero el problema es que los Harrier que la hacen posible están llegando al final de su vida útil y el relevo natural, el F-35B, sigue fuera de los planes de adquisición del Gobierno.
Ante esa situación, Defensa ha optado por una fórmula tan pragmática como singular: prolongar la vida de los aviones actuales hasta 2032 mediante una reserva masiva de repuestos procedentes de los últimos Harrier estadounidenses que están siendo retirados del servicio.
Los Harrier llegan, pero no para volar. La operación tiene algo de paradoja logística. España va a recibir cinco Harrier AV-8B completos procedentes de Estados Unidos, pero ninguno de ellos está destinado a incorporarse a la línea de vuelo. Su misión será mucho menos visible y quizá más importante: convertirse en una gigantesca reserva de componentes.
Aunque inicialmente se estudió aprovechar el viaje transatlántico del Juan Carlos I para transportarlos, finalmente los aparatos serán desmontados en origen y enviados a España en paquetes por separado. Llegarán prácticamente como un kit de piezas para montar de la famosa tienda de muebles sueca, aunque en este caso listos para ser canibalizados en Rota y mantener operativos los cazas de la 9ª Escuadrilla durante los próximos años.
Mientras otros avanzan, España estira el calendario. La decisión refleja la situación particular en la que ha quedado la Armada. Estados Unidos retirará oficialmente sus Harrier este mismo año e Italia prevé hacer lo mismo antes de que termine la década, ambos sustituyéndolos por el F-35B, el único heredero real de las capacidades de despegue corto y aterrizaje vertical del veterano avión británico-estadounidense.
España, en cambio, se prepara para convertirse en el último operador relevante del modelo. La negativa a comprar el F-35 ha obligado a buscar tiempo adicional para una flota que debía haber comenzado hace años su transición hacia un sucesor más moderno.
La industria española gana protagonismo. Este escenario también está impulsando un esfuerzo industrial poco habitual. La Armada y Airbus han ampliado los contratos de mantenimiento de los Harrier y aumentado significativamente las horas de trabajo dedicadas a revisiones, reparaciones y recuperación de componentes.
El objetivo no es únicamente mantener los aviones actuales, sino desarrollar en España una capacidad técnica capaz de sostener una flota cada vez más escasa en el mundo. Cuantos menos operadores queden, mayor será la importancia de disponer de conocimientos, herramientas y repuestos propios para seguir manteniendo los aparatos en condiciones de vuelo.
El precio de aplazar la decisión. Todo este esfuerzo tiene un objetivo muy concreto: evitar que España pierda la capacidad de operar aviones de combate desde el mar antes de disponer de una alternativa. Sin embargo, también evidencia el carácter provisional de la solución. Los Harrier estadounidenses que cruzarán el Atlántico no lo harán para reforzar la fuerza aérea embarcada española, sino para alimentar a los ejemplares que ya están en servicio.
Si se quiere, es una imagen bastante reveladora del momento actual: mientras otros aliados sustituyen sus viejos aviones por una nueva generación, España intenta ganar unos años más montando los últimos Harrier de los Marines y transformándolos en un almacén de piezas flotante. En cierto modo, la negativa a comprar el F-35 ha desembocado en un acuerdo tan peculiar como simbólico: recibir los cazas retirados de Estados Unidos desmontados… listos para montar, desmontar y reutilizar según lo exija la supervivencia de la flota.
Imagen | RawPixel, Michael Pereckas
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