Morrearse no es algo universal: a la gente de sociedades más arcaicas les parece algo asqueroso

¿Cómo de importantes son los besos en nuestra cultura? Así, sin pensar mucho, lo bastante como para que los interventores del pasado los censurasen de las primeras películas (no fuera que se excitasen las impresionables audiencias), también para que sea uno de los temas más recurridos de la música popular de los últimos 80 años e incluso para que nosotros mismos, en casos extremos, tengamos que rechazar a algún potencial compañero de juegos por tratarse de un besador pésimo.

Pero resulta que el morreo como tal no es universal, ni mucho menos. Es algo cercano a un constructo social occidental reciente que, para muchas otras culturas, se trata de un acto extraño e incluso asqueroso.

Si lo piensas fríamente, rechupetear labios y lengua (e incluso dientes, no juzgo) de una persona ajena parece un acto bastante obsceno e innecesario, pero es probable que si aplicamos ese tipo de lupa también nos acabe pareciendo desagradable el coito sexual. Para casi cualquier individuo aquende OCDE, besarse es un placer, no algún tipo de complicado ritual de aceptación social.

Lengua con lengua: la excepción a la regla cultural

Hablamos en todo momento del beso pasional, no de los besos de cortesía, los de los padres a bebés (que son casi universales) o de la alimentación boca a boca que practican algunos progenitores para pasarle el alimento masticado a sus hijos.

Como cuentan los antropólogos de la UNLV y el Instituto Kinsey, su indagación en el tema se inició al darse cuenta de que el beso, en general, no había generado mucha literatura académica debido a que sus colegas no se referían a ellos en las notas de sus expediciones etnográficas, bien por asunción de la normalidad del acto o por negligencia informativa. Vamos, por puro etnocentrismo.

En el estudio cruzado descubrieron que este tipo de contacto bucal sólo se da en el 46% de las culturas de una muestra de 196 y variados espacios de socialización contemporáneo. Dicho al revés: el 54% de la gente de la tierra pasa de besuquearse.

Sus resultados no arrojaban muchas conclusiones sólidas, pero sí había un patrón claro que sobresalía de los demás: cuanto más avanzada la población estudiada, cuanto más estratificada socialmente y complejas eran sus manifestaciones sociales, más probabilidades de que los humanos se besasen.

En su estudio exponían cómo, de las culturas de Norteamérica el beso estaba extendido en el 55% de las poblaciones, en Europa en el 70% y en Asia en el 73%. Esta interacción no se practica, por ejemplo, en el África subsahariana, en Nueva Guinea y Centroamérica.

A mal tiempo buenos son los labios

Un ejemplo de ese rechazo al beso romántico lo tenemos en la sociedad africana de los nuer de Sudán. Cuando llegaron las películas occidentales al país las conductas sociales cambiaron y los adolescentes empezaron a imitar lo que veían en la pantalla, pero los más mayores no se adaptaron. Como recogió la antropóloga Sharon Elaine Hutchinson, los adultos, que habían expresado toda su vida su afecto a sus recién nacidos besándolos en la boca, "seguían despreciando la idea de besar a sus parejas" de esa misma forma. "Lo consideraban un acto infantil y ridículo".

Como excepción se encontraban las sociedades del círculo ártico, que sí se practicaban el boca a boca. La hipótesis de los científicos es que, al ser regiones tan heladas, la única parte del cuerpo no protegida y con la que dos humanos pueden intercambiar contacto físico directo es el rostro, lo que llevaría a la gente a demostrarse el interés humano y sexual de esta forma.

Y eso lleva al segundo punto del estudio al que, como los mismos investigadores indican, le haría falta una muestra más amplia y mejores herramientas de análisis para poder ratificar el tema. En general, en las regiones tropicales se comprobaba una tendencia a la cercanía física. Es más habitual que en las zonas calurosas la gente esté físicamente más expuesta, que lleve menos ropa y haya más toqueteo de tintes sensuales, lo que provoca que el contacto con la cara sea menos importante.

Los de Nevada teorizaban que este acto en el que el humano medio se intercambia 80 millones de bacterias y emplea dos semanas completas de su vida podría tener una motivación biológica que permita el intercambio de feromonas y saliva así como patógenos, tal y como hacen los Bonobos, chimpancés y otros primates.

Sin embargo, esta práctica podría ser especialmente peligrosa en las sociedades con una higiene más pobre, causando en el besucón enfermedades respiratorias y de otro tipo. De ahí que, a mayor consciencia de la evolución y estratificación de una cultura, menos probabilidades de contaminación y más ganas de arrastrarse al placer cooperativo.

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