La leyenda de los Báthory, la familia más sanguinaria de la historia de Europa

A mediados del siglo XI, cuando media Europa lanzaba ofensivas sobre Tierra Santa y en España el Califato de Córdoba se iba descomponiendo en diversos reinos de taifas, el clan de los Gutkeled llegaba a la gran llanura húngara desde Alemania. Su origen era tan antiguo que se pierde en la noche de los tiempos, aunque se especula que podrían provenir de los restos del Imperio romano.

De todas las familias nobles descendiente de este clan, la mayoría eran todo lo sanguinarias que se puede esperar de la nobleza centroeuropea de la Baja Edad Media, es decir, mucho. Pero hay una en concreto que traspasa todos los límites de lo que podríamos considerar una crueldad "habitual" o "pragmática" al configurar, generación tras generación, una historia familiar que entra dentro del campo de la leyenda, del horror inconmensurable. Se trata de la familia Báthory.

Ya lo decía Alejandra Pizarnik en la fabulosa La condesa sangrienta: hay mucha fuerza en un nombre, si uno cree en él. La leyenda de la familia se remonta a su fundador, Vitus Báthory, que habría sido premiado con el ilustre apellido y las tierras que lo acompañaban tras derrotar y ejecutar al dragón que habitaba las marismas del condado de Heves, al norte del país. El escudo de armas de la familia, tan alucinante como la propia historia de la misma, evoca tal hazaña, constando de un dragón y tres dientes, correspondientes a las tres heridas de lanza que consiguieron tumbar a la mole.

Aún a día de hoy, el escudo es visible en algunos edificios, como en la portada de la iglesia de la Sagrada Trinidad en Košice (Eslovaquia) cuya construcción fue sufragada por Sofía Báthory.

A la izquierda, Vlad. A la derecha, su pasatiempo favorito, uno que le dejaría como el "primo cuerdo" de la famila Báthory.

A partir de ahí, la historia de la familia es una escalada de violencia y locura que ríete de los Borgia. István Báthory V, sin ir más lejos, era voivoda de Transilvania (magnífico título) y ya disponía de fama de ser un magnífico y sanguinario guerrero cuando el rey Matías Corvino de Hungría lo puso a mediados del siglo XV a la cabeza de un ejército destinado a ayudar a Vlad III a reclamar el trono del principado de Valaquia, en Rumania. Vlad III. Sí, ese Vlad. Vlad el Empalador. Vlad III DRÁCULA. Cuando István y Vlad se conocieron, descubrieron que tenían muchísimos intereses en común (por lo que fuera) y se juraron amistad y alianza eternas.

Vlad moriría en batalla poco después. István, por su parte, continuó batallando contra los turcos de forma feroz, hasta el punto de que fue desposeído de su título de voivoda debido a la extrema crueldad que mostraba con los sículi, una etnia que habitaba el norte de Transilvania.

Incesto, rituales satánicos y Drácula

Y es que la historia y la leyenda de los Báthory se entrelazan de tal modo que es difícil desenmarañar una de otra. Se habla de rituales satánicos, accesos de locura e incesto entre hermanos. Incluso los hechos que sabemos ciertos están cubiertos por una cierta película de barbarie y violencia desenfrenada que solemos asociar a la ficción (como por ejemplo sucede con András Báthory, cardenal de la iglesia católica que fue asesinado el 31 de octubre de 1599 en la cima de un glaciar de un hachazo en la testa tras ser incansablemente perseguido por un sículi).

La propia Alejandra Piznarik habla de un Báthory que se volvió tan loco que no distinguía el verano del invierno y mandaba arrastrar trineos por la tierra seca. También cuenta que Klara Báthory, muy aficionada a practicar el sexo tanto con hombres como con mujeres (lo cual la convertía, evidentemente, en el mismo demonio), asesinó presuntamente a cuatro maridos antes de que el último le cortase el cuello tras cazarla con un amante, no sin antes hacer que la violara toda una guarnición turca.

A la izquierda, la cabeza de András Báthory, tal y como se la enviaron de vuelta al Papa. A la derecha, el escudo de armas original de los Báthory, bastante alucinante.

Klara habría sido, en teoría, la responsable de iniciar en el camino de la depravación a la Báthory más ilustre de todas: Erzsébet Báthory.

Erzsébet nació de dos Báthory de ramas diferentes y, según lo que se cuenta de ella, habría heredado todos los demonios que habían acompañado a sus ancestros. Se sabe que de pequeña sufría terribles dolores de cabeza y que tenía un temperamento espantoso, propicio a los cambios de humor, aunque por lo demás era bastante inteligente. A los catorce años la casaron con Ferenc Nadasdy, cinco años mayor y perteneciente a una de las familias nobles más distinguidas de Hungría. No tan distinguida, no obstante, como la de su señora, por lo que Ferenc tomó el apellido Báthory tras las nupcias.

Ferenc era el típico noble centroeuropeo de gustos sencillos: le gustaba guerrear, masacrar y los largos paseos a caballo por la estepa. Parte de la rumorología que rodea a Erzsébet asegura que esta tuvo un affair con un sirviente antes de casarse con Ferenc y que este romance resultó en un hijo. Según recoge Kimberly Craft en Infamous Lady, el bebé habría desaparecido poco después de su nacimiento sin dejar rastro y Ferenc, ni corto ni perezoso, castró al padre de la criatura para acto seguido echárselo a sus perros. Nada que envidiar a Ramsay Bolton.

El caso es que Erzsébet se casó y se mudó al castillo de Čachtice, situado los Pequeños Cárpatos (Eslovaquia), junto a su suegra, Orsolya Nádasdy, que por supuesto también era de traca. Ferenc estaba todo el día de picos pardos guerreando contra los turcos (tardaron una década en tener hijos porque Ferenc no paraba por casa ni a cambiar de muda) y Erzsébet se aburría como una mona. Al menos, eso sí, podía entretenerse con pasatiempos inocuos como pinchar con alfileres a sus sirvientas y mordiéndolas salvajemente para aliviar sus jaquecas (según ella, mano de santo).

Por lo visto también gustaba de castigarlas sacándolas al jardín y untándolas de miel en verano para dejarlas a merced de los insectos y bañándolas en agua helada en invierno.

Las atroces torturas a las criadas de Erzsébet

Ferenc conocía las particularidades de su señora, si bien le parecía bien hacer la vista gorda mientras ella cuidara de su castillo y sus tierras en su ausencia, aunque no parece muy extraño considerar que una persona que arroja a los perros a un rival amoroso considere tales actos como simples "pequeñas extravagancias". Ya en vida de Ferenc, una vez fallecida la suegra de Erzsébet y libre esta de cualquier cortapisa, empezaron a desaparecer las chicas del castillo a las que la condesa sometía a mil perrerías con la ayuda de sus fieles sirvientes Jó Ilona, Dorkó y Ficzkó.

Para colmo de males, al morir su marido, murió el último ser al que Erzsébet tenía que rendirle cuentas, así que invitó a vivir en el castillo a Darvulia, una bruja que habitaba los bosque y que llevó consigo a Čachtice sus conocimientos de magia negra y rituales satánicos además de docenas de gatos negros. Para entonces, Erzsébet estaba completamente descontrolada, yendo las torturas y los asesinatos en escalada imparable tanto en cantidad como en depravación. Así las describe Craft en su libro (si eres propenso a marearte, te recomiendo fervientemente que te saltes el siguiente párrafo):

...lo que era, quizá, más impactante eran la acusaciones de cómo habían sido torturadas y asesinadas estas chicas: frotadas con ortigas y obligadas a rodar en ellas, alfileres introducidos en sus labios y bajo sus uñas; agujas insertadas en sus hombros y sus brazos; inmovilizadas con cadenas y golpeadas en el pecho; marcadas con hierros al rojo en las manos, los brazos y el abdomen; pedazos de carne arrancados de la espalda con pinzas; narices, labios, lenguas y dedos atravesados con agujas; bocas cosidas; trozos de carne cortados de las nalgas y los hombros, cocinados y luego servidos a ellas mismas; partes íntimas quemadas con velas, cuchillos clavados en los brazos, las manos y las piernas; manos aplastadas y mutiladas; dedos cortados con tijeras; atizadores al rojo introducidos por la vagina; cuerpos golpeados hasta la muerte con garrotes; latigazos hasta que la carne se desprendía del hueso; chicas obligadas a sumergirse en los ríos helados en pleno invierno.

Erzsébet Báthory, en un buen día.

En La condesa sangrienta se habla también de todos los artilugios que Erzsébet mandó construir para torturar a sus víctimas, incluida una jaula esférica con las paredes llenas de pinchos que se elevaba gracias a un sistema de poleas, balanceándose en el aire con la víctima dentro. Un prodigio de la ingeniería. Además del placer sádico que sacaría de estos actos, en teoría la condesa utilizaba la sangre de estas pobres muchachas para sus rituales de belleza particulares, estando Erzsébet dominada por un miedo terrorífico a envejecer y dejar de ser bella.

Estaba convencida, por tanto, de que un baño en sangre de doncella era el mejor de los peelings y un tratamiento antiarrugas imbatible. De lo suyo estaba más bien tirando a regular, la condesita.

Tras años de realizar estas prácticas, lo que finalmente llamó la atención de otros nobles respecto a la situación que se vivía en el castillo de Čachtice no fue la desaparición de las campesinas, que no le importaban a nadie, sino que al ir agotándose las existencias de chicas de baja cuna, la condesa comenzó a invitar al castillo a jovencitas nobles con la excusa de hacer compañía a una pobre viuda.

Como estas aspirantes a grandes señoras también morían de las más extrañas y repentinas afecciones, se mandó desde Viena una comisión para que se presentase por sorpresa en el castillo e investigase lo que ocurría ahí. Lo que se encontraron fue, básicamente, un escenario de pesadilla: decenas de adolescentes encerradas en los sótanos a medio mutilar, pucheros llenos de sangre seca, instrumentos de tortura, suelos cubiertos de ceniza para absorber la sangre y todo rodeado de un fuerte olor a cadáver.

El castillo de Čachtice, lugar de tan bellas travesuras. (LMih/Wikipedia)

Erzsébet fue juzgada por la desaparición y muerte de la de las hijas de los gentileshombres húngaros y si bien sus colaboradores fueron ejecutados, ella era mujer noble, por lo que su destino debía ser otro. Y así fue como Erzsébet Báthory fue emparedada en sus aposentos, sin más contacto con el mundo exterior que una minúscula abertura por la que le pasaban todos los días los alimentos y por la que un sacerdote le leía en latín. Duró cuatro años hasta que, finalmente, el 21 de agosto de 1614 la condesa murió rodeada de oscuridad, frío y sus propias heces.

Existen, por supuesto, teorías que desmienten la leyenda de Erzsébet Báthory y que afirman que todo fue un complot urdido para hacerse con las valiosas tierras de una viuda que no contaba con protección alguna. Pero en cualquier caso Erzsébet Báthory ha quedado para siempre retratada en el imaginario colectivo como uno de los grandes exponentes de la encarnación del mal absoluto. Si bien le han acabado saliendo competidoras.

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