Las FLATs, la historia de cómo EEUU perdió la carrera espacial... femenina

Este verano, la cadena estadounidense ABC ha estado emitiendo una miniserie llamada 'The Astronaut Wives Club' y cuyas protagonistas eran las mujeres de los siete astronautas del Proyecto Mercury, los elegidos por la NASA para ser sus primeros hombres en el espacio y batir a la URSS en la carrera espacial. Ya sabemos que los soviéticos empezaron ganando esa carrera con los lanzamientos del Sputnik, en 1957, y de Yuri Gagarin, en 1961, pero había un terreno en el que Estados Unidos podía llevarles ventaja: la puesta en órbita de la primera mujer.

De hecho, en la serie se presenta a Dot Bingham, una piloto que es amiga de Trudy, la mujer de Gordon Cooper, y que es una de las 13 mujeres seleccionadas en un programa independiente de la NASA para ser astronautas. Bingham es un personaje ficticio, pero la sesión ante el Congreso de 1962, que debía decidir si se llevaba a cabo un programa oficial de entrenamiento de estas candidatas a astronauta, fue real, y cerró la puerta a que alguna de aquellas 13 mujeres pudiera ir al espacio. Un año más tarde, la URSS enviaba a la órbita terrestre a Valentina Tereshkova y se apuntaba otro tanto en la carrera con Estados Unidos.

¿Qué hacía falta para ser astronauta?

Los siete astronautas del Proyecto Mercury.

El programa espacial tripulado estadounidense nacía al mismo tiempo que la NASA, en 1958, pero en aquellos primeros momentos, se desconocía prácticamente todo de cómo verse afectado el cuerpo humano en el espacio. Ni siquiera se sabía si se podía construir un vehículo que llevara al hombre sano y salvo a la órbita de la Tierra, y lo llevara de vuelta a la superficie. Estados Unidos contaba con la experiencia y los conocimientos de Wernher Von Braun, científico alemán que había diseñado y construido para los nazis las bombas volantes V-2, y cuyo sueño era llevar un hombre a la Luna. Pero aunque las V-2 podían proporcionar la base técnica de los futuros cohetes de la NASA, el programa tripulado necesitaba más información antes de poder ponerse en marcha.

Todos los candidatos a astronauta debían ser pilotos militares de pruebas y licenciados en ingeniería, o similar

Los candidatos a astronauta eran todos pilotos militares de pruebas**, y se les sometió a literalmente todo tipo de tests y experimentos físicos. Nadie sabía qué pasaría una vez estuvieran en el espacio, y nadie sabía cómo podrían adaptarse a pasar horas constreñidos en una cápsula en la que no podrían moverse de su asiento. La NASA estableció que los candidatos debían ser menores de 40 años, no medir más de 1,80 (o no cabrían en la cápsula), estar en buen estado de forma, ser licenciados en ingeniería o similar, haberse graduado en la escuela de pilotos de pruebas y ser, además, pilotos cualificados con un mínimo de 1.500 horas de vuelo. De los 69 primeros voluntarios se enviaron a 32 a la Clínica Lovelace, en Nuevo México, a pasar sus exámenes físicos, y aquellos exámenes casi podían haber pasado por tortura.

Se les hicieron pruebas físicas exhaustivas de su sentido del equilibrio, el funcionamiento de su sistema circulatorio, su vista durante cuatro horas, su resistencia pedaleando hasta la extenuación un una bicicleta estática, tragaban un tubo para comprobar los ácidos de su estómago, hasta hubo astronautas que se quejaron de que los médicos no habían dejado ni un solo orificio de su cuerpo por inspeccionar. Al no tener ningún marco de referencia, se necesitaba saberlo absolutamente todo para darse cuenta, en el caso de que alguno de esos candidatos volara al espacio, de si presentaba alguna respuesta anómala durante una misión, que pudiera representar un problema grave de salud.

Los futuros astronautas fueron sometidos también a exámenes psicológicos y, finalmente, en 1959 se presentaban los "Siete de Mercury", los siete hombres que debían arrancar los vuelos tripulados estadounidenses: Wally Schirra, Deke Slayton, Gordon Cooper, Gus Grissom, Alan Shephard, John Glenn y Scott Carpenter. Shepherd sería el primero de ellos en ir al espacio, en 1961, un mes después de que lo hubiera hecho Yuri Gagarin.

Las 13 de Mercury

En 1960, con el Proyecto Mercury ya en marcha, el doctor Randy Lovelace, que se había encargado de realizar las pruebas físicas de sus astronautas, pensó que era el momento de ampliar los candidatos para subirse a uno de aquellos cohetes, y que las mujeres podían ser ideales para el puesto. En general, sus alturas y pesos medios eran menores que los de los pilotos militares utilizados por la NASA para su programa tripulado, por lo que podían encajar mejor en las estrechas cápsulas Mercury, así que Lovelace el general de brigada Donald Flickinger decidieron hacer una prueba con una piloto reconocida y que había batido varios récords de altura: Geraldyn "Jerrie" Cobb.

Cobb se había sacado la licencia de piloto comercial con 18 años, y en los 50 trabajó para una empresa de aviación llevando todo tipo de aeronaves pesadas por todo el mundo. Sus horas de vuelo y sus logros le ganaron una reputación en la comunidad de pilotos que le hizo acreedora de la invitación de Lovelace a someterse a exactamente las mismas pruebas médicas que habían soportado los Siete de Mercury. Cobb las pasó todas, y Lovelace anunció los resultados de esos exámenes en un congreso en Estocolmo. Animado por el éxito, se invitó a otras 28 mujeres a su clínica de Nuevo México, y todas se sometieron a los mismos tests. Los superaron trece, algunas con mejores resultados que los hombres.

Esas trece estaban listas para dar el siguiente paso, continuar su entrenamiento ya en instalaciones de la NASA y de manera oficial, pero ese paso nunca se dio. Las mujeres no podían enrolarse en las Fuerzas Aéreas, por lo que no podían ser pilotos de pruebas y eso les impedía presentarse como candidatas a astronautas.

Aquellas 13 de Mercury (o FLATs, por First Lady Astronaut Trainee) eran Jerri Cobb, Jacqueline Cochran (que se encargó de los gastos de las mujeres mientras estuvieron en Nuevo México), Bernice Steadman, Janie Hart, Jerri Sloan, Rhea Woltman, Sarah Lee Gorelick Ratley, Jan y Marion Dietrich, Myrtle Cage, Irene Leverton, Gene Nora Jessen, Jean Hixson y Wally Funk. Y su trabajo con el doctor Lovelace estaba mucho más avanzado que lo que la URSS estaba haciendo en aquel momento, pero al enterarse de los exámenes físicos de todas estas mujeres, decidieron darse más prisa en buscar su propia cosmonauta pionera y adelantarse a los estadounidenses de nuevo.

¿Por qué nunca fueron al espacio?

La negativa de la NASA a entrenar a las 13 de Mercury hizo que Cobb y Jane Hart (cuyo marido era senador por el estado de Michigan) fueran a Washington y empezaran a pedir al presidente Kennedy y a su vicepresidente, Lyndon Johnson, que les diera la oportunidad de escuchar sus experiencias y por qué creían que el programa FLAT debía continuar. Finalmente, se organizó una sesión ante el Congreso en la que ambas contaron los beneficios que el proyecto de Lovelace traería al programa espacial, pero no les sirvió de nada.

El testimonio de Jackie Cochran, que de repente dejó de apoyar la iniciativa de Lovelace, no les ayudó, y los de los astronautas John Glenn y Scott Carpenter, menos todavía. Ellos afirmaron que, bajo las normas de la NASA, ninguna mujer podía entrenar como astronauta porque no eran pilotos militares, aunque algunas tuvieran tantas horas de vuelo, o más, que ellos cuando entraron en la agencia, y Glenn llegó a declarar que "los hombres se marchan y luchan en las guerras y pilotan los aviones, y vuelven y ayudan a diseñarlos, construirlos y probarlos. El hecho de que las mujeres no estén en este campo es un hecho de nuestro orden social".

La NASA no envió a una mujer al espacio hasta 1983, veinte años después el vuelo de Valentina Tereshkova

Al final, el Congreso determinó que no se podía hacer nada por reactivar el programa FLAT, aunque expresó su simpatía con sus participantes, y ahí quedó todo. Más tarde, representantes de la NASA reconocieron que tampoco se atrevieron a aceptar mujeres en aquel momento porque tenían miedo de que, si alguna moría en un accidente durante una misión, la sociedad se les echaría encima. El caso es que, al final, la URSS lanzó a Valentina Tereshkova, paracaidista aficionada, al espacio en 1963, y Estados Unidos volvía a quedar por detrás en la carrera espacial. En realidad, las estadounidenses no tuvieron la posibilidad de ser astronautas hasta 1978, cuando se empezó a buscar candidatos para el programa del transbordador y se creó un nueva categoría, los especialistas de misión. En ella no se requería ser piloto militar; solamente tener una carrera en ciencias y experiencia en el ejercicio de esa profesión.

Sally Ride, Judith Resnik, Anna Fisher, Kathryn Sullivan y Rhea Seddon, las primeras astronautas de la NASA.

Por ese hueco entró la que sería, en 1983, la primera mujer estadounidense en ir al espacio, Sally Ride, doctora en física por la universidad de Stanford, y especializada en el estudio de rayos X en el medio interestelar (y un personaje muy interesante de por sí). Tras ella, en 1995, Eileen Collins, coronel de las Fuerzas Aéreas, se convertiría en la primera mujer en pilotar un transbordador espacial (en la misión que puso en órbita el telescopio espacial de rayos X, Chandra), e invitó a las 13 de Mercury supervivientes a presenciar el lanzamiento. Collins sería, en 1999, la primera comandante de un transbordador, y en 2007, la bioquímica Peggy Whitson establecería otra marca al ser la primera comandante de la Estación Espacial Internacional.

Las FLAts no pudieron cumplir su sueño, pero sirvieron para abrir un poco de camino para otras mujeres que llegaron después de ellas. De hecho, dos años después de la sesión en el Congreso para determinar si el programa debía seguir, en 1964, se aprobaba la Ley de Derechos Civiles que, entre otras cosas, prohibía la discriminación por género en el lugar de trabajo.

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