Los kamikazes nazis: el intento desesperado de la Luftwaffe por cambiar el rumbo de la guerra

"El éxito de la misión no fue el deseado. Nuestros aviones no han llegado al fin que a uno le gustaría. Pero no debemos olvidar que este es solo el primer intento y que debemos seguir perfeccionando el experimento". La reflexión, escrita en su diario por Joseph Goebbels, ministro de Adolf Hitler y cerebro de la maquinaria propagandística del Tercer Reich, data de comienzos de abril de 1945, apenas un mes antes de que él y el Führer se suicidasen en los estertores de la guerra.

Por más que al redactarla el dirigente nazi intentase mostrarse optimista, la nota transpira la desesperación que por entonces asfixiaba a todos los altos mandos nazis. El fin de la Segunda Guerra Mundial era inminente. Y el desmoronamiento del Tercer Reich, seguro. Salvo un "milagro de la providencia" con el que Goebbels fantaseaba de vez en cuando (en el búnker animaba a Hitler a interpretar como tal la muerte del presidente Franklin D. Roosevelt solo unos días antes, el 12 de abril) los Aliados tomarían Alemania y los dirigentes nazis serían ajusticiados.

El mejor reflejo de la desesperación que agobiaba al Tercer Reich hacia 1945 no son sin embargo los escritos de Goebbels ni la decisión de Hitler de refugiarse en el Fürerbunker a mediados de enero. Quizás el dato más revelador es en qué consistía la "misión" de resultado "indeseado" a la que se refería el ministro de Propaganda nazi: en un intento por cambiar el curso de la guerra, Alemania tomó ejemplo de los kamikazes japoneses y lanzó parte de su aviación a misiones suicidas.

A problemas desesperados, medidas desesperadas, ya se sabe.

Al más fiel estilo de los soldados del emperador Hirohito, los planes de la Luftwaffe consistían en estrellar cazas Messerchmitt Bf 109 contra los bombarderos B-24 Liberator norteamericanos que sobrevolaban Alemania cebados de explosivos. La filosofía de los aviadores alemanes no era la misma que la de los kamikazes del país del Sol Naciente. Los pilotos nazis no asumían su muerte como un resultado inevitable de la misión, aunque dado su falta de instrucción y recursos, así como lo arriesgado de la tarea, las posibilidades de sobrevivir eran casi de chiste.

Hanna Reitsch recibiendo la Cruz de Hierro de manos de Adolf Hitler.

La idea partió de Hajo Hermann, oficial de la Luftwaffe y antiguo piloto de la Legión Condor, aunque no era nueva. Tiempo antes ya habían puesto una propuesta similar sobre la mesa del Führer el oficial de las SS Otto Skorzeny y la piloto Hanna Reitsch, una de las impulsoras del Selbstopfer-Flugzeuge, las "bombas volantes" tripuladas. Entonces el Führer lo había descartado al considerar que el devenir de la guerra no requería medidas tan desesperadas. Hacia la primavera de 1945, sin embargo, aquella propuesta de los kamikazes nazis ya no sonaba tan descabellada.

La misión estaba desde luego a la altura de la pericia técnica de Reitsch. Al menos si el piloto quería concluirla con vida. La consigna que se daba a los soldados era clara: debían embestir con sus Bf 109 a los pesados B-24 aliados por la retaguardia. "El caza se lanzaría hacia su objetivo, siendo el punto de puntería el borde posterior de las superficies de cola del bombardero o las superficies de control de sus alas. En lugar de arriesgarse a que el avión se enredara, la hélice se utilizará como una sierra circular que destrozaría estas áreas del bombardero", explica Adrian Weir, autor de Last Flight of the Luftwaffe.

Para que los Bf 109 pudieran volar más alto y ser más livianos los nazis los aligeraban de blindaje y armamento, lo que los convertía de paso en ataúdes alados.

Escuadrilla de Stukas de la Luftwaffe.

El grupo de combate se constituyó el 7 de marzo de 1945. Como su cuartel general se situaba en el distrito de Stendal, muy cerca del Elba, el sonderkommando tomó el nombre del río. La iniciativa fue un despropósito absoluto desde el primer minuto: la llamada patriótica de la Luftwaffe movilizó a cerca de 2.000 voluntarios, de los que solo se seleccionó a unos 300, jóvenes barbilampiños de entre 18 y 21 años que carecían de la experiencia necesaria y apenas habían recibido la menor instrucción. No había medios para hacerlo. Escaseaba hasta el combustible.

Quizás si acumulasen mayor veteranía u horas de vuelo sabrían que sus posibilidades de abandonar el caza antes de impactar contra los bombarderos aliados eran prácticamente nulas: el 10%.

Su primera misión llegó justo un mes después de constituirse la unidad, el 7 de abril de 1945. Se movilizaron 180 Bf 109 contra un despliegue masivo de los aliados: 1.300 bombarderos escoltados por 800 cazas que volaban hacia Dessau. No hubo sorpresas. Tenía todas las bazas de ser un fiasco. Y fue, efectivamente, un desastre. De los 180 pilotos nazis que despegaron, un tercio se vieron obligados a regresar a la base por problemas mecánicos y casi medio centenar fueron derribados por la artillería norteamericana.

No todos murieron. Algunos pilotos pudieron saltar de sus aviones y activar los paracaídas. Los alemanes destruyeron cerca de una decena de naves aliadas. La cifra varía en función de la fuente (la Luftwaffe cuenta alguno más), pero siempre arroja un saldo pobre. Supuso la misión inaugural... y también la última del sonderkommando.

La operación de Óder y el Escuadrón Leónidas

No fue el único coqueteo del Tercer Reich con las estrategias aéreas de tintes kamikazes.

Por esas mismas fechas (hacia finales de abril de 1945) los nazis recurrieron a aviadores en otra misión no apta para cardiacos contra las tropas de Stalin que se aproximaban a territorio alemán. Su objetivo era atacar las posiciones soviéticas en el río Óder. Los pilotos nazis a los que se les asignó la tarea formaban parte del Escuadrón Leónidas, un nombre rezumante de épica (se inspira en Leónidas I, el rey agíada de Esparta célebre por su enconada defensa de las Termópilas) que ocultaba una filosofía igual de desesperada y suicida que el sonderkommando Elba.

El Escuadrón Leónidas se creó, entre otros, por iniciativa de Otto y Reitsch como parte del Kampfgeschwader 200 (KG 200) con una meta clara: formar a un grupo de aviadores dispuestos a ejecutar misiones en las que se dejarían la vida. Debían pilotar el Fieseler Fi 103 Reichenberg, la versión tripulada de la "bomba voladora" V-1 y muy similar a la japonesa Yokosuka MXY-7 Ohka, más conocida como "baka". La nave, muy ligera y de pequeñas dimensiones, era una mezcla entre un pequeño caza y un torpedo para que los pilotos la estampasen contra objetivos aliados.

Un avión Fieseler Fi 103R Reichenberg, con cabina para piloto, capturado por los aliados.

Aunque se habían diseñado varios modelos de V1 y la mayoría no disponían de cabina para piloto, su falta de precisión llevó a los nazis a echar mano de kamikazes. En 1943 el teniente coronel Heiner Lange reunió a varias decenas de posibles aviadores suicidas. A pesar del entusiasmo de Herrmann o Reitchs, la idea de sacrificar pilotos no despertaba pasiones entre la mayoría de mandos nazis, incluido el propio Hitler, quien la consideraba contraria al espíritu germano.

Una de las consecuencias es que los Fi 103 terminaron acondicionándose para que los aviadores pudiesen abandonarlos en el último instante, justo antes de estamparse. Al menos esa era la teoría.

El voto que los pilotos debían realizar antes de incorporarse al Escuadrón Leónidas es bastante clarificador del cariz suicida de su cometido: "Solicito voluntariamente incorporarme para el auto sacrificio en cualquier avión seleccionado por mis superiores. Tengo claro que la operación acarreará mi muerte". En realidad a los aviadores no les hizo falta entrar en combate para asumir operaciones suicidas.

Sus entrenamientos tampoco eran precisamente un paseo por el campo. El 5 de marzo de 1945 el piloto Heinz Kensche falleció durante uno de los test de prueba. Fue la gota que colmó el vaso. Werner Baumbach, comandante del KG 200 y muy crítico con la iniciativa desde sus comienzos, contactó con Albert Speer para mostrarle su malestar. Diez días después ambos estaban en el despacho de Hitler. El programa quedó desmantelado. La única operación en la que participaron sus aviadores fue en la emprendida en abril contra los soviéticos.

Yokosuka MXY-7, el famoso "baka", tras ser lanzado desde un G4M.

Música épica, la URSS y perros con explosivos

Para animar a sus soldados mientras se lanzaban a por sus objetivos a los mandos de aviones sin apenas blindaje ni armas y ahogar la voz de su sentido común, la Luftwaffe ponía a funcionar a pleno rendimiento todo su aparato propagandístico. Mientras se dirigían hacia una muerte casi segura escuchaban por los transistores canciones marciales y una voz que insistía en la importancia de su misión.

"Era como un chute de opio, como una droga, apelaban a nuestra parte más sentimental para que no nos desviáramos del camino", rememoraba un superviviente.

Japoneses y alemanes no fueron los únicos en emprender misiones suicidas. La URSS hizo algo similar. Animó a sus pilotos a embestir los aviones de la Luftwaffe. Uno de los casos más célebres es el de Viktor Vasilievich Talalikhin, un piloto de combate conocido por la proeza que protagonizó entre la noche del 6 al 7 de agosto de 1941: al quedarse sin munición, el joven decidió estampar su caza Polikarpov I-16 de las Fuerzas de Defensa Aérea Soviética contra un bombardero alemán Heinkel HE 111.

Unos Polikarpov I-16.

Los dos aviones quedaron hechos trizas. A Talalikhin le alcanzaron las ametralladoras nazis, pero consiguió lanzarse en paracaídas a tiempo y aterrizar en un pequeño lago.

La filosofía es similar a la que propugnaban en Alemania Herrmann o Reitsch: a situaciones desesperadas, soluciones desesperadas. No todos los kamikazes iban sin embargo a los mandos de modernos cazas. Ni siquiera eran soldados. O personas. Hacia 1943 los soviéticos llegaron a entrenar perros para que (provistos con un chaleco cebado de trinitrotolueno, la famosa TNT), se arrastrasen bajo los Panzer enemigos.

El objetivo: que la carga explosiva que portaban los canes hiciera saltar a los acorazados en mil pedazos. Los nazis tenían hasta una enrevesada palabra para referirse a aquellos cánidos mortales: panzerabwehrhunde, los “perros antitanque”.

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