Por primera vez, el factor crítico podría no ser la superioridad estadounidense, sino la persistencia de un rival que todavía tiene suficientes misiles
Durante semanas, los mandos aliados no entendían por qué sus sistemas más avanzados no lograban interceptar todos los proyectiles que caían sobre las ciudades. La sorpresa fue mayúscula cuando comprobaron que, en plena Guerra del Golfo, bastaban unos pocos misiles Scud lanzados de forma irregular para obligar a desplegar enormes recursos defensivos y alterar el ritmo de toda una campaña militar.
Las matemáticas de los misiles. Tras semanas de guerra, el enfrentamiento en Oriente Medio ha dejado de ser solo una cuestión de capacidad militar y se ha convertido en un problema de inventarios concretos, con cifras que condicionan cualquier decisión futura.
Contaba la CNN a través del último análisis del CSIS que Estados Unidos ha consumido ya cerca del 45% de sus Precision Strike Missile, alrededor del 50% de los interceptores THAAD y Patriot, además de aproximadamente un 30% de sus Tomahawk y más del 20% de los JASSM. Dicho de otra forma, aunque estos niveles no impiden seguir operando a corto plazo, sí reducen significativamente la capacidad de sostener otro conflicto de alta intensidad en paralelo, especialmente frente a un adversario como Irán.
No es disparar, es reponer. La reposición de estos sistemas introduce un límite claro: la producción anual apenas alcanza unas 100 unidades de Tomahawk y menos de 500 de JASSM-ER, mientras que interceptores como SM-3 o SM-6 tienen ritmos aún más bajos.
Incluso con contratos para ampliar la producción, el plazo para recuperar los niveles previos oscila, según el Pentágono, entre tres y cinco años. En la práctica, esto significa que cada lanzamiento actual tiene un coste estratégico futuro, porque no existe una forma rápida de reemplazarlo en caso de escalada.
Irán mantiene el volumen. Frente a ese desgaste, analistas del propio Pentágono han asegurado que Irán conserva miles de misiles balísticos y de crucero, aunque muchos requieren reacondicionamiento o presentan fallos derivados de modificaciones apresuradas.
Plus: problemas en la estabilidad aerodinámica, desgaste de propelentes o cambios en los sistemas de guiado (como la transición hacia BeiDou tras interferencias en GPS) han reducido la precisión en algunos casos. Así todo, contaban que el volumen sigue siendo suficiente para mantener ritmos de lanzamiento durante semanas, lo que introduce un factor de saturación que complica cualquier defensa.
Defensas al límite. El impacto de esa presión ya se ha visto en el uso intensivo de interceptores, con sistemas como el David’s Sling o Arrow 3 operando cerca de niveles críticos. De hecho, contaban varios analistas que, en algunos escenarios, las reservas no permitirían sostener una defensa continua más allá de 72 a 96 horas sin reabastecimiento inmediato.
No es un dato baladí y, de hecho, cambiaría la lógica del conflicto, porque incluso con sistemas avanzados, una defensa prolongada depende directamente de la disponibilidad de interceptores, no solo de su eficacia.
Limitaciones operativas si se reanuda. Los datos que maneja Washington hablan de un escenario donde, si la guerra se reactivara, Estados Unidos contaría con unos 2.800 a 3.000 Tomahawk y poco más de 400 bombas guiadas de largo alcance, apoyadas por portaaviones y destructores, pero con restricciones claras tras el consumo previo.
Por ejemplo, el uso de municiones menos avanzadas como las JDAM implicaría mayor exposición de aeronaves a defensas enemigas. Además, aquí surgen factores logísticos como el combustible (con reservas europeas reducidas en torno a un 20%) que limitarían la duración de una campaña aérea intensiva.
El estrecho como presión añadida. En paralelo, Irán está demostrando de sobra capacidad para desafiar el bloqueo en el estrecho de Ormuz, manteniendo exportaciones mediante petroleros que evitan el control mediante apagado de transpondedores y rutas indirectas.
A pesar de interceptaciones y desvíos de más de 28 buques, decenas de cargueros y petroleros han logrado cruzar, lo que evidencia que el control marítimo no es absoluto y que Teherán conserva margen de maniobra económico y estratégico.
La gran incógnita. Si se quiere, el resultado de todos estos factores es un escenario muy distinto e inquietante para Washington, uno donde, tras semanas de consumo masivo, Estados Unidos entra en una posible reanudación con inventarios limitados, mientras que Irán, pese a sus fallos, sigue teniendo volumen suficiente para sostener lanzamientos.
Qué duda cabe, eso invierte al menos parcialmente la lógica habitual, porque el riesgo para Estados Unidos ya no es solo lo que puede lanzar, sino lo que Irán aún puede seguir lanzando día tras día en una segunda parte de la guerra donde el que dicta los misiles puede cambiar de nombre.
Imagen | National Museum of the U.S. Navy, Naval Surface Warriors, United States Missile Defense Agency
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