Green Bank, el remoto pueblo sin ondas en el que viven los "alérgicos" a la radiación electromagnética

Imagina vivir en un pueblo sin WiFi, sin WhatsApp.Donde nadie sabe qué es Instagram. Donde los platos para microondas no funcionan. Donde la biblioteca, el supermercado, pueden estar iluminados por lámparas de gas. Ningún fundamentalismo religioso apoya este modo de vida, sino una orden Estatal y 40 molestos vecinos.

Green Bank, en West Virginia, es un remoto pueblo de unos 100 o 120 habitantes. Todos se conocen por el nombre. Todos conducen camionetas. Era una zona pacífica y tranquila, característicamente identificable con eso que conocemos como América profunda.

Pero desde hace años conviven sin poder utilizar redes de Internet, Bluetooth o casi cualquier otra red inalámbrica común. El responsable es el gigantesco radiotelescopio, el más potente del mundo, que tienen en su Observatorio de Astronomía, una tecnología tan sensible a esas ondas que forman parte de nuestro día a día en las últimas décadas que el Gobierno tuvo que implantar un plan particular para forzar a estos reducidos ciudadanos a subsistir sin radiaciones electromagnéticas a un radio de varios kilómetros a la redonda.

Inicialmente la normativa no molestó demasiado a los vecinos, que ya estaban acostumbrados a vivir sin mucha tecnología moderna de todas formas, pero ganarse el calificativo de “National Radio Quiet Zone” ha sido, en la última década, un imán para vecinos estrafalarios y en muchos casos indeseados. A fecha de 2015 al menos 40 personas de todas partes de la nación se habían convertido en residentes de Green Bank en los últimos siete años.

Todos decían compartir una condición: la electrohipersensibilidad o EHS, por sus siglas en inglés.

Es muy probable que ya hayas leído sobre esta gente. O tal vez has visto la serie Better Call Saul y ya te has familiarizado con ellos gracias a la figura de Chuck. También nosotros hemos hablado anteriormente de ellos. En resumen, son personas que dicen tener una sensibilidad anormalmente alta a los aparatos electrónicos, especialmente si emiten ondas. La comunidad médica casi al completo ha negado en prácticamente todas las ocasiones la credibilidad de esta condición, pero sus síntomas, como recuerda la OMS, son muy reales y varían desde las simples cefaleas y la desorientación hasta los trastornos de tiroides o la inmovilidad casi absoluta.

Sus enemigos: las antenas telefónicas, los aparatos "smart", las lámparas halógenas o tu móvil.

Así que los greenbankers, después de que se declarase su región como libre o pseudolibre de ondas artificiales (investigadores del observatorio detectan con precisión si algún vecino del pueblo intenta conectar un router y le piden amablemente que lo apague), han recibido a una tropa de electrosensibles, al menos proporcionalmente. Se trata de una región empobrecida, sin demasiados empleos, opciones inmobiliarias u oferta de ocio y consumo, de ahí que sean sólo los enfermos más crónicos y los más determinados los que se hayan acercado aquí a vivir.

Vecinos (electro)sensibles que quieren llevar tu municipio a la oscuridad

Y a partir de aquí empiezan los problemas. Algunos locales, como el librero Arnie Stewart, intentaron tender puentes entre ambas comunidades, pero al ver la utopía ludita que palpitaba en su legislación, parte de esos nuevos residentes pedían más.

En una reunión municipal una recién llegada, Diane Schou, exigió al pueblo que reemplazase todas sus bombillas. Fue a la iglesia local y le dijo al pastor que desconectase sus micros inalámbricos. Al dueño del supermercado le dijo que quitase los fluorescentes. De entre todas ellas ganó una batalla: se le asignó una zona del centro de personas mayores donde podría cenar sin iluminación, pero para no "contaminarse" hizo una petición pública de que se le entregase la comida sin que ella tuviese que bajas a las comidas, como todos los demás.

Chuck, uno de los personajes de Better Call Saul.

Empezaron a circular rumores de que ella y otros estaban llamando a más autodenominados afectados por EHS del país para que se mudaran con ella allí, probablemente para, mediante la presión demográfica, cambiar las leyes del pueblo con respecto a las ondas a unas más estrictas.

Schou empezó a sufrir algunos desagradables percances. Le robaban la correspondencia. Le dejaron una marmota muerta en el buzón. Otra enferma, Deborah Cooney, alega que le pincharon los neumáticos en más de una ocasión y que la expulsaron de las reuniones.

Cooney tampoco es de las que se callen ante lo que considera injusticias: demandó por 120 millones de dólares a la Comisión de Servicios Públicos de California, donde vivía anteriormente, por permitir que sus vecinos utilizasen contadores "smart". Aunque el Estado ya no obliga a que se instalen, sino que sean de implantación voluntaria, a Cooney no le parece suficiente: "así no puedo protegerme del contador de la casa de mi vecino, a 20 metros de mi casa, ni de los 100 que tiene el banco en los apartamentos detrás de mi piso. La radiación no respeta los derechos de propiedad".

Es más que comprensible que para los afectados por este síndrome Green Zone sea muy importante, lo más parecido al paraíso en la Tierra, a un refugio seguro en esta era híper comunicada. El cambio de vida en algunos de ellos ha sido la diferencia entre vivir postergados en la cama y poder moverse con normalidad, así que continuaron insistiendo.

La disputa continuó escalando, pero para su desgracia los afectados por electrohipersensibilidad tienen un punto débil bastante obvio: los autóctonos empezaron a caminar por delante de las casas de los nuevos inquilinos llevando dispositivos electrónicos ocultos en sus ropas. Unos días sí, otros no, sin advertir a los afectados de si estaban siendo expuestos o no. Aunque, claro, puede que nunca lo hicieran. Que este complot sólo sean imaginaciones de unas personas con una dolencia con casi toda probabilidad psicosomática.

Los electrosensibles empezaron a difamar a los vecinos. Según los rumores del pueblo, un electrosensible se acercó a la biblioteca y llamó "paletos imbéciles" a todos los presentes. Entró en cólera y montó un espectáculo de gestos y gritos por todo el pueblo, hasta que llegó la policía del condado y la prohibió volver a entrar a distintos espacios de la ciudad.

Schou decidió entonces plantar la pipa de la paz. Reunió a la gente en una cita instructiva por que la comunidad aprendería en qué consiste su dolencia. La reunión salió mal, los vecinos empezaron a acusarse mutuamente de lo que habían hecho, y Schou terminó reprochándoles atacar a una enferma, a una "leprosa tecnológica".

Cuando la "alergia al Wifi" se convierte en causa de incapacidad laboral

Para los no científicos, es inútil que argumentemos la falsedad de esta dolencia. Nuestro sentido común nos dice que unas personas que creen estar siendo atacadas por la radiación del teléfono y no por los rayos del sol son mentirosos o estúpidos. Las evidencias indican que lo más probable es que el problema no exista. Y las respuestas de los fieles al EHS no ayudan: muchos argumentan una falacia similar a la religiosa, que no podemos demostrar que exista Dios, pero que tú tampoco puedes demostrar que no exista.

Otros van más allá y entran en el terreno de la conspiración: los Gobiernos, las empresas tecnológicas, no quieren que se sepa sobre esto.

Pero, y aquí viene el pero, es que sí es del todo cierto que esta condición se puede diagnosticar e identificar. Que existe gente que, efectivamente, cree sufrir y sufre por las ondas. Más gente aún cree en esta idea, como muchos en el pasado creían que la mujer podía destrozar su útero si viajaba a más de 70 kilómetros por hora (entre otras cosas que se temían cuando llegó el tren a nuestras vidas).

Según las últimas estimaciones, en California hay entre un 3 y un 5% de la población general que se considera electrosensible en algún grado. En países como Reino Unido o Suecia uecia crecen como setas. Suecia, de hecho, es uno de los pocos países que reconoce la electrosensibilidad como motivo de discapacidad, y el Gobierno se ha comprometido a ayudar a las víctimas a aislar sus hogares. Se estima que sufran este síndrome 290.000 personas.

Algunos colectivos se han llegado a organizar en países escandinavos intentando que el Estado les permita aislarse, pero se mantiene el derecho de los agricultores y pastores a usar tendidos eléctricos o móviles, con lo que no han ganado la batalla. En Francia, en Alemania y en España los tribunales también han reconocido en casos particulares la dolencia, lo que podría ser el inicio de su lucha por un mayor nivel de protección. Si lo recuerdas, Podemos pidió a la Comisión Europea el "reconocimiento integral de la electrohipersensibilidad".

El caso es que esta gente está ganando poco a poco legitimidad como tal, no por el hecho de ser víctimas de un efecto nocebo (sentirse peor sólo por la propia creencia de que algo te está haciendo daño) motivado inicialmente por el estrés. Sería darle a una patología no susceptible de apreciación objetiva un estatus que, según la evidencia científica actual, no le corresponde.

En cualquier caso, puede que el sueño rural de los electrosensibles norteamericanos esté cerca de su fin: la Fundación Nacional para la Ciencia está valorando cerrar el Observatorio de Astronomía de la Región, desconectar su radiotelescopio y, con ello, eliminar la prohibición del uso de redes inalámbricas. Malos tiempos para los que no acepten un mundo "smart".

Una versión anterior de este artículo fue publicada en junio de 2018. 

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