
Nadie sabe quién es el comprador, solo que es un empresario argentino que ha gastado 60 millones en el patrimonio de los Fierro
"Esto tiene que quedarse en la familia": así frenaron la venta del castillo en 2010 por 8 millones. Quince años después, lo han vendido por 10
En la desembocadura de la ría del Nalón, colgado sobre un acantilado fluvial, resiste uno de los edificios más lujosos de España: el Castillo de San Martín. Y hace pocas semanas, el mercado inmobiliario de ultralujo se anotó el hito cuando un empresario argentino pagó diez millones de euros en efectivo por la fortaleza.
El edificio domina desde hace siglos el estuario de Soto del Barco, un concejo asturiano de apenas 3.800 habitantes. Ha sido una operación de absoluto sigilo. Durante más de cien años, el recinto funcionó como residencia de verano privada de una de las dinastías más discretas del país. Camiones de mudanza lo vaciaron y retiraron el mobiliario de los antiguos dueños. El nuevo propietario mantiene su identidad en secreto, pero hay algunas pistas.
Los señores del carbón. La familia Fierro controló el castillo desde 1919. Ildefonso González-Fierro, patriarca del clan, lo compró mientras levantaba su imperio del carbón: San Esteban, la localidad vecina, se convirtió entonces en el primer puerto carbonero de España, y los Fierro monopolizaron su comercio y transporte naval. El patriarca convirtió el edificio militar en un palacio. El terreno suma 43.485 metros cuadrados amurallados. La vivienda principal, de una sola planta y 767 metros cuadrados, tiene 24 habitaciones y doce baños.
Rusos rechazados. Vender un castillo entero nunca resulta sencillo. En agosto de 2010, Yolanda Fierro, nieta del fundador, frenó en seco un intento de venta del castillo de San Martín: retiró el cartel que llevaba meses colgado en el muro y zanjó el asunto asegurando que “esto tiene que quedarse en la familia”. Poco después, un fondo de inversión ruso ofreció ocho millones por el conjunto.
La familia lo rechazó por bajo. Y tenía sus razones: en los años noventa, cuando se hizo la última gran reforma y se puso el ascensor, la escalera de caracol, se añadió una piscina cubierta con una Cruz de la Victoria tallada en el fondo, más "La Casona", un anexo de tres plantas con cuatro suites. A pocos metros, otro edificio de 530 metros cuadrados aloja cuatro apartamentos para invitados con garaje propio. La parcela incluye, además, un embarcadero privado directo al Cantábrico.
Quién es el argentino. Si bien la prensa asturiana destapó la operación y medios argentinos la replicaron después, como es habitual no hay más información del nuevo dueño. Lo único claro es el tamaño de su apetito inmobiliario: los registros muestran que el mismo empresario compró antes otra propiedad de los Fierro, una finca en Mallorca valorada en 50 millones de euros por la que no se ponían de acuerdo y siempre permanecía cerrada. Dos operaciones que suman 60 millones, ambas en efectivo, ambas con la misma familia vendedora.
Romanos, mazmorras y oro bajo tierra. El castillo vale más que sus muros reformados. Bajo los cimientos hay un yacimiento de valor incalculable: un castro de la Edad del Hierro, del siglo VIII antes de Cristo. Siglos después llegaron las legiones romanas, que ocuparon el punto para controlar el tráfico fluvial y la extracción de oro cercana. Varios expertos sitúan aquí Flavionavia, un asentamiento clásico cuya ubicación real todavía divide a los académicos. Al excavar la piscina de los Fierro, en los noventa, aparecieron tumbas de piedra, restos de fortificaciones romanas y enterramientos altomedievales.
La torre actual, de 120 metros cuadrados, se construyó entre los siglos XI y XIII para vigilar los ataques piratas normandos. Mantuvo guarnición militar hasta el siglo XVIII. La leyenda local añadió después al rey Paene, un monarca mitológico al que atribuyen una mezquita en lo alto de la roca, más mazmorras secretas, túneles de escape hacia el río y un tesoro de seis figuras de oro macizo enterrado en el lodo.
El final de una era. Ignacio Fierro, el hijo del patriarca que más disfrutó del castillo, murió en 2002. Desde entonces, el portón solo se abrió para escapadas familiares esporádicas. Ahora la propiedad cruza el Atlántico y queda por ver si el recinto recibe turistas o si sus nuevos dueños prefieren guardar, también, un silencio casi monacal ante uno de los enclaves históricamente más relevantes de la región.
Imágenes | Flickr (Pablo R. Alonso)
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