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"Desconecté mentalmente en ese mismo instante": los españoles que miran con nostalgia al Gran Apagón un año después

  • Psicólogos y ciudadanos abren el debate a un año del blackout: ¿Debería el Gobierno imponer un "Día del Reset" anual para curar nuestra adicción colectiva a las pantallas?

  • Del miedo a perderse algo (FOMO) a la paz de hablar con los vecinos del barrio: radiografía de una sociedad que confunde la productividad con el derecho al descanso

Alba Otero

Editora - Energía

Hoy hace exactamente un año que el zumbido constante de nuestra era se detuvo. El 28 de abril de 2025, los routers dejaron de parpadear, las pantallas se fundieron a negro y el país experimentó un apagón masivo. En un mundo donde nuestra existencia parece validarse únicamente a través de la hiperconexión, el instinto inicial fue el caos.

En 1984, George Orwell describía un Estado totalitario que lo controlaba todo a través de telepantallas que nunca se apagaban. Hoy, a un año del suceso, la ironía es palpable: la verdadera utopía podría ser que un Estado paternalista decidiera bajar los plomos a nivel nacional. Un reset forzoso y anual. No para oprimirnos, sino para salvarnos de nuestra propia adicción. Y es que, pasada la histeria inicial del apagón, un patrón extraño y silencioso comenzó a repetirse en miles de hogares y oficinas: la gente empezó a respirar.

El apagón polarizado: Del éxtasis rural al miedo por la nevera

Las reacciones ante la oscuridad del 28 de abril de 2025 fueron un fiel reflejo de nuestra sociedad. Para Belén, que teletrabaja en un pequeño pueblo de León, no hubo transición entre la luz y el apagón; su reacción fue de "alivio inmediato". En sus propias palabras: "Fue como si me regalaran un día libre por sorpresa; desconecté mentalmente en ese mismo instante". Sin la obligación de ser productiva digitalmente, sintió que se quitaba "un peso enorme de encima", aprovechando para dar un largo paseo donde "el tiempo fluía a su ritmo natural". Para ella, el mayor impacto fue notar cómo, al desaparecer el zumbido de fondo de los electrodomésticos, "el silencio se vuelve aún más denso y puro".

En el otro extremo de la balanza encontramos la pura dependencia urbana. En un sondeo rápido por grupos de WhatsApp, las respuestas de los usuarios al recordar el apagón no dejan lugar a dudas: "A mí me matas sin electricidad", confesaba una amiga. "Yo directamente ni puedo cocinar, tengo inducción y termo eléctrico", añadía otra.

Y entre la paz de la naturaleza y el colapso urbano, se sitúa el pragmatismo. Julio, mozo de almacén en Alicante, sintió alegría al principio: "Un rato de descanso del trabajo, guay", pero la incertidumbre no tardó en llegar. Su principal preocupación fue no poder contactar con su hija, su pareja y sus padres. Una vez comprobó que tenían cobertura suficiente para saber que estaban bien, la preocupación mutó hacia algo más terrenal: los alimentos del frigorífico. "Me puse a comprar pilas y velas, todo en efectivo porque no iba nada", relata. Sin embargo, su día terminó jugando a las cartas con sus compañeros y "hablando más de nuestras vidas que hay veces que hace falta".

Tampoco podemos olvidar a quienes ni siquiera pudieron parar. Juan Carlos, electricista en el aeropuerto, se define como "la resistencia". Para él y sus compañeros, la oficina siguió funcionando a pleno rendimiento gracias a los grupos electrógenos. "El corte prácticamente ni se nota, parpadea un poco la luz. Lo único que notamos fue que se cayó la red de teléfono. Ahí sí que nos dimos cuenta de la magnitud", explica.

La radiografía psicológica: Adictos en busca de dopamina

¿Qué nos dice clínicamente este "alivio" sobre nuestro nivel de estrés tecnológico? Alejandra de Pedro, psicóloga general sanitaria especializada en gestión emocional, nos ofrece una radiografía precisa. Aunque reconoce que hubo una minoría de perfil más "controlador, obsesivo y ansioso" que lo pasó mal por la incertidumbre, para la inmensa mayoría fue una experiencia muy grata. Y no fue una cuestión de estrés puntual: "No creo que las personas que disfrutaran estuvieran en un pico de trabajo inmenso. Lo que señala es la mala relación que tenemos con la tecnología; "casi todos tenemos problemas de adicción a las pantallas", sentencia.

"Nuestro cerebro no ha evolucionado a la misma velocidad que la sociedad", explica De Pedro. "Sigue siendo el cerebro de un cazador-recolector en constante búsqueda de estímulos novedosos. Te puedes pasar cinco horas en TikTok buscando pequeñas dosis de dopamina y nunca te quedas saciado". El apagón cortó de raíz esa sobreestimulación y, con ello, los síntomas clásicos del FOMO (miedo a perderse algo): los estados de hiperalerta y la ansiedad.

Al cesar la búsqueda de recompensas en el exterior, la gente practicó, sin saberlo, una atención plena (mindfulness) radical. Un retorno al "aquí y ahora" que la psicóloga ilustra de forma muy gráfica: "Nos permitió dar un paseo y hablar con personas del barrio, no conectando con un influencer que te está exponiendo su vida o con un amigo lejano por Instagram. Conectamos con el entorno inmediato, que es para lo que estamos programados".

Pero el hallazgo clínico más interesante es cómo el apagón eliminó la culpa. De Pedro lo resume con una metáfora demoledora: "Tenemos una relación transaccional con la productividad. Lo equiparo a la mala relación que algunas personas tienen con la comida y el ejercicio: como si por ser más productivos o limpiar toda la casa tuviéramos derecho a descansar. Como si una cosa desbloqueara la otra". Antes no te podías llevar el ordenador a casa, hoy un correo entra en tu espacio mental mientras vas en el metro. Cuando hay una fuerza externa (el apagón) que te impide trabajar, "ya no tienes que hacer el trabajo duro de enfrentarte a esa culpa. Tienes permiso".

El enfoque orwelliano: Un decreto ley para el descanso mental

Aquí es donde entra el debate más provocador: si somos incapaces de apagar el móvil voluntariamente, ¿necesitamos que nos fuercen a hacerlo?

Belén, desde su oasis leonés del que se niega a revelar el nombre para que no se arruine, lo tiene claro: "Totalmente. La gran mayoría de la gente está tan metida en la rueda que les cuesta muchísimo frenar. Estamos acostumbrados a un nivel de sobreestimulación tan alto que es necesario que nos fuercen a parar para darnos cuenta de lo que nos perdemos". Julio coincide en que "cada vez estamos más digitalizados" y solos es muy complicado.

Para la psicóloga Alejandra de Pedro, instaurar un "Fin de semana de apagón anual" sería una medida terapéutica brillante, fundamentada en el poder del grupo. "No basta con que tú te lo propongas de reto. La dificultad está a la hora de ser tú el que va a contracorriente. No es lo mismo tener que gestionar la culpa y el miedo a perderse cosas tú solo, que estar todos a una. Es como correr una carrera: es mucho más fácil correr con otras personas que correr solo". Además, recalca que el verdadero beneficio no solo estaría en esas 24 horas a oscuras, sino en que en los días posteriores "podríamos reflexionar mucho más acerca del uso que le damos a las redes sociales".

Si este "Día del Reset" llegara a ser oficial, requeriría reglas claras. Juan Carlos, el electricista, aporta la visión logística: "La clave es el aviso. Si avisan con tiempo, la gente iría mentalizada y sería un buen plan. Si te pilla de sopetón, es un caos". Julio aboga por la preparación preventiva, como tener lista "la típica mochila de 72 horas" para no depender del frigorífico, y asegurar que infraestructuras vitales como los hospitales cuenten con alternadores.

A nivel familiar, un apagón prolongado destaparía realidades incómodas. Al no poder huir hacia las pantallas, obligaría a los miembros a "separar lo que es una urgencia real de una urgencia psicológica ('necesito hablar contigo ahora mismo')", advierte De Pedro. Aunque sacaría a la luz dinámicas disfuncionales y causaría fricción, a largo plazo sería "bastante terapéutico".

Para quienes quieran replicar esa paz sin esperar a que el Gobierno baje los plomos, la experta recomienda instaurar "micro-apagones" imitando ese efecto comunidad: crear grupos de WhatsApp donde el reto sea registrar menos horas de pantalla (y el que pierda, paga la cuenta) o establecer normas familiares férreas que los padres también cumplan, como instaurar momentos de "cero móviles" desde que se llega del trabajo hasta la hora de cenar.

El inevitable regreso del ruido

Aquel 28 de abril de 2025, la luz terminó volviendo. Para Julio, el pitido de su nevera al arrancar fue el mejor de los sonidos: la confirmación de que sus alimentos estaban a salvo. Para Belén, en cambio, la avalancha de notificaciones al encenderse el router solo le provocó un pensamiento: "Qué pereza, ya estamos otra vez con el ruido. Te das cuenta de lo verdaderamente invasivo que es el mundo digital cuando llevas unas horas en silencio total".

Hoy se cumple un año de aquel respiro accidental. Y mientras esperamos a que a algún Ministerio se le ocurra decretar un apagón general por nuestro propio bien mental, la decisión vuelve a ser individual. Hoy es 28 de abril: ¿serás capaz de apagar el router por voluntad propia, o seguirás esperando a que el sistema vuelva a fallar para concederte el permiso de no hacer absolutamente nada?

Imagen | Photo by Claudio Schwarz on Unsplash

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