Del cinturón rojo al cinturón naranja: así se ha adueñado Ciudadanos de los barrios obreros catalanes

Se acabó: la temporada 2017 de Procés, el thriller político más apasionante, imaginativo y revirado de la última década, ha llegado a su fin. Los arcos de todos los personajes confluyeron finalmente en un capítulo de cierre, las elecciones autonómicas, que depararon el mismo estado de las cosas de siempre: mayoría independentista en el Parlament, mayoría unionista en las urnas. Vericuetos del sistema electoral.

Lo que pueda pasar a partir de ahora es impredecible, uan vez más, reflejando el enorme talento de sus guionistas, maestros en materia de cambiarlo todo para que todo siga igual. Junts per Catalunya ha logrado colocar a Puigdemont, exiliado en Bruselas, como renovado líder de la causa independentista, relegando a Junqueras a un segundo plano. Y en el plano constitucionalista, Inés Arrimadas ha ganado las elecciones. Ciudadanos es ya la fuerza más votada de Cataluña.

Aunque el éxito electoral le resultará insuficiente para acceder al Palau de la Generalitat, el triunfo de Arrimadas revela un profundo cambio en las dinámicas de voto en Cataluña. Uno cimentado en los barrios obreros del cinturón industrial de Barcelona, pero también diseminado a lo largo de la costa barcelonesa y tarraconense. La historia de Cs en 2017 es, en gran medida, la derrota del PSC en sus tradicionales feudos. La transición del "cinturón rojo" al "cinturón naranja".

Un socialismo arrasado sin voto de clase

Los datos no engañan, y se reflejan con sencillez en dos mapas. El primero es el provincial: si Girona y Lleida han caído de nuevo en las manos del partido anteriormente conocido como CiU, refundado bajo tantas marcas electorales de cuyo rastro no queda ni el color corporativo, Tarragona y Barcelona se los he llevado Ciudadanos. La novedad no reside en la no-hegemonía independentista, sino en el color de las provincias del "sur": ya no son rojas, sino naranjas.

A la izquierda, el mapa provincial. A la derecha, el comarcal. En naranja, todas las zonas donde Ciudadanos ha sido la primera fuerza política.

Antaño, Barcelona y Tarragona eran los feudos tradicionales del PSC, el partido que logró gobernar Cataluña durante dos legislaturas consecutivas y acabar con el largo encadenado de gobiernos convergentes. Lo hizo primero con Maragall y después con Montilla, en ambos casos con coaliciones de gobierno, y en ambos casos ganando músculos en los territorios de la Cataluña Nueva, en torno a las tierras del Ebro, menos atraídas por la causa nacionalista, y en torno al gigantesco cinturón obrero de la Barcelona post-industrial.

Esta era la auténtica seña de identidad del PSC en Cataluña, la base de su éxito y parte del triunfo electoral que cosechó Zapatero durante dos legislaturas consecutivas en España.

Pasear por Cornellà, por Hospitalet, por Viladecans, El Prat, Santa Coloma de Gramanet o Sant Feliu implicaba hacerlo por barrios eminentemente trabajadores, de renta baja, inmigrantes o hijos de inmigrantes de otras zona de España, castellanoparlantes y menos permeables a la influencia de los partidos nacionalistas. Vestigios de una Cataluña que, necesitada a mediados del siglo XX de mano de obra barata, observó cómo decenas de miles de trabajadores de otras partes de España llegaban a su periferia.

Todo esto antes era rojo.

Aquella periferia obrera hoy sigue siendo un coto vedado a la hegemonía independentista, y el principal escollo para su plena victoria política. Lo vimos a cuenta de las manifestaciones y protestas de octubre: mientras en los barrios céntricos y de clase media de Barcelona las caceroladas se hacían cuando Mariano Rajoy aparecía por la tele, en los bloques de pisos infinitos de Hospitalet y Santa Coloma el alboroto se formaba cuando Puigdemont aparecía en TV3. Era una Cataluña menos ruidosa, pero existente.

Durante años, el PSC controló la periferia barcelonesa. Lo hizo con la naturalidad con la que el resto del PSOE se había ganado a las clases obreras urbanas, que no rurales, del resto de España. Trabajadores de cuello azul con poco nivel educativo, asalariados fijos en grandes empresas manufactureras, cuya renta era más baja a nivel comparado. Un granero de votos natural a un partido de raíces obreras y marxistas como el socialista, y un pulmón electoral para el PSC y para el PSOE. Ganar España desde la izquierda pasaba sí o sí por el cinturón rojo de Barcelona.

Ciudadanos, el triunfo del dilema territorial

Hoy la historia es muy distinta. Ciudadanos ya superó al PSC en las pasadas elecciones de 2015, configurándose como la primera fuerza política constitucionalista y ganando terreno en los barrios castellanohablantes. En 2017, el estancamiento socialista ha sido pleno, y la proyección de Arrimadas gigantesca. El mapa electoral dibuja un cinturón ya naranja donde es complejo encontrar barrios o municipios obreros, de mayoría castellanoparlante, donde Ciudadanos no salga victoriosa. En todos ellos, la segunda fuerza es el PSC, desbancada.

Son muchos los factores que ayudan a comprender el giro, explicado aquí, a priori irrelevante en el plano territorial (siguen siendo municipios unionistas), pero dramático en clave ideológica: ya no es un partido de centro-izquierda el que gana el voto obrero en Cataluña, la región más industrializada de España; ahora es un partido de centro-derecha, liberal, quien arrasa en la periferia trabajadora.

Evolución del voto en los municipios del cinturón obrero. La caída del PSC se corresponde con una ganancia de Ciudadanos. (Martín Madridejos)

El primero, claro, es la cuestión independentista: el clima político catalán lleva polarizado cinco largos años en torno a dos líneas clave, o a favor de la independencia o en contra. Sólo un partido intenta romper el marco, En Comú-Podem, con un magro resultado (Domènech ha perdido tres escaños respecto a los resultados de la formación en 2015). El voto no se rige tanto por una cuestión de ideología clásica (izquierda-derecha) como de pertenencia (unionista-independentista).

En este contexto, los votantes obreros de Hospitalet y alrededores han cambiado su sino. Ya no importa que el PSC sea un partido con políticas más benevolentes para las rentas más bajas y los trabajadores manuales, importa quién defiende mejor las posturas unionistas. Y aquí Ciudadanos, un partido fundado en una oposición frontal a los partidos nacionalistas catalanes, tiene todas las de ganar: sus posturas en torno al 155 y al castigo del estado han sido siempre más duras y menos conciliadoras que las del PSC. Su carácter "españolista" dentro de Cataluña ha sido más grave.

Esto le ha permitido configurarse como el partido de la clase trabajadora catalana, ganando los barrios clave de Barcelona y extendiendo su encanto a Tarragona, ¡Lleida ciudad! y el Valle de Arán, comarca de tradicional carácter socialista. La victoria de Cs es transversal en la geografía. No es un voto de clase: allá donde se encuentre un contrario a la independencia, Ciudadanos se dirige a él. Anulado el eje ideológico, Arrimadas ha sido la líder que mejor ha sabido escenificar su batalla contra el independentismo.

Inés Arrimadas fue la gran vencedora de la noche. (GTRES)

Esta reconfiguración del mapa, fruto de la polarización del debate catalán, se ha unido a la decadencia general del PSOE en toda España y del socialismo en toda Europa. Los partidos tradicionalmente socialdemócratas andan de capa caída por doquier, un desgaste originado por su incapacidad para gestionar la crisis económica y para desviarse de los programas económicos (que no sociales) de la derecha. La crisis socialdemócrata se llevó por delante los gobiernos del PSC, de por sí frágiles, y condenaron a una larga reflexión al partido.

En paralelo, el PSOE perdió su encanto como partido de masas en España. Su indecisión a la hora de configurar un proyecto coherente de país y la pérdida masiva del voto joven movilizaron a una parte de su electorado a la nueva competencia, Podemos, capaz de ganar las elecciones generales en Cataluña. El PSC/PSOE ya no era atractivo, tenía demasiadas cargas, había decepcionado demasiado. Esto generó un vacío que Cs ha aprovechado en plena cuestión territorial.

Y de ahí, al cinturón naranja: Ciudadanos se propulsa a través de él para ser el partido mayoritario de Cataluña y para franquear la barrera del millón de votos, hito de la formación y única capaz de lograrlo en estas elecciones. Arrimadas no será presidenta, pero ya ha conseguido algo que Rivera jamás podía soñar cuando obtuvo tres escaños en 2010: reventar por los aires el fortísimo cinturón rojo de Barcelona. Convertirlo naranja en menos de diez años.

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