Blood Falls, el extraño fenómeno por el que la Antártida vomita "cataratas de sangre"

Una versión anterior de este artículo se publicó en 2017.

Observadas a primera vista, las cataratas de sangre del glaciar Taylor, en la Antártida Oriental, se asemejan a un animal gigantesco destripándose. Un extraño y perturbador líquido rojo, de tonalidad muy similar a la sangre, brota del interior del hielo y se desparrama sobre el océano dejando a su rastro un intenso reguero de heridas metafóricas, de cicatrices sobre la piel de la bestia.

La imagen es impactante y ha causado toda clase de fascinaciones en la imaginación de miles de personas que la han podido observar a escasos metros. Descubiertas en 1903 por Griffith Taylor, el explorador que da nombre al valle y al glaciar donde tienen lugar, su origen y su carácter único han sido un repetido quebradero de cabeza para científicos de toda condición. Durante décadas, fueron muchos los que trataron de encontrar una respuesta a un fenómeno tan aparentemente inexplicable.

La encontraron hace algunos años, en un estudio publicado por el Journal of Glaciology. La investigación puso punto y final al largo serial de interrogantes abiertos por las cataratas de sangre. Y si bien su respuesta es impecablemente científica y poco metafórica, no deja de resultar fascinante.

Empecemos por lo primordial: casi todos los glaciares están congelados en su lecho. Esto puede parecer una obviedad inherente a los glaciares de la Antártida, la masa de hielo más notable del planeta, pero no lo es. El glaciar Taylor es uno de los pocos cuyo reposo no se asienta sobre aún más hielo, sino sobre una bolsa de agua recóndita y de tamaño aún por definir. Lo particular de este hecho reside en su salinidad, elevadísima.

(Commons)

Y la sal es clave. Dado que requiere de temperaturas mucho más bajas que el agua para congelarse (y de ahí que se esparza sal sobre las carreteras durante el invierno), el acuífero, muy salado, ha podido sobrevivir en estado líquido bajo la gruesa capa del glaciar. La existencia de la bolsa salina se conocía desde hacía algunos años, pero no de la densa red de ríos y pequeñas lagunas subterréneas sobre la que se asienta el glaciar.

Resulta que la sal, cuando se congela, libera calor, y que ese calor ha permitido fundir parte del hielo subterráneo de esta parte de la Antártida para crear una llamativa conexión de ríos y bolsas de agua más pequeñas a través de los cuales fluye el agua líquida. Como resultado, el Taylor es el glaciar de la Tierra a menor temperatura capaz de mantener flujos de agua en su interior. Un agua que, para colmo de hechos extraordinarios, no está sola.

Todo se lo debemos al hierro

Hasta ahora, la historia sólo explica por qué un glaciar vierte agua sobre el océano cuando en teoría debería estar congelada. Pero no resuelve el misterio de su intenso, perturbador color rojo. En este caso, la clave la da el hierro: el agua no congelada, además de muy rica en sales, también es muy prolífica en iones ferrosos. Cuando son expulsados a la superficie vía el rico fluir del agua, entran en contacto con el oxígeno y se oxidan automáticamente.

El resultado es el color rojizo, casi granate, del agua salina y ferrosa encapsulada bajo el glaciar, cuya expulsión a la superficie y finalmente a las aguas oceánicas se explica por la presión constante que el glaciar somete sobre el singular acuífero.

Avistado por primera vez en 1911, hace 103 años, las explicaciones originales a tan extraordinario fenómeno fueron de los más variopintas. Durante largas décadas, de hecho, la teoría más extendida es que la colorización del agua se debía a algún tipo de alga rojiza que se mezclaba con el hielo. Investigaciones posteriores echaron por tierra dichas teorías, pero no fue hasta el siglo XXI hasta que se concretó nuestro conocimiento sobre la bolsa de agua.

De forma paralela, los científicos descubrieron que el agua sangrante contenía una rarísima comunidad de bacterias autotróficas cuyo origen podía remontarse a más de 5 millones de años atrás en el tiempo. Se han datado hasta 17 tipos de bacteria distintos que perviven bajo el glaciar en condiciones extremas que en nada se parecen a las desarrolladas por otras formas de vida a lo largo de la Tierra.

Algo de perspectiva.

En la oscuridad, sin oxígeno y aisladas, las bacterias pueden servir como excelente espejo de las precarias condiciones de vida de los primeros organismos terrestres cuando el oxígeno aún era un bien escaso en el interior del planeta. Al permanecer aislada sin tan preciado elemento, la comunidad microbiótica ha aprendido a sobrevivir a través de sulfatos e iones férricos que le permiten metabolizar la materia orgánica atrapada. A falta de oxígeno, hierro.

Las bacterias han servido para avivar viejas teorías sobre una posible glaciación global en las que, millones de años atrás, la Tierra habría estado cubierta de hielo hasta latitudes tan cálidas hoy como los trópicos. Los primitivos ecosistemas de entonces sólo habrían encontrado refugio vital bajo océanos cubiertos de hielo como la muestra a pequeña escala del glaciar Taylor.

Un viaje hacia el inicio (literal de los tiempos) o una metáfora vistosa y carnosa de cómo el planeta se está desangrando, ya sea a través de inundaciones o del deshielo de la propia Antártida, lo cierto es que las Cataratas de Sangre son uno de los rincones naturales más morbosos y fascinantes que existen en el planeta.

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