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Al cobrar impuestos por cada puerta y ventana abierta durante 126 años, Francia empujó a los ciudadanos a transformar sus casas de una manera que aún hoy es visible

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La historia dejó una lección: una decisión tributaria puede alterar el aspecto de las ciudades mucho después de que desaparezca la ley que la provocó

Miguel Jorge

Editor

Durante más de un siglo, Francia convirtió algo tan cotidiano como abrir una ventana en una cuestión fiscal. En 1798, el Estado decidió cobrar impuestos por cada puerta y ventana de las viviendas, desencadenando una reacción inesperada: propietarios que tapiaron huecos, eliminaron elementos arquitectónicos y modificaron sus casas para pagar menos. La medida sobrevivió 126 años y dejó una herencia extraordinaria: algunas de aquellas decisiones tomadas para escapar de Hacienda todavía pueden reconocerse en las fachadas francesas.

Un impuesto que cambió las casas. La historia comenzó el 24 de noviembre de 1798, cuando el Directorio francés aprobó una contribución sobre las puertas y ventanas de los edificios. Lo que inicialmente se planteó como un tributo anual terminó prolongándose durante casi 127 años, hasta su desaparición efectiva en 1926. 

Durante todo ese tiempo, el número de aberturas de una vivienda influyó en lo que pagaban sus propietarios, creando un incentivo económico para transformar físicamente los inmuebles. El resultado fue una intervención indirecta del Estado en la arquitectura doméstica, cuyas huellas siguen presentes en determinadas calles y edificios históricos.

Contar ventanas desde la calle. El impuesto fue impulsado por Dominique Ramel, ministro de Finanzas del Directorio, en un contexto de graves dificultades económicas posteriores a la Revolución francesa. Su funcionamiento era sencillo: los recaudadores contabilizaban las puertas y ventanas que daban a calles, patios o jardines, utilizando elementos visibles como indicadores de riqueza. 

Según las tarifas iniciales recogidas por los registros históricos, cada abertura podía costar 0,20 francos en municipios de menos de 5.000 habitantes y 0,60 francos en ciudades de al menos 100.000 habitantes. Las puertas cocheras y las de los comercios soportaban una tributación doble. El sistema permitía calcular el gravamen sin entrar en las viviendas, respetando formalmente la privacidad de sus ocupantes.

Ejemplo de edificio con ventanas tapiadas para limitar el impuesto sobre puertas y ventanas

La arquitectura contra Hacienda. Como era de esperar, los propietarios encontraron distintas maneras de reducir la factura, algunas de ellas tan surrealistas como levantar muros donde antes había ventanas. Las tradicionales ventanas renacentistas divididas por parteluces también sufrieron modificaciones, porque determinadas configuraciones podían contabilizarse como varias aberturas y encarecer el impuesto. Eliminar esas divisiones permitía reducir la cantidad gravada.

Algo parecido ocurrió con las grandes puertas cocheras, que algunos propietarios sustituyeron por accesos ordinarios. En Montmort-Lucy, en el departamento de Marne, se conserva un ejemplo de esa transformación. También aparecieron falsas ventanas pintadas o representadas mediante trampantojos para mantener la simetría de las fachadas sin añadir nuevas aberturas sujetas al tributo.

El precio de la luz natural. No solo eso. Las consecuencias llegaron también al interior de los edificios. Reducir el número o el tamaño de las ventanas significaba limitar la entrada de luz solar y dificultar la circulación del aire, especialmente en las viviendas más modestas. El impuesto terminó ganándose el sobrenombre de "tributo sobre el aire y la luz", y recibió críticas de quienes denunciaban sus efectos sobre la higiene y la salud pública. 

La legislación contemplaba algunas excepciones: graneros, establos, bodegas y otras construcciones no destinadas a vivienda quedaban exentos, al igual que determinadas aberturas pequeñas, como tragaluces y respiraderos. Estas diferencias fiscales pudieron influir en las soluciones arquitectónicas elegidas para iluminar ciertos espacios.

Una idea con antecedentes. Francia había tomado como referencia la Window Tax británica, introducida en Inglaterra y Gales en 1696, que también utilizaba las ventanas como indicador de la capacidad económica de los propietarios. El principio respondía a una preocupación característica de la fiscalidad de aquella época: encontrar señales exteriores de riqueza que permitieran establecer impuestos sin conocer los ingresos reales de cada ciudadano. 

En Francia, la contribución pasó a formar parte de los cuatro grandes impuestos directos heredados de la Revolución, conocidos posteriormente como las quatre vieilles. Aquella reforma pretendía extender las obligaciones fiscales bajo el principio de igualdad tributaria, aunque sus consecuencias prácticas terminaron siendo muy diferentes según las características de cada inmueble.

El final de una anomalía. Las críticas de los movimientos higienistas, el desarrollo de nuevas formas de tributación y el solapamiento con otros impuestos inmobiliarios fueron debilitando la justificación de la medida. Finalmente, la ley del 19 de julio de 1925 estableció su supresión, efectiva en 1926, cuando la contribución apenas generaba unos 60 millones de francos anuales. Francia cerraba así un capítulo fiscal iniciado durante el Directorio, mientras consolidaba un sistema tributario en el que el impuesto sobre la renta había adquirido un papel creciente desde 1914. 

Hoy, las ventanas tapiadas que todavía se observan en algunas fachadas recuerdan aquella época. Si se quiere también, la historia dejó una lección particularmente visible: que una decisión tributaria puede alterar el aspecto de las ciudades mucho después de que desaparezca la ley que la provocó.

Imagen | Daniel Villafruela, Tangopaso, Whilesteps 

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