
O cómo sus habitantes fueron capaces de generar montañas de 150 millones de toneladas de basura
Durante más de medio siglo, una parte de Nueva York hizo algo difícil de imaginar desde Manhattan: convirtió la basura doméstica de millones de personas en auténticas montañas. Fresh Kills recibió hasta 29.000 toneladas de residuos al día y terminó acumulando unos 150 millones de toneladas sobre 8,9 km² de Staten Island. Ahora la ciudad está ejecutando el giro completo: sellar esas colinas, cubrirlas de praderas y convertir el antiguo vertedero en algo tres veces mayor que Central Park.
Medio siglo de montañas de basura. Fresh Kills no nació con la intención de convertirse en semejante monstruo. En 1948, Nueva York comenzó a utilizar unas marismas y terrenos húmedos de Staten Island como vertedero temporal, dentro de los planes del poderoso urbanista Robert Moses, que contemplaba rellenar el terreno para permitir posteriormente otros desarrollos.
Lo temporal se convirtió en permanente: en 1955 ya era considerado el mayor vertedero del mundo y, con el cierre progresivo de otros depósitos de la ciudad, Fresh Kills acabó absorbiendo prácticamente toda la basura residencial neoyorquina. En su momento culminante, entre 1986 y 1987, entraban hasta 29.000 toneladas cada día.
Cuatro colinas artificiales. Fresh Kills terminó funcionando durante 53 años, hasta que la última barcaza ordinaria cargada de residuos llegó el 22 de marzo de 2001. Para entonces, generaciones de basura habían creado cuatro enormes montículos sobre un complejo de 8,9 km².
En total quedaron enterradas aproximadamente 150 millones de toneladas de residuos sólidos, hasta el punto de que, de haber continuado creciendo, Fresh Kills podría haber terminado convirtiéndose en uno de los puntos más elevados de la costa este estadounidense. Las suaves colinas que hoy permiten contemplar incluso el skyline de Manhattan no son accidentes geográficos: debajo está la basura producida por décadas de vida neoyorquina.
Cerrar el vertedero. Transformar semejante lugar en un parque exigía aislar físicamente esas montañas del mundo exterior. Los residuos fueron compactados y modelados para formar las actuales colinas y posteriormente cubiertos mediante un complejo sistema de capas: suelo nivelado, sistemas para evacuar gases, barreras impermeables, drenaje, más de medio metro de tierra protectora y finalmente suelo donde pueda crecer la vegetación.
Bajo ese paisaje continúa funcionando una infraestructura invisible destinada a controlar lo que produce la basura al descomponerse, con tuberías para lixiviados y gases y 238 pozos de monitorización de aguas subterráneas. La basura no desaparece: el parque funciona, esencialmente, como una gigantesca cubierta diseñada para mantenerla aislada.
La montaña sigue produciendo gas. La materia orgánica enterrada continúa descomponiéndose y generando metano, así que Fresh Kills terminó funcionando también como una peculiar fuente de energía. En 2018 se recogían alrededor de tres millones de pies cúbicos diarios de gas del vertedero, que tras ser procesados proporcionaban aproximadamente 1,5 millones de pies cúbicos de metano comercializable.
El gas se ha vendido a National Grid para cocinar y calentar viviendas de Staten Island, aunque su producción irá disminuyendo inevitablemente conforme se agote la materia orgánica enterrada. Es una de las paradojas de Fresh Kills: incluso décadas después de ser arrojada, la basura de Nueva York continúa teniendo una vida química bajo las praderas.
Y llegó el 11-S. El episodio más delicado de su historia comenzó poco después de recibir aquella última barcaza. Tras los atentados contra el World Trade Center, el vertedero fue reabierto para recibir aproximadamente 1,4 millones de toneladas de materiales procedentes de Ground Zero, trasladados allí en camiones y barcazas. Durante diez meses se trabajó las 24 horas para examinar minuciosamente aquellos restos en busca de efectos personales, pruebas y restos humanos.
Finalmente, parte del material quedó depositado en una zona de unos 194.000 m² del West Mound que no volverá a ser alterada. El lugar que durante décadas había recibido los desperdicios cotidianos de Nueva York pasó así a contener también restos físicos y humanos de uno de los acontecimientos más traumáticos de su historia, para los que está previsto un memorial.
Lo que nadie podía esperar. Al sellarse las montañas y desaparecer camiones, excavadoras y toneladas diarias de basura, las praderas comenzaron a atraer nuevamente vida. Aproximadamente la mitad de Fresh Kills es hoy pastizal, con especies autóctonas introducidas durante la restauración, y al lugar han regresado aves, pequeños mamíferos e incluso ciervos de cola blanca. Uno de los casos más llamativos ocurrió en 2020, cuando investigadores encontraron tres parejas reproductoras de sedge wren, una especie amenazada que no criaba en ninguno de los cinco distritos de Nueva York desde 1960.
Después también han aparecido saltamontes gorriones, bobolinks y praderos orientales. Lo que durante décadas fue uno de los paisajes artificiales más degradados de la ciudad está proporcionando ahora algo cada vez más escaso en el estado de Nueva York: grandes extensiones relativamente tranquilas de pradera.
Un parque monumental. La transformación se está realizando desde los bordes hacia el interior y por fases. En octubre de 2023 se abrieron 85.000 m² dentro de la antigua huella del vertedero, con senderos, un mirador sobre los humedales y una torre para observar aves. El desarrollo completo se proyecta actualmente hacia 2036.
Cuando termine, Freshkills Park ocupará unos 8,9 km² y será prácticamente tres veces mayor que Central Park, con senderos, zonas naturales, humedales, instalaciones recreativas y espacios para bicicletas y actividades acuáticas.
Aunque probablemente la imagen más poderosa seguirá siendo invisible: cada persona que camine por aquellas praderas estará haciéndolo sobre cuatro colinas que Nueva York tardó 53 años y unos 150 millones de toneladas de basura en construir.
Imagen | Wikimedia, U.S. National Archives and Records Administration
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