¿1,5 millones vs. 250.000 personas? Guía completa para no cuñadear sobre la inauguración de Trump

"Esta ha sido la mayor audiencia que jamás haya asistido a una inauguración, punto, tanto en persona como alrededor del mundo".

Las palabras pertenecen a Sean Spicer, el nuevo secretario de prensa de la Casa Blanca, en alusión al número de asistentes que acudieron a Washington D.C. para disfrutar de la toma de posesión de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos. Frente a él, la prensa del país, enseñando fotos de las graderías vacías, de explanadas a medio llenar de asistentes. ¿Pero quién tiene razón?

Dado que es posible que el debate haya llegado a tu TL o a tus grupos de WhatsApp, aquí va una pequeña guía.

Primero, es imposible saber cuánta gente hubo

Cada toma de posesión de un presidente estadounidense es todo un acontecimiento: como jefe de estado, el país vuelca su atención en el evento, y muchas personas deciden acudir al Capitolio de Estados Unidos a presenciar el acontecimiento en persona. La mayor parte de ellas se reparten en el National Mall, el gigantesco parque-explanada frente al emblemático edificio.

De modo que sería relativamente sencillo saber cuánta gente hubo en la inauguración de Trump (y otras): preguntar al National Park Service, el organismo nacional encargado de preservar y proteger los monumentos nacionales del país.

Una multitud congregada en el National Mall el sábado, con motivo de la #WomenMarch, celebrada el día posterior a la inauguración de Donald Trump. Tampoco sabemos cuánta gente exactamente se reunió aquí. (Lucas Jackson/AP Photo)

Pero hay un problema: pese a que el NPS puede saber cuánta gente ha entrado al National Mall, se niega a difundir sus cifras. ¿Por qué? Solía hacerlo, pero una fuerte polémica (con denuncia civil incluida) a raíz de la Million Man March, una gigantesca manifestación por los derechos de los afroamericanos en 1995, provocó que rehusara publicar datos de asistencia en eventos multitudinarios para siempre. Así que sí: es virtualmente imposible saber cuánta gente, exactamente, hubo en Washington el viernes.

Pero sí es posible estimar con exactitud

Claro que la ausencia de cifras oficiales no impide que los medios se lancen a estimar. De forma más o menos exacta. En general, a día de hoy, es fácil saber cuánta gente más o menos acudió a un lugar concreto en un momento determinado. Politifact ha recopilado el número de asistentes estimados en las últimas grandes inauguraciones presidenciales estadounidenses:

Ok, ¿entonces cuánta gente fue a ver a Trump?

Es el gran debate de los últimos días. La administración de Trump, con Spicer a la cabeza, dice que no se ha visto nada igual en la historia de la humanidad. La prensa le dice que no tiene razón. Oh, dilema imposible de resolver.

Trump y Spicer se agarran a la ausencia de cifras: el primero afirma que, desde su posición en el Capitolio, debía haber más de un millón de personas. Spicer mostró imágenes tomadas desde la posición de Trump y del resto de personalidades invitadas a la ceremonia. Con una fotografía a baja altura y anulando la perspectiva, el resultado es, en efecto, espectacular: parece que hubo mucha gente viendo la toma de Trump el viernes.

Georges de Kerlee/Upi.

Casi tanta como viendo la de Obama en 2013.

Rob Carr/AP Photo.

Pero en casos así, la perspectiva lo es todo, y las comparaciones son más útiles desde el otro lado del National Mall. Así llegamos a las fotografías replicadas en prensa por doquier: la del número de gente viendo a Obama 45 minutos antes de su toma de posesión y la del número de gente viendo a Trump a la misma hora, en el mismo momento, en el mismo lugar. Son imágenes difícilmente discutibles y dejan en mal lugar a Trump: el National Mall está medio vacío.

A la izquierda, Trump. A la derecha, Obama.

Las estimaciones de algunos medios hablan de 250.000 personas, muy lejos del récord histórico de Obama en 2009.

¿Y por qué hubo tan poca gente viendo a Trump?

No es sólo el National Mall. Cuando Mike Pence dio un paseo triunfal por las calles aledañas, descubrió que no había prácticamente nadie en las gradas.

Hay varios motivos que pueden explicar la ausencia de gente en comparación a la inauguración de otros presidentes. La primera, el tiempo: Washington D.C. disfrutaba de un día nublado y parcialmente lluvioso, muy frío, que pudo recluir a muchos simpatizantes en sus casas. La segunda, el día de la semana: era viernes, laborable (aunque este punto es discutible: el récord de Obama se dio en un martes). La tercera, el lugar: Washington D.C.

La ciudad votó masivamente por Hillary Clinton. Trump sólo recibió un 4% de los votos en las pasadas presidenciales. Es un feudo demócrata repleto de población afroamericana y minorías latinas, además de clases blancas urbanas y progresistas, que hace virtualmente imposible que un republicano se imponga frente a su rival demócrata. Trump, además, fue un candidato particularmente rechazado por el votante afroamericano. En una ciudad de mayoría negra, lo raro hubiera sido que el National Mall estuviera lleno.

Trump tomando posesión como presidente de los Estados Unidos en Washington es el equivalente a Barack Obama haciendo lo propio en algún punto indeterminado de Nebraska o Kansas.

Ok. ¿Y por qué se supone que me tiene que importar esto?

Porque llevamos tres días hablando del número de asistentes a una manifestación, cosa familiar en la vida política española, y porque a priori parece un debate absurdo. Hay dos versiones. Una es falsa. Punto.

Pero es algo más complejo. Trump está utilizando la confrontación por el número de gente que acudió a su inauguración como forma de marcar su propia agenda contra los medios: como cuenta una de sus portavoces aquí, para desesperación del presentador de NBC, los medios "mienten", son "deshonestos" y se están posicionando en contra de Trump antes de que haga nada como presidente. No son fiables. Trump busca desacreditarlos en el primer asalto.

La prensa, por su parte, ha olido sangre y encuentra en Trump el irresistible objeto de toda suerte de críticas. La negativa de su equipo a asumir que los hechos falsos son falsos y no "hechos alternativos" relativiza la verdad y presenta realidades siempre ambiguas, ante las que es imposible conocer exactamente los hechos, confundiendo al votante. Es la post-verdad: la profundización de las dinámicas de campaña y el ejemplo de todo lo que está por venir.

En este debate sobre la audiencia de su toma de posesión, importa la tendencia, y no augura nada bueno ni para la prensa ni para Trump.

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