Másmovil: cómo ha pasado de cuarto operador "chollo" a meter el turbo para convertirse en el tercer operador de España

En lo alto del sector de las telecomunicaciones siempre habían pesado la solemnidad, la estabilidad y las canas. Eso se ha terminado. MásMóvil, que hace cuatro años era un operador jovencísimo, diminuto y descarado, se ha convertido en un gigante que podría devorar la división española de Vodafone. ¿Pero cómo es posible que haya pasado de enano a gigante tan rápido?

A finales de octubre, el CEO de Vodafone España, António Coimbra envió una carta a sus empleados. Allí sostenía que existían grupos financieros "interesados y cercanos a MásMóvil" que intentaban "desestabilizarlos" mediante una "acción teledirigida". Los aliados del submarino amarillo estaban torpedeándolos.

Se refería concretamente a la oferta que, según El Confidencial, había promovido Goldman Sachs para que la operadora española comprase por 6.000 millones de euros la empresa que dirige Coimbra. Además, la filial de la multinacional británica también comunicó a la Comisión Nacional del Mercado de Valores que no existía ninguna negociación de ese tipo.

Quizás lo más asombroso de todo era lo que no se decía ni en la noticia ni en la carta: que la adquisición era creíble. Hacía solo cuatro años, los ingresos de Vodafone en España rondaban los 5.000 millones de euros y los de MásMóvil se situaban entre los 130 y los 140 millones . Entonces no hubiera hecho falta un desmentido y Goldman, seguramente, tampoco hubiera olido la sangre.

Pero incluso ahora… ¿cómo es posible que alguien se tome en serio que un operador con algo más de siete millones de líneas móviles pueda devorar a un competidor que acumula casi doce millones y medio de líneas? La respuesta es que eso es lo que ocurrió cuando el submarino amarillo compró en 2016 a una empresa rival que tenía casi tres veces más clientes que él. Se llamaba Yoigo e hizo falta asumir una deuda colosal.

Pero a pesar de ese lastre, el pasado mes de septiembre, el submarino amarillo no solo se perfiló como el posible comprador de la filial española de Vodafone, sino también de la de BT. Y sabía muy bien lo que buscaba: convertirse en el segundo operador del segmento de empresas y en uno de los tres privilegiados que, junto con Movistar y Vodafone, trabajan con la administración pública.

Las dos adquisiciones – la de Vodafone y la de BT- no han fructificado por el momento, pero, de nuevo, lo más increíble es que podrían haberlo hecho. Y han quedado claras dos cosas: que MásMóvil ya no se conforma con la cuarta plaza y que todo -las fortísimas cifras de crecimiento de los últimos cuatro años, su ambición de compra de grandes jugadores de su sector y sus alianzas con algunos de ellos- apuntan en la misma dirección. El submarino amarillo quiere convertirse en uno de los tres transatlánticos de la telefonía móvil en España.

Así es como hay que entender que el uno de octubre, esta vez sí, MásMóvil cerrase otro acuerdo millonario para explotar las redes de Orange. Veinte días después, su capitalización ya se había catapultado un 20% hasta casi rozar los 3.000 millones de euros. Su CEO, el austriaco Meinrad Spenger, tenía motivos para frotarse las manos. Solo habían pasado cuatro meses desde que se había estrenado con su compañía en el IBEX35 y él ya era el directivo mejor pagado. Ana Botín o Pablo Isla podían mirarlo, en ese sentido, con envidia.

¿Pero cómo hemos llegado hasta aquí? ¿En qué momento se convirtió el modesto submarino amarillo en un portaviones capaz de meterle el miedo en el cuerpo a Vodafone? Las respuestas hay que buscarlas en una astuta e implacable cadena de adquisiciones y alianzas, en un fortísimo incremento por el lado de los ingresos y los clientes, y en la pura y simple circunstancia de estar en el lugar perfecto en el momento justo.

Un poco de historia

MásMóvil adquirió por solo 20 millones de euros la red de fibra óptica de Jazztel a Orange en 2015, lo que le dio acceso a unos 720.000 hogares en las principales ciudades españolas. Más o menos esa misma red es que la que el submarino amarillo le acaba de vender a los fondos Macquarie Capital y Aberdeen por casi 220 millones de euros.

En 2016, Meinrad Spenger lanzó a su compañía a por Pepephone y Yoigo , y cerró un acuerdo crucial con Orange. El objetivo era convertirse en el cuarto operador móvil español y empezar a reclamar, a mucha distancia, el sitio del tercero. Pepephone le costó casi 160 millones de euros y Yoigo algo más de 600 millones.

Para no quedarse corto, Spenger había pedido algo más de 480 millones en deuda bancaria, había realizado una ampliación de capital de los 160 millones y había recibido del grupo de capital riesgo Providence 165 millones en deuda convertible en acciones del submarino amarillo. La deuda bancaria provenía de una operación coordinada por Banco Santander y en la que intervinieron también BNP Paribas, Société Générale, Bankia, Bankinter, Banco Sabadell, Caixabank y BBVA. Al año siguiente de la gran adquisición de Yoigo y Pepephone, el submarino amarillo consiguió refinanciar parte de esa deuda (386 millones) rebajando en 25 puntos básicos los intereses que tenía que pagar.

En 2016, el operador español cerró un nuevo acuerdo con Orange que consistía en utilizar su red 2G, 3G y 4G en todas sus frecuencias. De esta forma, la firma liderada por Spenger podría complementar su red propia de móvil, que ya se había actualizado completamente con el 4G y cubría el 85% de la población de nuestro país. Además, el pacto multiplicaría por diez la cobertura de su fibra óptica hasta el hogar y la situaría en cifras similares a las de la multinacional francesa con la que ahora se asociaba.

Resultados apabullantes

Si al cierre de 2016 (y tras las adquisiciones de Yoigo y Pepephone), el submarino amarillo no llegaba a los cuatro millones y medio de clientes, en el tercer trimestre de 2019 éstos ya se habían catapultado hasta los 8,6 millones. Si los ingresos apenas superaban los 400 millones de euros en 2016, en 2018 ya rebasaban los 1.450 millones de euros. Y, justamente, en 2018, MásMóvil compró Lebara por 55 millones de euros. Como se ve, en 2019, Vodafone España tenía millones de motivos para temer a un submarino que se había convertido en portaviones.

Pero como decíamos más arriba, al gigante liderado por Meinrad Spenger también le han favorecido (y mucho) las circunstancias. Sobre todo hablamos de dos.

La primera son unos tipos de interés prácticamente negativos desde mediados de 2016, que han permitido que la financiación de las operaciones de adquisición le saliera muy barata a MásMóvil y que el peso posterior de la deuda en su balance fuera mucho menor que en otras circunstancias. El Banco Central Europeo, que iba a subir los tipos de interés este año, no solo no lo ha hecho sino que ha rebajado aún más el coste de la financiación con nuevos estímulos. Nadie espera un subida en 2020.

Éste ha sido el contexto en el que, en 2019, el submarino amarillo recompró, por 883 millones de euros, la deuda convertible que estaba en manos de Providence. Después, en mayo, emitió 1.450 millones de euros en deuda a siete años con una demanda que superó en 1,6 veces la oferta y un diferencial mejor que el esperado. Siguiendo con su buena racha, la empresa renegoció esa deuda con entidades como BNP Paribas, Goldman Sachs y JPMorgan, Société Générale, Banco Santander, BBVA y Barclays. Tan solo cinco meses después de concedérsela consiguió que sus acreedores le redujeran los intereses en más de 62 puntos básicos.

Meinrad Spenger, CEO del Grupo MásMóvil

También se han alineado los planetas para MásMovil con los reguladores. Para empezar, la Comisión Europea de Jean Claude Juncker, que se inició en 2014, apostó hasta noviembre de 2018 por una política de competencia que, en la práctica, penalizó a las mayores telcos que operan en España (Telefónica, Vodafone y Orange) restringiendo su capacidad para comprar a sus rivales (las obligaba a ceder parte de sus activos) y facilitando la aparición de un cuarto jugador que les plantase cara. En Bruselas creían que, si el pastel se reparte entre tres, es más fácil que los consumidores terminen pagando más por el mismo servicio.

Eso ayuda a entender por qué Bruselas forzó a Orange a vender la fibra óptica de Jazztel en 2015 y por qué el presidente de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia, José María Marín Quemada, se permitió decir lo siguiente el año pasado: "Un solo operador lo identificamos con un monopolio; dos operadores, con un duopolio; tres operadores, con un oligopolio; y cuatro operadores, nos empieza a tranquilizar. Y de ahí en adelante…"

La Comisión Europea apostó hasta noviembre de 2018 por una política de competencia que, en la práctica, penalizó a las mayores telcos que operan en España (Telefónica, Vodafone y Orange) restringiendo su capacidad para comprar a sus rivales y facilitando la aparición de un cuarto jugador que les plantase cara

Es probable que Marín Quemada tenga que repensar sus palabras antes de lo cree. En noviembre de 2018, la Comisión Europea de Juncker, ya en su último año de mandato, aprobó una fusión en Holanda que dejaba tres grandes operadores, y dio a entender que esa cifra no amenazaba la competencia. Muchos analistas asumen que esa decisión es el inicio de un cambio de política en Bruselas y que la nueva Comisión que acaba de tomar posesión favorecerá una concentración mayor del mercado para frenar la decadencia de las grandes telcos del Viejo Continente frente a las asiáticas y las norteamericanas.

La idea es que quizás el consumidor podría pagar un poco más por el mismo servicio con tres operadores si, a cambio, estas grandes _telcos_ evitan que las compre un rival norteamericano o asiático y si esos nuevos beneficios las ayudan a desarrollar las infraestructuras 5G que Europa necesita para no quedarse atrás en la nueva era de internet.

Estas circunstancias, no hace falta casi ni decirlo, serían perfectas para que los reguladores le autorizasen a MásMóvil , como cuarto operador, la compra de uno de los tres grandes, que es, precisamente, hacia donde apuntan rumores como los de la adquisición de las filiales españolas de Vodafone y BT. El portaviones amarillo habría navegado, una vez más, con todo el viento favor.

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