Todo lo que ha fallado en Europa durante esta ola de calor: el continente acaba de darse cuenta de que sus infraestructuras viven en un mundo que ya no existe

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Tranvías fuera de servicio, supermercados sin frigoríficos, puentes a punto de desencajarse: la ola de calor que ha puesto patas arriba Europa

Javier Jiménez

Editor Senior - Ciencia

Un remolcador acercándose a un puente levadizo holandés y regándolo con sus mangueras; tranvías parados en Leipzig, supermercados británicos sin productos refrigerados, carreteras derretidas... Parecen un puñado de anécdotas curiosas sobre cómo sobreviven los europeos a una de sus primeras 'olas de calor' de verdad. 

Pero no lo son. Cada uno de esos fallos es el síntoma de un problema que, pese a los discursos rimbombantes y planes enfermizamente detallados, nos hemos obstinado en olvidar: que el cambio climático va en serio. 

Y aquí estamos.

Una Europa que no existe. A efectos prácticos, el evento de estos días es la segunda ola de calor a la que se enfrenta el continente en lo que llevamos de año. Hemos visto cosas increíbles: 37,3 en Reino Unido, 37, en Dinamarca, 41,7 en Alemania, 39,5 en Eslovaquia, 39,4 en Países Bajos... no solo es que hayan caído las máximas de junio en casi todos los países de Europa occidental y central, es que se han batido récords absolutos (es decir, también de julio y agosto) en cuatro países.  

Según World Weather Attribution, es el episodio más severo jamás medido en la región estudiada: en 1976, un calor así habría sido "virtualmente imposible" en junio. Y esa quizás sea la lección más importante de estos días: que la Europa de 1976 ya no existe.

Y lo hemos empezado a notar de la peor manera posible. Aunque podemos hacer distinciones entre lo que ha pasado estos días (En Leipzig, el problema es que el sellante entre el carril y el firme se reblandeció hasta límites peligrosos; mientras que en Holanda se empezaron a refrescar los puentes por protocolo sin que llegara a detectarse ningún problema), lo cierto es que todo son señales de que la infraestructura europea está desactualizada. 

Buena parte de las vías, los puentes y las carreteras europeas se diseñaron para máximas de entre 32-35. Antes, superar ese límite era algo anecdótico (en los 119 años que hay entre 1881 y 2000 hubo un solo día en el Alemania midió 40° o más), hoy es la 'nueva normalidad' (la semana pasada hubo 4 días así).

Es importante notar que hasta ahora no he dicho nada sobre la mortalidad. Tardaremos algún tiempo más en tener los datos completos, pero basta con decir que Francia ya ha registrado en torno a 1000 muertes atribuibles a la ola de calor.

La pregunta obvia es... ¿qué hemos estado haciendo todo tiempo? Mientras todo esto ocurre, nadie puede alegar desconocimiento ni sorpresa: en marzo de 2024, la propia Unión Europea reconoció en su primera Evaluación Europea de Riesgos Climáticos que "Europa no estaba preparada" para lo que se le venía encima, que las políticas "no iban al ritmo del aumento de los riesgos" y que la adaptación incremental "no iba a ser suficiente".

No quiero decir que no se haya hecho nada. Hay análisis que dicen que sin la adaptación de este siglo (cosas como los planes de calor, la vigilancia o el sistema de alertas) la mortalidad habría sido un 80 % mayor. No obstante, los datos están ahí: por mucho que hayamos hecho, el déficit crece cada día que pasa.

Y eso significa que no estamos haciendo lo suficiente. 

¿Qué podemos esperar? Parece que poco o nada. En los últimos años, el apoyo de la población a las políticas climáticas parece haberse templado. Y hay mucho por hacer: no debemos olvidar que las estimaciones nos dicen que el parque de aire acondicionado europa pasará de menos de siete millones de aparatos en 1990 a más de cien millones en 2030. Eso exige cambios radicales: una enorme reconversión que, visto lo visto, no sabemos si vamos a querer acometer. 

Europa sabe lo que viene y sabe lo que tiene que hacer. Lo tiene planificado, firmado y aprobado. La pregunta es si lo hará antes de que esto deje de ser una anécdota y empiece a convertirse en una crisis inmanejable.

Imagen | Bill Iliot

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