Nadie sabe como frenar al castor europeo y, paradójicamente, eso puede ser una gran noticia
Era cuestión de tiempo. En 2005 y mientras estudiaba el visón europeo en la ribera del río Aragón, el biólogo Juan Carlos Ceña se dio cuenta de que algo no encajaba. Había árboles talados, restos de forraje, pisadas, madrigueras y excrementos muy específicos: era justo lo que uno esperaría encontrar en las inmediaciones de una comunidad de castores.
Pero no había castores en España. Eso lo sabía todo el mundo.
La extraña historia de los castores ibéricos. Durante años los investigadores han discutido si los últimos ejemplares desaparecieron en el siglo XVII, en el XVIII o, incluso, en el XIX. Al final, el consenso es que la única evidencia disponible los sitúan en el siglo II antes de Cristo. Después de ese momento, nadie sabe qué pasó con los castores de la península.
Por eso, lo que acababa de descubrir Ceña era un bombazo. Pero, en cuanto se pusieron a investigarlo, se dieron cuenta de que había mucha tela que cortar. En algún momento de la primavera de 2003 y de forma ilegal, alguien introdujo 18 castores europeos procedentes de Baviera. Nadie sabe a ciencia cierta quién fue ni por qué lo hizo.
Pero sabemos que se siguió haciendo. Hoy por hoy, hay castores en el Tajo y en el Guadalquivir. Y, por supuesto, sabemos que su expansión de los castores no es natural. En 2023, la bióloga Teresa Calderón calculó que los castores del Tormes habrían tardado 40 años en llegar allí por medios propios desde la población documentada más cercana.
El caso andaluz es más sangrante: no hay manera de que los castores recorrieran por sí solos los 365 kilómetros de submeseta sur que hay entre el tramo del Guadalquivir donde se encontraron en 2023 y el punto más cercano donde los habíamos encontrado previamente.
El 'bombardeo de castores' era una realidad. Pero lo peor no era (solo) eso: lo peor era que, una vez llegaban a un río, estaban ahí para quedarse. En cuanto se enraizaban en una zona, no la abandonaban: si en 2007 ya habían 'conquistado' 60 kilómetros de ribera, para 2023 los castores estaban ya en Mequinenza y el tramo bajo del Ebro.
Era cuestión de tiempo que llegaran a Cataluña y la noticia es que ya han llegado. El Centro de Investigaciones Ecológica y Aplicaciones Forestales ha constatado la presencia del castor en la comarca del Segrià, en la provincia de Lleida.
Una buena noticia. Y no hablo de la expansión del castor. Eso, hoy por hoy, no es ni buena ni mala noticia. Simplemente es. Hablo de que, según un puñado de recientes artículos, "los castores pueden convertir los corredores fluviales en sumideros de carbono permanentes". Es decir, pueden ser un aliado climático que nos ayuden a recargar los acuíferos, a depurar el agua de forma natural y a ayudar en la recuperación de humedales.
Es la versión ecológica del viejo dicho castellano de que "cuando Dios cierra una puerta, abre una ventana". Y menos mal, porque las especies invasoras están aquí y no vamos a poder librarnos de ellas.
Imagen | Derek Otway
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