En un alarde de superioridad técnica, Francia se acaba de inventar los pueblos blancos de toda la vida. Nosotros, en cambio, nos hemos olvidado de ellos

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A menudo, las modas hacen que dejemos de lado los detalles importantes

Javier Jiménez

Editor Senior - Ciencia

A estas alturas de año, en las ferreterías del Mediodía francés, es imposible encontrar un producto muy concreto: el 'blanc de Meudon', un producto de limpieza clásico de las droguerías galas desde el siglo XVIII y que en España equivaldría a la tiza triturada de toda la vida. 

Y no, no es que les haya entrado una fiebre repentina por tenerlo todo limpio e impoluto. 

Como contábamos en Magnet, es que en plena ola de calor, con máximas por encima de los 40 grados y apagones en buena parte del país, miles de franceses descubrieron que se podía mezclar ese polvo con agua y pintar las ventanas con él. Con el cristal lechoso, la luz refleja y las casas podría rebañar algunos grados a la lucha que se trae el país con el cambio climático. En cuestión de días, de hecho, se ha viralizado.

¿Y funciona? Claro que funciona. La tiza es carbonato de calcio, un pigmento que apenas absorbe la luz y, por tanto, refleja casi toda la radiación solar. Es la misma lógica de las pinturas ultrablancas de Purdue o de los pueblos encalados que salpican el mediterráneo. Son cosas que a nosotros nos parece básicas, pero que nadie piensa en serio hasta que el termómetro se vuelve completamente loco.

Por suerte, el 'blanc de Meudon' es muy usado en el país. La otra opción habría sido hacer caso a la Universidad de Loughborough y empezar a untar con yogurt la cara exterior de las ventanas. Según los cálculos de los investigadores, con el "enfoque láctico" la temperatura de las casas bajaba 0,6 grados de media (y hasta 3, 5 los días soleados).

Mucha risa, pero igual han encontrado un enfoque distinto, ¿no? No. Los datos son claros: el "apantallamiento completo" con persianas, cortinas o incluso papel de aluminio baja la temperatura interior entre 5 y 6 grados, casi el doble que el yogurt o la tiza. Por eso, también se han viralizado imágenes de París con mantas térmicas en los cristales.

Sin embargo, esta es solo la curiosidad más llamativa. Si traigo la fiebre francesa por pintar las ventanas es porque hay algo más interesante colgando de ese problema: que, poco a poco, se nos está olvidando que la arquitectura es algo que se tiene que adaptar al lugar donde está.

Todas las ciudades son la misma ciudad. Desde hace años, pasear por el centro de una ciudad europea es una experiencia muy curiosa. Da igual que sea París, Lisboa, Londres, Praga o Berlín, todas se parecen cada vez más. Se están mimetizando. Están perdiendo sus peculiaridades locales para repetir una y otra vez las mismas franquicias o tiendas internacionales: Primark, Zara, McDonald's, Starbucks, Ale Hop o Calzedonia...

Pero no solo ocurre en los centros, claro: los expertos llevan años preguntándose porque todas las construcciones nuevas parecen la misma independientemente de qué parte del país (o del mundo) sea la que acoge esos nuevos edificios. En España, concretamente, las 'zebras' se han convertido en un problema enorme

Hace una década hubo un debate muy interesante sobre cómo las series de médicos habían promovido toda una serie de prácticas que eran peligrosas para profesionales de la salud y pacientes. Cosas como llevar el estetoscopio en el cuello o no llevar nada más abajo de los codos son reglas sencillas que la imagen cultural de los médicos de televisión erosionaba (y provocaba problemas).  Con la arquitectura y la urbanalización ocurre igual. 

Una reflexión pendiente. A menudo, cuando decidimos conservar nuestro patrimonio arquitectónico, optamos por proteger edificios singulares. Y tiene sentido, ojo. El problema es que, por el camino, nos olvidamos de técnicas, estructuras y decisiones que son, en realidad, adaptaciones profundas al clima en el que estamos. 

Que los pueblos mediterráneos sean blancos no es un capricho, que sus casas tengan la estructura que tienen tampoco lo es. Es cierto que algunas de esas características se deben a limitaciones tecnológicas de la época en que se construyeron, pero no todas. Y ese es el corazón del problema: si no empezamos a pensar en nuestro patrimonio urbanístico como una herramienta, nos encontraremos dentro de unos años pintando las ventanas de blanco. 

Y, en fin, no lo habremos buscado a pulso.

Imagen | Anthony DELANOIXVeronika Hradilová

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