"Todo causa cáncer": guía para entender y evaluar los riesgos

A la hora de hablar sobre el cáncer, el desconocimiento toma rápidamente el control. Es bastante sencillo caer en la alarma y malinterpretar los mensajes. En ocasiones la culpa no es del sensacionalismo, sino de la falta de transparencia en la información.

Hablar del cáncer siempre es difícil. No existe una enfermedad como tal llamada cáncer, sino un complejo conjunto de patologías producidas por el descontrol de los tejidos. Esto lo enreda todo muchísimo, especialmente si tenemos en cuenta los miles de factores que lo provocan. Pero, ¿qué importancia tienen estos factores? ¿Todos valen lo mismo? ¿De qué manera nos afectan? Hoy vamos a enfrentarnos a estas preguntas.

La enfermedad llamada "cáncer" no existe

A pesar de que necesitamos la licencia coloquial de llamar cáncer a todas las patologías asociadas a los tumores, en realidad el cáncer no es una enfermedad, sino miles de ellas. Cada cáncer se diferencia de los demás en muchas cosas. La naturaleza de las mutaciones, la manifestación molecular en las células, el comportamiento de estas o la capacidad de resistir los tratamientos son solo algunas de las cuestiones que determinan si es un cáncer u otro.

Pero volvamos a lo que nos interesa. Muchos de estos tipos de cáncer están determinados por otra cuestión: los factores que los promueven. Por desgracia, vivir es el mayor factor causante de cáncer. No lo decimos con tono de chanza. Los factores promotores pueden ser internos, asociados al metabolismo y a nuestro material genético.

Por otro lado, los factores externos afectan, muchas veces, a esos factores internos de manera indirecta, provocando un cáncer a largo plazo. Otras veces un cáncer no desarrolla una enfermedad letal, sino que se queda en meros tumores benignos o remite de forma espontánea en casos casi milagrosos. En definitiva, estas pinceladas solo pretenden introducir un tema que, por lo monstruosamente grande que resulta, es muy difícil de abordar.

¿Qué es el riesgo de padecer un cáncer?

Ahora vayamos al punto primero. ¿A qué llamamos riesgo de padecer cáncer? Lo primero y más importante, y que hay que tener clarísimo: riesgo es igual a posibilidad, pero jamás es lo mismo que garantía. El ejemplo más claro es que todos tenemos riesgo de sufrir un accidente de coche si conducimos, si montamos en bici, si salimos a la calle, si montamos en autobús...

Los cálculos del riesgo de cáncer y de otras enfermedades se determinan mediante el estudio de grandes grupos de personas. Esto se hace midiendo la probabilidad de que un grupo contraiga cáncer en determinado periodo de tiempo. El riesgo puede ser absoluto o relativo. El absoluto se refiere a la posibilidad o la probabilidad numérica real de padecer cáncer durante un período específico.

A veces hablamos de probabilidades absolutas y relativas sin distinción, y no significan lo mismo, ni ninguna de ellas es garantía de padecer la enfermedad

El relativo consiste en una comparación o proporción entre dos factores distintos. Es importante entender que el relativo solo muestra la relación entre dichos factores. No es lo mismo que una persona tenga un 50% de probabilidades de sufrir un tipo de cáncer que un factor aumente un 90% las probabilidades de sufrirlo. En este último caso, la probabilidad relativa (el 90%) sería sobre la probabilidad absoluta.

Imaginemos que la probabilidad absoluta, en esta ocasión, es del 2%. Un 90% de la probabilidad relativa sobre este 2% quiere decir que, en realidad, es solo un 1,8% del valor absoluto. Esto es importante porque a veces hablamos de estos tipos de probabilidades sin distinción, y no significan lo mismo. Además, recordemos que probabilidad no es igual a certeza, y que las probabilidades no son aditivas, normalmente. Esto quiere decir que una probabilidad del 50% no se suma a otra del 2%, etc. Son probabilidades independientes entre sí, por lo que no se pueden asociar excepto en contadas excepciones.

¿Cuáles son los factores que pueden provocar un cáncer?

Cuanto más sabemos, más claro tenemos que los hábitos de vida son determinantes en la posibilidad de sufrir un cáncer. Esto es, que cierto estilo de vida aumenta su probabilidad (de nuevo, no la garantiza), y otros la disminuyen. Así, sabemos a ciencia cierta que fumar aumenta las probabilidades de desarrollar cáncer de pulmón, boca, esófago... y que el consumo excesivo de alcohol también aumenta la probabilidad de que se produzca un cáncer de hígado, estómago, colon...

A todos estos factores se les denomina factores externos. Dentro de estos están prácticamente el 100% de los que los medios de comunicación nos hacemos eco, ya que afectan directamente a nuestros hábitos. Estos factores pueden provocar una mutación en las células o producir un problema metabólico que termine propiciando las probabilidades de sufrir un cáncer.

Para que uno de estos factores sea capaz de producir un cáncer, debe producir entre cuatro y seis mutaciones en las células. Algunos estudios han ampliado este rango de uno a diez. Normalmente, en las probabilidades de sufrir un cáncer provocadas por estos factores externos ya se contemplan el resto de factores: si la sustancia penetra, si actúa sobre el ADN, si persiste, si es capaz de provocar la mutación, si el sistema de reparación del ADN no es capaz de solucionarlo... Pero esto no es tan sencillo.

En otras ocasiones nos basamos en pistas e hipótesis. A veces solo en pesquisas y disparos de ciego. En estos casos se hacen pruebas con modelos animales y estudios clínicos tratando de relacionar uno de estos factores externos (sustancias, alimentos, hábitos) con una probabilidad. En muchos de estos casos las estadísticas son relacionadas, pero no determinantes. No siempre se puede encontrar una relación directa, también conocida como causal (de causa), sino que tenemos que conformarnos con una correlación: hay algún tipo de relación entre el cáncer y el factor, pero no sabemos cómo funciona.

Esto puede ser bueno o malo. Bueno porque nos permite estar atentos a los posibles peligros de este factor. Malo porque podría levantar la alarma sobre una sustancia por culpa de una relación que es puramente casual (de casualidad). De hecho, esto pasa muy a menudo. Además, para poner las cosas más complicadas, luego está ese aforismo que dice "el veneno está en la dosis". Y es que una sustancia, per se, no siempre está relacionada con la probabilidad de sufrir un cáncer, sino que depende de la cantidad y la forma de administrar dicha sustancia.

Cómo evaluar una sustancia supuestamente cancerígena

Si vamos al supermercado nos enfrentaremos un montón de supuestos factores externos capaces de elevar nuestras probabilidades de padecer un cáncer. ¿Cómo evaluamos el peligro correctamente? Todo lo que hemos hablado hasta el momento parece muy complicado: probabilidades, factores externos, relaciones causales... para simplificar lo imposible, existen numerosos comités científicos y varias entidades dedicadas en cuerpo y alma a resumir esta información.

Y resumir es la palabra adecuada porque para hacerlo necesitan años (más de una década normalmente) de experimentos y revisiones de la literatura científica para obtener, finalmente, un veredicto sobre la sustancia que se evalúa. Entre dichas entidades destaca el Centro Internacional de Investigaciones sobre el Cáncer, o IARC por sus siglas en inglés.

Este organismo intergubernamental forma parte de la Organización Mundial de la Salud de las Naciones Unidas. Es el máximo exponente en esta materia y tiene una lista a la que todo el mundo hace referencia y se toma como piedra de toque para evaluar la seguridad de las sustancias en cuanto al cáncer. Esta lista se divide en grupos, del 1 al 4, y subdividiendo el grupo dos en A y B.

Ante una sospecha o alarma social, o bien ante una nueva evidencia científica, se reúne un comité de expertos que indican la necesidad de evaluar una sustancia concreta. Entonces se disponen grupos de trabajo que revisan todos los estudios existentes sobre un tema y analizan su validez y sus implicaciones. Esto, por ejemplo, es lo que ocurrió recientemente con la carne roja. Tras llegar a un consenso, el comité del IARC etiqueta la sustancia en uno de estos grupos que comentábamos.

¿Cómo funcionan los grupos de IARC?

El grupo 1 etiqueta a una sustancia como carcinogénica, es decir, que sabemos a ciencia cierta que exponernos tiene ciertas probabilidades absolutas de producir cáncer. Volvamos al principio del artículo y recordemos que la probabilidad absoluta habla de posibilidades, no de garantía. Así, el alcohol y el tabaco están en el grupo 1, junto al benceno, el amianto, el formaldehído o la luz del sol.

Y están en este grupo porque sabemos a ciencia cierta que exponernos a ellas tiene un riesgo de padecer cáncer. También hay que tener en cuenta que no tienen la misma probabilidad absoluta de producir un cáncer el tabaco y el amianto, por ejemplo, y eso sin hablar de cantidades. Aunque ambos estén en el grupo 1, es mucho más peligroso fumar, en números totales, que estar expuesto al amianto.

El grupo 2 se divide en 2A y 2B. El 2A es el grupo de los "probablemente" carcinógenos, y aquí se engloban aquellas sustancias para las que hay evidencia limitada para seres humanos (en otras palabras, hay sospecha pero no hay evidencia alguna) pero sí que existen pruebas confirmadas en animales de experimentación. El grupo 2B también reúne a las sustancias de las que se sospecha pero, a diferencia del 2A, no hay, ni siquiera, evidencia en animales de experimentación.

Dicho esto, hay que recordar que un modelo animal no siempre es extrapolable a seres humanos. En otras palabras, que no podemos decir que porque existan pruebas en animales una sustancia vaya a ser cancerígena en seres humanos (y viceversa). El grupo 3 engloba a las sustancias cuya evidencia indica que no es posible clasificarlas como un agente cancerígeno, por el momento, y el grupo 4 aquellas para las que existen que demuestran que no hay asociación con el cáncer.

Entonces, lo que está en el grupo 2, ¿es cancerígeno?

No. Las únicas sustancias que podemos decir que son cancerígenas son las del grupo 1. Todas las del grupo 2 podemos decir que son seguras, pero que han de tomarse con moderación, especialmente las del grupo 2A, y no son peligrosas. Esto, sin embargo, se ha malinterpretado una y otra vez en el acervo popular.

Las sustancias del grupo 2 "no son cancerígenas", existe alguna sospecha, pero ninguna evidencia de que supongan un problema, por eso se aconseja exponerse a ellas con moderación

El grupo dos solo habla de sospechas, más o menos infundadas, pero jamás de evidencia clara, que solo corresponde al grupo 1. Esta clasificación viene de la mano del principio de precaución, que sacado de contexto da a muchos malentendidos. Si tenemos en cuenta que el grupo 2 solo habla de sospechas de la posibilidad de que, en algunos casos, estas sustancias puedan estar relacionadas con el cáncer... entenderemos que "decir que estas sustancias son cancerígenas" es una irresponsabilidad.

El problema de esta clasificación, que ya hemos dicho que es la más importante, es evidente: no es nada clara ni específica. Mete en un mismo saco al café, a la limpieza en seco y al combustible diésel, o a la carne con el trabajo de peluquería o el petróleo refinado. Sin embargo, nunca habla de probabilidades absolutas, a pesar de la alarma que genera.

A pesar de los esfuerzos de la OMS por aclarar los informes sobre sustancias, los medios y la población malinterpretan constantemente la clasificación del IARC. Si queremos determinar qué riesgo tiene una sustancia de ser cancerígena, no podemos limitarnos solo a estas listas, sino que tendremos que buscar información concreta sobre las estadísticas y probabilidades absolutas (algo que no siempre es sencillo).

Pero si solo nos basamos en las recomendaciones del IARC, lo que debemos hacer es leer los informes del organismo, unas hojas sencillas donde se explica todo lo referente a la evaluación. Como nota general, es bueno recordar que lo mejor es evitar, en la medida de lo posible, lo contenido en el grupo 1 y exponernos con moderación al grupo 2; sin obsesionarnos y comprendiendo que el tema es mucho más complejo de lo que una lista será jamás capaz de reflejar.

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