
¿Quién querría trabajar como farero en lugares aislados y gélidos? ¿Por qué no apostar por faros autónomos?
¿Te interesaría trabajar en uno de los lugares más remotos del planeta, solo, aislado, soportando temperaturas gélidas y fortísimas racha de viento, asomado día y noche a un océano inhóspito? No suena demasiado tentador, ¿verdad? A los soviéticos de mediados del siglo XX les pasaba lo mismo, así que escaseaban los candidatos para trabajar en la vasta (y estratégica) red de faros construidos a lo largo de la costa ártica. Las condiciones que debían soportar eran tan extremas que ni siquiera el régimen estalinista consideró buena idea fichar a operarios.
En su lugar optaron por faros nucleares.
El gran dilema del Ártico. El océano Ártico es un área estratégica. Lo es en 2026, cuando el cambio climático y el deshielo aumentan su atractivo como paso de mercancías entre Asia y Europa. Y lo era ya en el siglo XX, tras el auge de la industrialización. Durante el verano, cuando dejaba de estar bloqueada por el hielo, la Ruta del Norte se convertía en una vía estratégica, una especialmente tentadora para Moscú, que controla más de 24.000 km de costa ártica.
El problema era… ¿Cómo diablos garantizar la seguridad de los barcos en esas aguas gélidas? Lo normal era construir faros con operarios que se encargasen de mantener sus señales, pero ¿quién querría vivir en torres levantadas en un litoral inhóspito, gélido y desahitado? Es más, ¿qué cabeza podría aguantar semejante vida? El dilema se las traía porque la red del Ártico resultaba tan estratégica como desafiante, sin fareros disponibles ni fuentes de electricidad.
Y llegó la solución. Como recordaba hace poco Tom Hale, editor de IFL Science, las autoridades soviéticas decidieron resolver el problema simplificando la ecuación: ¿No había personal ni red eléctrica? Ningún problema, se las apañarían para que los faros funcionasen sin lo uno ni lo otro.
Su solución fue alimentar los faros mediante generadores termoeléctricos radiactivos (RTG), dispositivos que usaban estroncio-90, cesio-137 o cerio-144 y convertían el calor de la desintegración radiactiva en electricidad. Hale recuerda que cada RTG podía generar un voltaje constante de siete a 30 voltios y hasta 80 vatios de potencial. Eso sin contar con que se mantenía activo varias décadas.
La organización medioambiental Bellona, con sede en Noruega, recuerda que el estroncio-90 tiene un período de desintegración de tres décadas, por lo que los faros del Ártico podían funcionar durante años y años sin necesidad siquiera de inspecciones. No es una solución muy distinta a la empleada para impulsar la nave Voyager o la que se empleó en las misiones Casssini y New Horizons, aunque EEUU y la URSS no usaron el mismo tipo de combustible.
¿Cuántos faros? Buena pregunta. Difícil respuesta. Hale habla de cientos de faros automatizados. Es más, precisa que cuando la URSS colapsó, en 1991, había casi 200 torres alimentadas por generadores RTG repartidos por las regiones de Murmansk y Arkhangelsk, cifra a la que habría que sumar los que funcionaban en la costa del Extremo Norte, cuyo número directamente se desconoce.
En 2003 Bellona estimaba que en Rusia existían unos 1.000 RTG, la mayoría para alimentar faros. Los técnicos de la organización calculaban de hecho que el 80% operaban en la Ruta Marítima del Norte. A comienzos de la década de 1990 tenían localizados alrededor de 132 en la costa septentrional de Rusia.
"Las fuentes más adecuadas". No está mal si se tiene en cuenta que los primeros faros de la región se instalaron en los años 30 y la URSS no empezó a apostar de forma más clara por los generadores RTG hasta los 60. Un análisis reciente publicado por The Barents Observer reduce de forma considerable el número de faros, con cientos de balizas de navegación en la costa ártica rusa.
"En general, los RGT son las fuentes más adecuadas para sitios sin personal ni mantenimiento, que necesitan apenas unos centenares de vatios, o menos, de energía durante períodos demasiado largos", señala Malgorzata Sneve en un artículo publicado por la Agencia Internacional de la Energía Atómica, IAEA.
De solución a problema. Lo de los faros nucleares autónomos pareció la solución ideal. Al menos durante un tiempo. Por más que duren las RTG y por poco mantenimiento que exijan, no se trata de dispositivos infalibles de los que uno se pueda olvidar eternamente. Y eso es algo que Rusia comprobó a medida que avanzaba el siglo XX, cuando el ocaso de la URSS y la desaparición de los sistemas soviéticos provocaron que parte de esos faros quedasen descuidados.
Lo que hasta entonces había sido una solución magnífica para ahorrarse fareros pasó a convertirse en un enorme problema: material radiactivo a merced de la ruina, la degradación y vándalos que saqueaban los faros en busca de metales.
Dos señales . Tom Hale recuerda al menos dos ocasiones en las que los generadores dieron un susto a las autoridades rusas. La primera ocurrió en 1999, cuando el RTG de un viejo faro apareció emitiendo radiactividad en una parada de buses de Kingisepp, no muy lejos de la frontera con Estonia. El segundo caso se registró dos años después en el valle del Inguri, donde un grupo de leñadores se encontró con piezas cerámicas calientes. Eran dos RTG soviéticos.
Buscando soluciones. Precisamente para evitarse sustos a finales de los 90 Noruega lanzó una iniciativa para eliminar RTG conflictivos en el noroeste de Rusia. No les fue mal. En una década habían cazado alrededor de 60 antiguos generadores de faros de la península de Kola. A comienzos del siglo XXI incluso EEUU ofreció ayuda a Moscú para reemplazar los faros nucleares en un momento en el que ya se hablaba de cambiar las fuentse de energía radiactivas por otras alternativas más funcionales y económicas, como las baterías solares.
"Un 'Accidente radiactivo'". Otro de los actores que ha señalado los riesgos de los RTG es Bellona, que en 2003 advertía de la aparición de dos generadores vandalizados en Kola. Las piezas contenían estroncio y la organización sospecha que en su día se usaron para alimentar faros y balizas de navegación.
"Las autoridades de Murmansk calificaron el incidente como un 'accidente radiactivo'", advertía Bellona. "Suponen que los vándalos buscaban metales valiosos, como acero inoxidable, plomo y aluminio, que podrían venderse en el mercado de chatarra de Murmansk. Pero también se llevaron la carcasa de uranio empobrecido, que se usa para proteger los núcleos de estroncio-90 del RTG".
Imagen | Yaroslav Shuraev (Wikipedia)
Ver todos los comentarios en https://www.xataka.com
VER 0 Comentario