Es tentador pensar que el cambio climático sólo depende un 4% de nuestro modo de vida. Pero no es verdad

Si bien casi todo el mundo está de acuerdo en que deberíamos cuidar mejor del planeta, la cosa se complica al determinar el grado de responsabilidad de cada uno para que se produzca ese cambio. O dicho de otra manera: a nadie le agrada pensar en tener que cambiar su estilo de vida.

Hay una corriente de opinión que arguye que lo que puedan aportar los individuos a esa reducción de la contaminación es en realidad muy poco, tan poco que no merece la pena detenerse en ello.

Es un pensamiento que, por su fácil vínculo anticapitalista, encuentra resonancia entre los ciudadanos de izquierdas: “solo 100 empresas de todo el mundo están generando alrededor del 70% de las emisiones culpables de la crisis climática que padecemos”, dice un popular argumento. “Cambiar tus hábitos de vida para hacerlos más ‘sostenibles’ […] como mucho podría reducir las emisiones un 4%”, dice otro.

Esta manera de pensar, no hace falta decirlo, puede ligarse a una forma de entender el mundo desde el fatalismo climático y que es desmovilizador. Si ya vamos a rebasar los objetivos del calentamiento global, si mi acción individual es apenas nada en el esquema general de las cosas, ¿por qué tendría yo que cambiar mis consumos?

100 empresas consumen muchísimo (y trabajan para darnos servicio a todos)

Hace poco habló el tuitero Seoirse Thomais, integrante de la editorial ecologista Contra el Diluvio, de la lectura errónea a la que puede llevar el famoso estudio de las 100 empresas, publicado en 2017 por la ONG Carbon Disclosure Project. Por un lado, que es natural en el sistema actual que haya una concentración empresarial en el sector energético, y que, no por nada, muchas de estas grandes compañías son directamente empresas energéticas nacionales, todo lo que ayuda a que sólo sean 100 empresas las que emitan ese 70% mundial.

Por el otro, que “si miramos el informe, veremos que se dividen las emisiones en «scopes». El 1 son las emisiones *directas* de esas empresas, el 3 son las resultantes del uso de los productos de esas empresas. ¿Qué parte es el «scope 3»? El 90%”. Sí, son esos productos de carbón, petróleo y gas que ellos fabrican los que emiten tanto CO2, pero quien usa esos productos son los consumidores (u otras empresas y estados).

Un 4% "previsto", un 55% de margen

Así que vamos con ese 4% de margen del ciudadano para influir en el calentamiento global. El dato que está circulando proviene de un informe de este año de la Agencia Internacional de Energía, organización creada por la OCDE para coordinar las políticas energéticas de todos sus Estados miembros en la transición climática. El informe se llama “Emisiones Cero 2050” y es una hoja de ruta deseada para, de aquí a dentro de 30 años (y adecuando el plan hacia el camino que parecen seguir los consumos y las economías de estos países), limitar el calentamiento global a un alza máxima de 1.5ºC.

La agencia no afirma que los ciudadanos sólo puedan conseguir, con su modificación de hábitos y consumo, un 4% de las emisiones mundiales, sino que, según lo que ellos prevén, con los cambios de hábitos que ya se van a producir “particularmente en las economías avanzadas” de aquí a 2050 (“como el reemplazo de viajes en coche por ir a pie, en bici o en transporte público o renunciar a algún vuelo de larga distancia”) se va a reducir un 4% del acumulado de emisiones. De hecho, el report asegura que, según sus cálculos, el 55% del acumulado de emisiones a reducir en el futuro “está vinculado a las elecciones del consumidor, como pueden ser comprarse un coche eléctrico, la mejora en la eficiencia energética de los hogares o la instalación de bombas de calor”.

Según diferentes analistas, la producción alimentaria tiende a representar más del 10% de las emisiones mundiales (y eso sin contar el uso de tierra). Si tenemos entonces en cuenta que, según un estudio de 2021 publicado en Nature, la carne representa casi el 60% de todos los gases de CO2 vinculados a la producción de alimentos, ya tenemos que hay más de un 5% de las emisiones mundiales que están, técnicamente, asociadas a la elección del consumidor, que eligió comer carne en lugar de verduras.

Como se ha insistido incansablemente desde instituciones como la ONU, el cambio de dieta de los ciudadanos del mundo ayudaría enormemente contra el cambio climático, y no sería necesario que nos volviésemos vegetarianos, pero sí que comamos menos carne, algo que, por otra parte, algunas sociedades desarrolladas ya están poco a poco haciendo (los estadounidenses comen hoy 1/3 menos de ternera que la que comían en 1970 y el resto de potencias va en la misma senda). Por continuar con los datos del plan de “Emisiones Cero 2050”, el equipo estima que “la reducción del consumo de carne en los hogares con los mayores niveles de consumo per cápita actualmente, reducirán las emisiones globales en una gigatonelada de CO2 anual en 2050”, nada mal teniendo en cuenta que, en este momento, y según el informe, estamos en unas 14-16 gigatoneladas por encima de las soportables para que no haya cambio climático.

Al final el texto de la Agencia Internacional de Energía viene a decir que los planes que tiene este organismo vinculado a la OCDE no pasa por cambiar el modelo de producción ni los niveles de consumo de bienes mundial, sino ayudar a sostenerlo. Y eso se hará, sobre todo, volviendo mucho más eficaces nuestros sistemas energéticos (hay mucho margen aquí, desde el incentivo de las energías renovables hasta el cambio de los materiales de construcción), pero también con la contribución de empresas y ciudadanos.

¿Significa eso que estás salvando el mundo al usar pajitas y reciclando en el contenedor? No, y hay incluso algunos estudios que cuentan que, a nivel psicológico, es peor poner el acento en estas mínimas decisiones individuales que en el poder de tu voto en las urnas. ¿Significa eso que no nos podamos quejar de la desigual presión y que haya gente que contamina más que nosotros? No, porque es cierto: si un ciudadano sueco normal consume 4.3 veces más que un keniata, un superrico de este país puede consumir el equivalente a 60 ciudadanos keniatas. Pero parece ser que, de momento, no vale con quedarse con las medidas que nos gusten y abandonar las otras. Habrá que aplicar fuerza por todos los canales posibles. Y todos a la vez.

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